20 cosas que (probablemente) no sabías de ‘El proyecto de la Bruja de Blair’

Cambió para siempre el cine de terror, revolucionó internet e hizo historia del márketing: te lo contamos todo sobre uno de los filmes más rentables de la historia.

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01 de noviembre de 2014

“En octubre de 2004, tres estudiantes desaparecieron en los bosques de Burkittsville, Maryland, mientras rodaban un documental. Un año después, se encontró esta película”. ¿Recuerdas estas palabras? Si te gusta el cine de terror, o si en 1999 tenías edad para ver películas ‘para mayores’, seguramente sí: son las del rótulo con el que comenzaba El proyecto de la Bruja de Blair. Una película que causó una verdadera conmoción en su momento, además de poner de moda esa corriente del mockumentary terrorífico gracias a la cual hemos disfrutado de [REC] y sus secuelas, de Paranormal Activity y de otros títulos imprescindibles del cine de sustos. Considerada como una pionera del márketing viral aplicado al séptimo arte, la cinta de Daniel Myrick y Eduardo Sánchez sigue quedando hoy como uno de los filmes más rentables de la historia, dado su casi nulo presupuesto (aunque eso, como leerás a continuación, es matizable) y su masiva recaudación de 283,6 millones de euros (ajustados). Ahora que acaban de cumplirse 15 años de su estreno en España, nosotros le dedicamos uno de nuestros reportajes exhaustivos: garantizamos que todos los hechos sobre los que te informamos aquí sí son reales, y no gimmicks para hacer taquilla.

La conexión hispanohablante

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Antes de entrar en harina (o en muñequitos de palo), nos gustaría precisar algo sobre El proyecto de la Bruja de Blair: uno de sus coautores, Eduardo Sánchez (foto, a la derecha) pasó parte de su infancia en España. Y subrayamos lo de “parte”: Eduardo Miguel Sánchez-Queirós (su nombre completo) nació en Cuba en 1967 para después trasladarse a nuestro país junto a su familia cuando contaba dos añitos de edad. Aunque el periplo español del joven Eduardo duró más bien poco -tres años, para ser más exactos- fue de gran importancia en su formación cinéfila: según recordaba él mismo, Sánchez se expuso por primera vez al séptimo arte “yendo con mi padre a ver películas espantosamente dobladas al español”. Tras haberse mudado a EE UU, y como el progenitor no hablaba inglés por entonces, el futuro director siguió viendo filmes dialogados en la lengua de Cervantes  hasta que, ya con una década de vida a cuestas, se expuso al poder fascinador de Star Wars. 

 

Curtido en el campo de batalla

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Además de Sánchez y de Daniel Myrick (un chaval con una diplomatura en Cine, que pagaba las facturas montando videoclips y anuncios), la terna responsable de El proyecto de la Bruja de Blair incluyó un miembro enigmático, pero cuya importancia fue crucial. Y no hablamos sólo de que Gregg Hale, productor del filme, aportase parte de su presupuesto: resulta que este señor, del cual se sabe más bien poco, había pasado cuatro años en el ejército estadounidense. Algunas técnicas usadas por Myrick y Sánchez para desmoralizar y agobiar a los miembros del reparto, como reducirles progresivamente las raciones de comida o no dejarles dormir por las noches, fueron sugeridas por un Hale que las había padecido en carne propia al hacer maniobras cuando vestía de caqui. Por otra parte, el productor también aprovechó esta experiencia castrense para diseñar medidas de seguridad, como rutas de escape e itinerarios seguros.

 

“Se buscan víctimas… perdón, actores”

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Con 54 años de historia, la revista Backstage es una de las publicaciones más consultadas por los profesionales estadounidenses de la interpretación, quienes la leen para ponerse al día sobre el oficio… y también para consultar su sección de ofertas de empleo.  Precisamente en Backstage fue donde Daniel Myrick y Eduardo Sánchez pusieron un anuncio, allá por 1996, que rezaba “Se buscan actores con experiencia en improvisación”. Pese a lo escueto del mensaje, la convocatoria fue un éxito, porque a ella se presentaron cerca de 2.000 candidatos. Los tres intérpretes elegidos, Heather Donahue, Michael C. Williams Joshua Leonard, no recibieron el guión de rigor tras pasar la prueba, sino sólo un libreto de 35 páginas que les ponía al día sobre los trasfondos de la historia y de sus personajes, así como la indicación de que debían desplazarse a Burkittsville, un pueblecito de Maryland situado junto al Parque Nacional de Seneca Creek. Si ellos hubieran sabido…

