20 años después, es hora de que hablemos en serio de ‘Star Wars: La amenaza fantasma’

Han pasado dos décadas desde el estreno del Episodio I que provocó la ira del fandom, pero quizá haya que preguntarse si no fuimos muy duros con él

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04 de mayo de 2019

El pasado mes de febrero Ewan McGregor pudo por fin hablar de algo que no fuera si iba a volver a interpretar a Obi-Wan Kenobi, y a cambio describió su experiencia en las precuelas de Star Wars. “Fue muy doloroso que la gente se riera de ellas”, le dijo a Vanity Fair, “pero ahora esas películas significan mucho para los que fueron niños entonces”. Ocurría casi exactamente 20 años después del estreno de Episodio I – La amenaza fantasma, y el aplauso que obtuvo confirmó lo que muchos pensábamos: que las precuelas estaban ganando con el tiempo.

El entusiasmo de McGregor no era ninguna sorpresa, pero en absoluto ha sido el único en pronunciarse a favor de lo que empezó a construir George Lucas en 1999. Sin ir más lejos el propio Lucas ha defendido, al hilo de las nuevas películas producidas por Disney, que él al menos “intentó hacer cosas nuevas”, y recientemente Natalie Portman, intérprete de Padmé Amidala, ha llegado a hablar de la existencia de “gente que cree que estas películas son las mejores”.

Lo más prudente sería coger con pinzas toda esta supuesta revalorización, sin embargo. El rumbo actual de la saga ha provocado muchos descontentos, debido tanto a la supuesta escasez de ideas de El despertar de la Fuerza como al exceso de las mismas en Los últimos Jedi, y en situaciones así es normal que se piense que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sobre todo, si eres fan de Star Wars.

Y el caso es que Ewan McGregor dio en el clavo con sus declaraciones: hubo mucha gente que vio La amenaza fantasma durante su infancia. Hubo gente, incluso, que la primera película que vio nunca ambientada en una galaxia muy, muy lejana fue esta, y pudo asistir al espectáculo que le proponía Lucas sin, afortunadamente, tener nada con qué compararlo.

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Lo que vio ese niño

La amenaza fantasma comenzaba como todas las películas de Star Wars: un texto flotando en el firmamento y dando pistas ridículamente vagas del argumento. El niño, sin embargo, no estaba acostumbrado, y menos a leer en pantalla cosas como “Federación de Comercio”, “República” o “Embajadores”. Lo que para el fandom pasó a ser un chiste recurrente que resumía cómo se había apartado Lucas de la esencia de la trilogía original, para ese niño sólo fue una constatación de que se hallaba ante algo muy grande y complicado, que nunca llegaría a desentrañar en su totalidad pero le motivaba a hacerlo.

Luego aparecieron las naves espaciales y un Liam Neeson altísimo con cara de que lo tenía todo controlado, y la fascinación no remitía. Ni siquiera lo hizo cuando, poco después, esos Caballeros Jedi se topaban con una criatura que respondía al nombre de Jar Jar Binks, y que decía cosas como “Los tipos de porcuí están chifalados” o “Son súper tope” mientras se unía al grupo de aventureros a través de un viaje que les llevaba por tres planetas extremadamente distintos unos de otros.

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Más allá de lo torpe narrativamente que fuera la película, lo cierto es que La amenaza fantasma no dejaba de lanzarle estímulos a ese niño. Desde los más anecdóticos, como erigir como protagonista y “Elegido” a alguien de la misma edad que ese espectador ideal (una declaración de intenciones por la que ni siquiera pasó la trilogía anterior), hasta los de un potencial más icónico. Y es que, al margen de lo desafiante que fuera para el infante entender todo lo que estaba ocurriendo, lo importante se reducía a que el malo era un ser terrorífico y de diseño inolvidable que tampoco hacía mucho más que estar ahí y decir “sí, maestro”. Darth Maul. El que llevaba un sable láser doble.

A esto había que añadirle que La amenaza fantasma contenía un par de secuencias capaz de arrollar no sólo a ese chaval impresionable, sino a un fan curtido que siempre se queda sin respuesta cuando le hablas de la carrera de vainas, del duelo a tres, o de la banda sonora desarrollada por un John Williams en pleno éxtasis creativo. Así que sí, al niño no le quedaba más remedio que ponerse a ver el resto de la saga, mientras a su alrededor empezaban a resonar voces llamando traidor a Lucas y las críticas hundían la película.

Fue entonces cuando el niño pudo ver la trilogía original y comprender quién era Anakin Skywalker realmente. El canon galáctico, en directa consecuencia, se iba haciendo cada vez más complejo para él, y con el paso de los años no pudo evitar guardarle un cariño inmenso a La amenaza fantasma.

Lo que vio el fan

La reacción de los warsies está muy documentada, y gran parte de ella supone la contrapartida adulta y descreída de todo lo que entusiasmó a ese niño. El texto inicial no se limitaba a ser un sinsentido sino que adelantaba además otra de las mayores taras de la película (ese politiqueo en el Senado Galáctico durante el cual el niño no había podido aburrirse debido a la cantidad de alienígenas que aparecían). Jar Jar era lo más irritante que le había pasado nunca a Star Wars, y nadie se creía que Darth Vader hubiera sido alguna vez aquel niño que le preguntaba a Natalie Portman si era un ángel.

