13 cosas que (probablemente) no sabías de ‘El nombre de la rosa’

¿Quieres volver a la abadía más siniestra de la historia del cine? Si sigues estas pistas, llegarás al centro de su laberinto.

Por - 20 de octubre de 2013

Bienvenidos, hermanos cinemaníacos: acercaos y no temáis. Si habéis llegado aquí, al centro de esta web, es que os interesan mucho las aventuras de Fray Guillermo de Baskerville, aquel monje inglés (aunque más bien parecía escocés) que junto a su discípulo Adso de Melk desentrañó ciertos secretos relacionados con una abadía italiana, un libro perdido de Aristóteles y ciertos asesinatos muy originales. El cronista Umberto Eco registró su historia, llevada al cine por el director Jean-Jacques Annaud en un manuscrito audiovisual titulado El nombre de la rosa que llegó a los cines en octubre de 1986. Así pues, buscadores de conocimientos heréticos y peligrosos, aquí está vuestro premio, una recopilación de datos sobre la película capaz de poner los pelos como escarpias a la Santa Inquisición. Vamos, ojeadlos sin miedo: os aseguramos que no hace falta ponerse guantes para recorrer este reportaje sin peligro…

Un palimp…¿qué?

Conforme Sean Connery y Christian Slater cabalgan en sus borricas rumbo a la Abadía y los créditos se suceden, el espectador de El nombre de la rosa puede sorprenderse: según el rótulo de rigor, el filme es “un palimpsesto sobre la novela de Umberto Eco”. ¿Qué gárgolas quiere decir eso? Pues “palimpsesto” es la palabra que designa un texto escrito sobre una página ya utilizada: de este modo, Jean-Jacques Annaud le daba un toque más medieval a la presentación del filme, y se curaba en salud sobre las posibles quejas por los cambios sobre la novela. Bien porque apreció la broma, bien por no meterse en líos, la reacción de Umberto Eco tras el estreno fue muy pacificadora: “Soy un espectador sospechoso y debo callar”, dijo el sabio italiano.

Cualquiera, menos Connery

Aunque ahora parezca inconcebible, Sean Connery fue el último actor consultado para interpretar a Guillermo de Baskerville: antes que él, tanto Annaud como los productores sondearon a una lista de intérpretes de lo más sorprendente. ¿Alguien se imagina a Jack Nicholson, Michael Caine, Ian McKellen, Marlon Brando, Paul Newman o Donald Sutherland vistiendo hábito franciscano y ojeando manuscritos? Pues eso.

De Niro quería espadazos

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Al parecer, el nombre preferido por Jean-Jacques Annaud para dar vida a fray Guillermo fue el de Robert De Niro: contar con el italoamericano no sólo hubiese supuesto tener a un talento de primer orden en la película, sino también un fuerte gancho para la taquilla. Y, lo que es a ‘Bobby’, la idea le interesaba, además. ¿Por qué no llegaron a ficharle? Sencillo: De Niro quería que la película terminase con un duelo de esgrima entre Guillermo y Bernardo Gui (F. Murray Abraham). Dado que la película ya se tomaba bastantes libertades con este último personaje (un auténtico inquisidor experto en la quema de herejes), Annaud consideró que aquello ya era pasarse.

La primera división del siglo XIV

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Como hemos dicho, nadie quería a Sean Connery para El nombre de la rosa: en 1986, al actor escocés se le consideraba veneno para la taquilla, hasta el punto en el que Columbia Pictures se negó a financiar la película tras enterarse de que él iba a ser el protagonista. A Umberto Eco, por su parte, le importaba un pimiento su potencial recaudatorio, pero tenía otras objeciones. Según cuenta Jean-Jacques Annaud, el escritor resumió su primera y única charla con Connery en cuatro palabras: “Sabe mucho. De fútbol”.

Christian quiere a Valentina

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Para aquellos que vieron El nombre de la rosa en edad púber, la escena más memorable siempre será la del desvirgamiento de Adso de Melk (Christian Slater) a manos de una anónima campesina (Valentina Vargas). Y, si el momento de marras impresiona, su historia behind the scenes es graciosa cuanto menos: durante el cásting de la película, un Slater de 16 añitos se quedó tan impresionado con la Vargas que su madre (¡!) fue a hablar con Annaud pidiéndole que, por favor, contratase a aquella moza que tanto fascinaba a su retoño.