 

Ocho días en el infierno

Nada más comenzar el rodaje, los actores de El proyecto… recibieron una nota de los directores cuyas primeras líneas rezaban: “Tenemos la obligación de garantizar vuestra seguridad, pero no vuestra comodidad”. Y desde entonces estuvo claro que Myrick y Sánchez iban en serio, porque esos días de octubre de 1998 habrían de resultar, como poco, inolvidables. A los sistemas ‘tradicionales’ recomendados por Gregg Hale para mantener el estrés del reparto se sumó el perpetuo estado de ignorancia en el que Donahue, Williams y Leonard se encontraban sumidos: aunque disponían de walkie talkies para contactar en caso de emergencia, los tres intérpretes apenas vieron a sus directores durante los ocho días que duró el suplicio, y para obtener instrucciones tuvieron que usar un GPS (todo un alarde tecnológico en aquellos años) a fin de encontrar las notas que, guardadas en botellas vacías de leche, les indicaban las etapas del plan de rodaje. A todo esto se sumaron los esperables roces interpersonales (por lo visto, Heather Donahue y Joshua Leonard no se llevaron nada bien entre ellos) y un ‘pequeño’ detalle que demuestra la refinada perversidad de Myrick y Sánchez: hasta el mismísimo fin del rodaje, los actores pensaron que las historias de la bruja de Blair y del asesino en serie Rustin Parr eran auténticas. Ahora ya sabes por qué ponen esas caras de susto al encontrar los montículos de piedras y esos misteriosos amuletos de palo.

 

Las amargas lágrimas de Heather Donahue

De los tres actores escogidos para El proyecto de la Bruja de Blair, Heather Donahue demostró ser la más temperamental, y también la más espabilada. Antes de lanzarse a su aventura en los bosques, la intérprete acribilló a preguntas a Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, porque sospechaba que tramaban algo siniestro, y escondió un cuchillo en su equipaje para usarlo el caso de que alguno de sus compañeros tratara de propasarse con ella. Afortunadamente, el arma nunca llegó a salir de su funda, pero si quieres saber hasta qué punto lo pasó mal Donahue durante esos ocho días en Maryland sólo tienes que revisar ese escalofriante monólogo que la actriz improvisa cerca del final, y que hoy en día sigue siendo el momento más recordado del filme. Según comentó la propia Heather en una entrevista, el rodaje de la última escena de la película fue especialmente traumático, hasta el punto de hacerla sufrir un ataque de ansiedad (con llantos e hiperventilación incluidos) del que tardó un buen rato en recuperarse. Y los malos tragos no acabaron ahí: una vez de vuelta a su casa de Pensilvania,  Donahue se encontró a su madre hecha un manojo de nervios. ¿La razón? Pues que los vecinos de la buena señora habían oído hablar del filme, y no paraban de darle el pésame pensando que su hija había desaparecido realmente.

 

La palabra mágica

Con Heather Donahue portándose como una borde consumada, y sus compañeros de reparto cada vez más atacados de los nervios, el rodaje de El proyecto… llegó a cotas de tensión poco calculables, a las que contribuyó uno de los requisitos de los directores: los tres intérpretes debían seguir encarnando a sus personajes (que, no por nada, tenían sus mismos nombres de pila) en todo momento y en toda circunstancia, desde que se levantaban hasta que se iban a (no) dormir. Por fortuna, contaban con una contraseña que les permitía salir de la ficción y discutir las cosas civilizadamente cuando las circunstancias se salían de madre. Por si estás interesado en repetir el experimento, la palabra de marras era “Taco”.

 

“¡Es el mismo tronco, Mike!”

Por si no bastase con todo lo ya dicho, el reparto de la película descubrió que contaban con otro enemigo mucho más peligroso que dos directores dispuestos a todo. Y no hablamos de ninguna fuerza sobrenatural, sino de su propio sentido de la orientación: aunque los cineastas (quienes, suponemos, no querían enfrentarse a responsabilidades penales) pusieron todo de su parte para mantener al reparto en el buen camino, sus actores se perdieron realmente en los bosques de Seneca Crane, y no una, sino tres veces. El motivo fue un fenómeno que los montañeros y los senderistas conocen bien: cuando se recorre un territorio poco familiar, y por tanto no se cuenta con referencias para situarse, acabar caminando en círculos es casi inevitable. Para evitarlo, basta con tener una brújula a mano y no perder de vista los mapas.