Pero, por encima de todos estos detalles, lo que más alteró al fandom fue lo referido a los midiclorianos y sus connotaciones. La existencia de unos organismos que determinaban la sensibilidad a la Fuerza de sus portadores no sólo arrebataba cualquier aura mágica a los Caballeros Jedi, sino que además lanzaba un mensaje muy claro al público: no todo el mundo podía ser un Jedi, sólo unos pocos privilegiados.

Siguiendo este planteamiento, a Lucas le pareció buena idea representar a los citados Jedi no como una orden samurái sumida en la mística y el misterio, sino como un organismo tan predispuesto a la burocracia como esa República a la que servían como un cuerpo militar de tantos. Y luego además estaba el que la película fuera aburrida. Increíblemente aburrida.

La amenaza fantasma es un film confuso donde nadie parece estar muy cómodo de estar ahí (únicamente, si acaso, un Ewan McGregor que lo da todo). Sus actores intercambian réplicas con total desgana y recurriendo desesperadamente al carisma que puedan desprender (es el caso de Liam Neeson, que probablemente ni siquiera sepa deletrear el nombre del personaje), y tampoco acaban de entenderse con esa omnipresente pantalla verde, moviéndose de forma torpe y atropellada.

El acabado visual de La amenaza fantasma no alcanzaba aún el exceso digital de los dos episodios posteriores, pero tampoco evitaba que el fan acostumbrado a las fantasías coloristas ochenteras lo viera todo demasiado árido y deshumanizado: muy lejos, en cualquier caso, de lo que él esperaba de una película de Star Wars. El golpe recibido fue entonces tan enorme que, de hecho, hay quien considera que esta película fue ampliamente superada por El ataque de los clones, cuando este film tiene muchísimos más problemas y de más variado pelaje.

Lo que todos deberíamos ver

¿Con qué versión nos quedamos, entonces? Resulta extremadamente difícil conciliar estas dos perspectivas, porque por un lado los fans siempre van a mirar con recelo a recién llegados que digan estupideces como que el mejor combate de toda Star Wars está en este film, y por otro siempre es difícil quitarse de encima el velo de la nostalgia para comprender que, vale, La amenaza fatasma siempre ha dejado mucho que desear.

Una posible vía de entendimiento es conceder que la película dirigida por George Lucas es tremendamente interesante no sólo desde su concepción (logrando que el público mayoritario manejase el término “precuela” con total soltura), sino también por su carácter inesperadamente profético. La amenaza fantasma supuso un aviso de los extremos a los que podía llegar el fandom, y de los problemas que este iría arrastrando para relacionarse con su pasado y empeñarse en declarar que es seguidor de Star Wars aunque sólo le gusten tres películas de las muchas que hay actualmente.

Ahmed Best y Jake Lloyd, encargados de interpretar a Jar Jar Binks y Anakin Skywalker, fueron los mayores damnificados de este primer giro del fandom hacia el lado oscuro, pero más tarde la carrera de Hayden Christensen también fue condenada al ostracismo por encarnar al joven Darth Vader en las otras dos películas. Que vale, nunca fue el mejor actor del mundo, pero ni Alec Guinness conseguiría hacer creíble un diálogo como el de la arena.

Casi dos décadas después de La amenaza fantasma, hemos tenido que esperar a Los últimos Jedi para observar una reacción de similar virulencia pero, más allá de la problemática social que ha acabado abanderando (con actrices siendo acosadas en redes sociales y quejas ridículas sobre la “agenda feminista de Disney”), lo cierto es que la película de Rian Johnson no es ni la mitad de transgresora de lo que fue La amenaza fantasma en su día.

A fin de cuentas, las precuelas de George Lucas eran un experimento carísimo que daba cuenta de lo mal que este había medido el pulso de los fans (al contrario de lo que J.J. Abrams hizo en El despertar de la Fuerza dándole lo que querían y solo topándose con las quejas de quienes apreciaban La amenaza fantasma), pero también de su atolondrada valentía y habilidad para caer de pie por mucho tiempo que llevara sin salir del Rancho Skywalker.

Siendo La amenaza fantasma un film que funciona de forma especular a Una nueva esperanza (como luego harían El ataque de los clones y La venganza de los Sith con El imperio contraataca y El retorno del Jedi, respectivamente), y propone una narrativa en constante retroalimentación, no deja de ser sorprendente que en 1999 pudiera conectar de forma tan intensa con los más pequeños. El film le presentaba Star Wars a una nueva generación y lo hacía de un modo kamikaze que, pese a todo lo que tenía en contra, funcionó. Y hoy, 20 años después, vemos los resultados.

Todos, por tanto, deberíamos reconciliarnos con esta película, y lidiar con este pasado tan revoltoso del mismo modo que, presumiblemente, harán los protagonistas de El ascenso de Skywalker. Porque, a fin de cuentas, el equilibrio de la Fuerza pasa por asumir que, si gracias a La amenaza fantasma muchos nos hicimos warsies, igual es que tampoco estaba tan mal.

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