Cuanto más feos, mejor

Resulta difícil que un rostro destaque por su fealdad teniendo al lado a un titán de lo grotesco como Ron Perlman (el inolvidable Salvatore). Pero hay que reconocer que Annaud echó el resto en lo que a dirección de cásting se refiere: el director escogió a los secundarios de la película con el único criterio de que fueran lo más feos posible. ¿Por qué? Pues, aparte de para evocar un ambiente de miseria y superstición, porque la ambientación de la historia le recordaba a Darveil, el pueblo de Francia donde había nacido. Cuando los paisanos de Annaud se enteraron de esto, no se lo tomaron demasiado bien.

El venerable Chaliapin

Buscando a un actor para interpretar a Jorge de Burgos, Annaud (que no había conseguido reclutar a John Huston) se quedó encantado al encontrarse con aquel viejecillo esquelético y consumido. Cuando descubrió que el anciano de marras se llamaba Feodor Chaliapin, y era hijo del famoso cantante de ópera del mismo nombre, su gozo se multiplicó. Chaliapin, que había pasado décadas haciendo papeles secundarios, brevísimos y mal pagados, se comportó con una energía envidiable para sus 81 años: el rodaje le obligó a llevar lentes de contacto que le irritaban los ojos, y a aguantar temperaturas bajo cero.

Paciencia de amanuense

La preproducción de El nombre de la rosa llevó la friolera de cinco años. Y buena parte de ese tiempo lo consumió la elaboración de los libros de la biblioteca. En pro del realismo, Annaud encargó manuscritos elaborados con técnicas medievales a la abadía italiana de Praglia. Durante el rodaje, pese a contar con protección policial, una de las páginas fue robada. Para terminar la escena en la que aparecía, el director tuvo que esperar a que los monjes volviesen a dibujarla: tardaron un año.

Arquitectura monumental

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Para rodar los interiores de la abadía, el equipo de la película se trasladó a Alemania. Concretamente, al monasterio de Eberbach, fundado en el siglo XII por san Bernardo de Claraval. Como había que darle exteriores al lóbrego edificio, se erigió un plató en las cercanías de Roma que quedó como el decorado más grande edificado en Europa. Para los subterráneos, la solución fue más modesta: se usó el sótano de un restaurante de la capital italiana.

¿Quién me tiñe los cerdos?

Con su abadía ya levantada (y esperando arder), Annaud y su equipo procedieron a llenar sus pocilgas con numerosos gorrinos,, algo que en principio no presentaba complicación alguna… Hasta que el asesor histórico Michel Pastoureau apuntó que los cerdos medievales no eran rosados, sino negros. Ante la papeleta, el director ordenó teñir la piel de los sufridos animales.

Aquí huele a chamusquina

Si la escena del incendio en la biblioteca resulta tan angustiosa es porque, en realidad fue rodada a toda prisa y sin ninguna medida de seguridad. Sean Connery casi se achicharró al incendiarse su hábito (el director tuvo que tirarle al suelo y hacerle rodar para apagar el fuego) y, en general, todo el equipo se puso en serio peligro. Los mayores redaños los mostró Feodor Chaliapin, quien estuvo a punto de perecer cuando una viga desplomada cayó sobre su cabeza. Tras recuperarse, y ante el pasmo de sus compañeros, el actor declaró: “Yo tengo 81 años y moriré pronto. ¿Ha salido bien la toma?”.

¿De quién decías que era el nombre?

El guión de El nombre de la rosa prescindió prácticamente de todos los entresijos filosófico-medievales de la novela (y también, pena, de muchos de los insultos que se lanzan los piadosos teólogos). Pero no pudo librarse del mayor enigma de todos: el del nombre en cuestión. En el libro, este se debe a una cita latina traducida como “De la rosa sólo queda el nombre: sólo tenemos nombres vacíos”. Dicha frase conlleva una larga historia que atañe al texto de Umberto Eco (y a sus ambiciones intelectuales) pero que queda muy lejos de la película: normal que Annaud prefiriese quitarse el follón de encima e insinuar que hacía referencia a la campesina calentorra.

Laberinto pixelado ‘made in Spain’

Allá por 1987, Umberto Eco no sabía que existían unas cosas llamadas “videojuegos”. Imaginemos, pues, su sorpresa cuando un programador español llamado Paco Menéndez le solicitó permiso para ponerle el título de su libro (y de la película) a un programa de ordenador. El italiano estaba a otras cosas, por lo cual el juego se tituló La abadía del crimen (un título provisional del libro), pero no importó: el fray Guillermo pixelado se parecía razonablemente a Sean Connery, y tanto la calidad del programa como su desquiciante dificultad lo convirtieron en un clásico del software de 8 bits. Aquí puedes descargar el original (en formato Spectrum), y un remake para tu PC.