 

“¿Me pone unos molares, por favor?”

El único momento de El proyecto de la Bruja de Blair que se acercó remotamente al gore fue aquel en el que Heather y Michael descubren una bolsa que contiene unos dientes ensangrentados. Dado su espartano presupuesto, los directores resolvieron esa parte de la película de una forma, si bien poco sutil, rigurosamente realista: obteniendo los materiales en la consulta de un dentista local. No sabemos qué cara puso el galeno cuando aquellos dos chicos le preguntaron si tenía unas muelas de sobra, pero nos la imaginamos…

 

La brujería a través de los tiempos

Si bien Donahue, Leonard y Williams demostraron mucho valor enrolándose en El proyecto de la Bruja de Blair, también hicieron gala de una cierta incultura en lo que a horrores sobrenaturales se refiere: Haxan Films, el nombre de la productora que sacó adelante la película, fue bautizada en honor a un pionero docudrama dirigido en 1922 por el danés Benjamin Christensen, y cuya temática queda sobradamente explicada por el título que recibió en España: La brujería a través de los tiempos. Por otra parte, los directores y Gregg Hale incluyeron otros guiños hechiceriles en su obra: el nombre de Elly Kedward, la bruja de marras, es un anagrama de Edward Kelley, un famoso ocultista inglés del siglo XVI. El nombre del asesino Rustin Parr, por su parte, oculta una referencia nada menos que a Rasputín, aquel místico siberiano que, además de influir poderosamente sobre la familia del zar Nicolás II, inspiró cierta pegadiza canción de los Boney M.

 

Símbolos del mal fario

Otra muestra de erudición paranormal aparece en la última escena del filme, cuando Michael y Heather entran en la vieja casa de Rustin Parr: según vemos entonces, las paredes del inmueble están cubiertas de caracteres hebreos, y también de runas del futhark nórdico. Para aumentar el mal rollo de la escena, Myrick y Sánchez trazaron estos últimos símbolos en sentido inverso. Como saben quienes las usan como parte de un método adivinatorio, las runas escritas al revés son símbolos de mala fortuna. Muy apropiado, ¿no creéis?

 

Aquí se aprovecha todo

Tras tanto mangoneo en la espesura, el rodaje de El proyecto de la Bruja de Blair acabó entregando 19 horas de metraje bruto, editadas a lo largo de una postproducción que duró la friolera de ocho meses. Según Miryck y Sánchez, de hecho, la mayor parte del presupuesto de la película se gastó durante el montaje. Acuciados por la falta de fondos, los responsables del filme acabaron vendiendo en eBay la cámara que habían usado en el rodaje. Ahora bien, durante este largo proceso los cineastas experimentaron una epifanía: “Al principio pensábamos que sólo podríamos aprovechar veinte minutos de lo que habíamos rodado en el bosque”, explicaron, “así que la idea era hacer un falso documental con entrevistas a ‘expertos’ y todo eso. Pero mientras lo montábamos nos dimos cuenta de que quizás la película estaba ahí, en la historia de los chicos”. No necesitamos decir que fue una buena idea…

 

“Hace falta más sangre”

Según confiesan ellos mismos, los autores de El proyecto de la Bruja de Blair ni se planteaban la posibilidad de que su filme se proyectase en pantalla grande: como mucho, esperaban venderlo a cadenas de televisión (“Con suerte, a la HBO”). Así las cosas, podemos decir que cuando el Festival de Sundance les ofreció la posibilidad de exhibirlo en sus sesiones de medianoche, se les apareció la Virgen: tras el clamoroso éxito del primer pase, que tuvo lugar el 25 de enero de 1999, Myrick y Sánchez recibieron una oferta de la distribuidora Artisan Films, que les proponía pagarles algo más de un millón de euros (ajustados) por los derechos y hacerse cargo de un estreno en salas comerciales… siempre que se cumplieran algunos requisitos. Además de remezclar el sonido, los responsables de Artisan exigieron un nuevo final: “Querían que mostrásemos a Mike crucificado, ahorcado o con la ropa hecha jirones y cubierto de sangre: nosotros rodamos todas esas escenas, pero finalmente nos quedamos con nuestra idea original”.

 

Rodaje barato, promoción millonaria

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Rodar El proyecto de la Bruja de Blair costó cuatro perras. O, para ser más exactos, y de acuerdo con los directores, alrededor de 28.500 euros (ajustados), a los que habría que sumar los 114.000 euros desembolsados para el montaje y la proyección en Sundance, más una cantidad adicional de 570.000 euros aportada por Artisan Films para darle al conjunto un tono más presentable. Pero cuando llegó la hora de poner el filme en el mercado, y convertirlo en un fenómeno social, la historia cambió radicalmente: el ejecutivo Steve Rothenberg tuvo la brillante idea de convencer al público de que lo que iba a ver era un auténtico documental, empleando para ello una cosa que se llamaba ‘internet’ y que por entonces se estaba poniendo de moda. La campaña resultante costó 28 millones y medio de euros: el sitio web que le sirvió de epicentro está todavía en activo, cual reliquia de tiempos más inocentes, y puede ser consultado por los nostálgicos. Entre las jugarretas planeadas por Rothenberg también destacaron las de actualizar el estado de los tres actores protagonistas en la base de datos IMDb para indicar su condición de “desaparecidos (presuntamente muertos)”, así como la confección de falsos documentales sobre el caso (¡atención a la paradoja!) y de carteles en los que se solicitaba información sobre el paradero de Heather, Josh y Mick.

 

Los libros, el disco y los cómics

Celebrada por los críticos, discutida por los sociólogos y con una trayectoria arrasadora en los ránkings (sus beneficios aumentaron un 1.070 por ciento entre su segundo y su tercer fin de semana), El proyecto… era carne de primera para fundar una franquicia multimedia. Y así lo supo ver Artisan Film: en septiembre de 1999, dos meses después del estreno de la película en EE UU, aparecía The Blair Witch Project: A Dossier, volumen escrito por un tal D. A. Stern que aportaba nuevos detalles sobre la ‘auténtica’ historia y añadía trasfondo a las leyendas de Elly Kedward y Rustin Parr. Stern publicaría otros dos libros inspirados en la película en 2000 y 2004. También es digna de mención The Blair Witch Files, una serie de ocho novelas para jóvenes aparecidas entre 2000 y 2001, y protagonizadas por un presunto primo de Heather Donahue. Por otra parte, el hecho de que la película tuviese muy poquita banda sonora (su único tema original, firmado por Antonio Cora, sólo suena durante los créditos finales) no fue óbice para dotarla con su respectivo álbum: Josh’s Blair Witch Mix, que así se tituló el producto, reunía temazos góticos, industriales o gótico-industriales firmados por Lydia Lunch, Skinny Puppy Bauhaus, entre otros, entremezclados con diálogos del filme. Por último, no podemos olvidar The Blair Witch Chronicles, el spin-off en forma de cómic publicado por la editorial Oni Press.

 

Tenía que haber videojuegos, claro

Nótese que usamos el plural: El proyecto de la Bruja de Blair no tuvo una sola transición pixelada, sino tres: desarrollados a toda prisa y publicados entre octubre y noviembre de 2000, Blair Witch Volume 1: Rustin Parr, Blair Witch Volume 2: The Legend of Coffin Rock Blair Witch Volume 3: The Elly Kedward Tale fueron tres exponentes no muy lucidos del género survival horror que añadían elementos tan fuera de tono como zombies, demonios, fantasmas y hechizos. Su recepción crítica fue tibia, siendo generosos, y hoy en día han caído en un piadoso olvido.

 

El proyecto del ‘bocata’ de Blair

Por supuesto, una de las consecuencias más inmediatas del éxito de El proyecto… fue una avalancha de turistas que se dirigieron a Burkittsville para visitar las localizaciones de su rodaje. Dicha invasión de domingueros tuvo consecuencias negativas, claro: a algunos de ellos les daba por perderse en los bosques buscando a la bruja y a Rustin Parr, o por robar el cartel que señala la entrada a la ciudad. Pero también tuvo su lado bueno, porque Burkittsville nunca había destacado por su prosperidad, y los beneficios resultantes del hospedaje y la venta de souvenirs proporcionaron un bienvenido alivio a su economía. Tan agradecidos estaban los lugareños al filme que un club social con sede en el pueblo inventó el sandwich oficial de El proyecto de la Bruja de Blair. Si te interesa la receta, allá va: se trata de una hamburguesa con queso completada con una loncha de jamón a la plancha, aliñada con salsa horseradish (de rábano picante) y servida en un panecillo con sésamo. Seguro que, si te metes uno entre pecho y espalda, tus arterias se llevarán un susto de aúpa.

 

Una secuela casi instantánea

A ver: tenemos entre manos una película que ha costado cuatro perras, que ha tenido beneficios millonarios (sólo en EE UU, amasó 160 millones de euros durante cinco meses de exhibición) y que tiene a la juventud pendiente de un hilo. ¿A qué esperamos para rodar una segunda parte? Dicho y hecho: rodada sin el consentimiento de Myrick y Sánchez, con el documentalista Joe Berlinger en la silla del director y una banda sonora a cargo de Carter Burwell, el músico habitual de los hermanos Coen, Blair Witch 2: El libro de sombras  apareció en octubre de 2000 para devolvernos a Burkittsville y sus aledaños, y de paso para cachondearse un poco del masivo fandom despertado por la primera entrega. Elaborada de una forma más ‘profesional’, con la subsiguiente merma en su poder de fascinación, la película pasó sin pena ni gloria, amasando sólo 9,14 millones de euros: algo más de una décima parte de los beneficios de su predecesora. La proliferación de gimmicks publicitarios (que si un libro, que si una edición especial en el por entonces novedoso dvd, que si no uno, sino dos discos…) también tuvo lugar en esta ocasión, pero no sirvió de demasiado.

 

La niña de El exorcista se une a la fiesta

Apartadísima ya de los círculos de Hollywood, y con una juventud díscola pasándole factura, Linda Blair parecía resignada en 1999 a ser recordada para los restos como la pequeña poseída de El exorcista. Pero el estreno de El proyecto de la Bruja de Blair le dio la ocasión, si no de volver al estrellato, sí al menos de echarse unas risas: con la ayuda del comediante Scott LaRose, Linda rodó el cortometraje The Blair Bitch Project, un spoof que pretendía parodiar la película de Myrick y Sánchez, pero que en realidad se quedaba en la enésima revisión del clásico de 1973. Y ni siquiera contó con Leslie Nielsen, como Reposeída.

 

Brujerías sexuales

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El auge de internet no sólo sirvió para convertir a El proyecto de la Bruja de Blair en un megaéxito: también causó una enorme revolución en la industria del cine X. Sumemos esas dos circunstancias, y tendremos una conclusión clara: el filme que nos ocupa ha tenido parodias porno para dar y tomar. Entre ellas podemos mencionar The Blair Witch Project: A Hardcore Parody, The Blair Witch Project: An XXX Thriller, The Erotic Witch Project, The Bare Wench Project (la más exitosa, con cinco secuelas en su haber) y otros filmes que aprovechaban las premisas del found footage para cambiar los aullidos por jadeos. Al menos uno de estos trabajos (no sabemos cuál, lo juramos) llegó al mercado español con la oportuna traducción de El proyecto de la Puta de Blair.

 

¿Qué fue de ellos?

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Un somero repaso a El proyecto de la Bruja de Blair y sus circunstancias revela una dolorosa verdad: salvo Steve Rothenberg, el ejecutivo que diseñó su campaña de márketing y que habría de jugar un destacado papel en el éxito de la saga Saw, ninguno de sus responsables ha hecho demasiada carrera en el cine. Eduardo Sánchez y Daniel Myrick acabaron deplorando el éxito de su cinta (“Nos hubiera gustado que fuera vista como una película en vez de como un fenómeno social“, comentaron diez años después del estreno) y, cuando se extinguió el hype, pasaron a ejercer discretamente como directores de títulos de bajo presupuesto y directos a dvd. En cuanto a los actores, Joshua Leonard cuenta como máximo logro el haber aparecido como secundario en True Detective, mientras que la trayectoria de Michael C. Williams, con sólo doce títulos en su haber, no es para tirar cohetes. En cuanto  a Heather Donahue, su caso es el más peculiar de todos: la chica, que se había llevado fatal tanto con los cineastas como con sus compañeros de reparto y andaba algo resentida por su anti-premio ‘Razzie’ a la Peor Actriz, intentó reciclarse sin éxito con la comedia romántica con Chicos y chicas (2000), para después intervenir en la serie Abducidos junto a Dakota Fanning John Hawkes. Pero se ve que eso de actuar no le resultaba del todo satisfactorio, porque allá por 2008 decidió retirarse en pro de una nueva profesión: cultivadora de marihuana para uso médico. En 2012 publicó Growgirl, un libro de memorias en el que narraba esta migración hacia pastos más verdes.

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