10 razones para seguir creyendo en la animación 2D

Puede que Disney haya cambiado para siempre los lápices por los píxeles, pero los dibujos animados siguen gozando de buena salud. Aquí, unos ejemplos. Por YAGO GARCÍA

25 de abril de 2013

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  • Quienes profetizan que las películas animadas en 2D tiene los días contados cuentan, desde ayer, con un nuevo argumento: Disney ha cerrado su taller de animación tradicional. Es decir, que los dibujos animados de toda la vida han pasado de ser el epicentro de la casa de Mickey Mouse a un producto deficitario del que conviene deshacerse. Por lo tanto, y a no ser que las cosas cambien mucho, Tiana y el sapo pasará a la historia como el último eslabón de esa cadena que comenzó con Blancanieves y los siete enanitos.

    A todo esto, CINEMANÍA tiene algo que objetar: vale que Enredados nos gustó mucho, y que aquí admiramos a Pixar como los que más, pero la animación 2D sigue gozando de buena salud en el siglo XXI. Para escarmiento de escépticos, hemos seleccionado 10 ejempos estrenados durante la última década y media, todos los cuales han gozado de un merecido éxito entre la crítica y, a veces, también entre el público.

    El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001)

    ¿Por qué nos gusta? Mientras los polígonos se iban adueñando de Occidente, Japón iba quedando como el santuario para los dibujos animados, gracias a la pujante industria del anime. Y decir “dibujos animados japoneses” es decir “Hayao Miyazaki”: con este inclasificable cuento de hadas, el maestro y amigo de John Lasseter consiguió una recaudación que hizo historia en su país, además de llevarse un Oscar y cuatro premios Annie, entre otros galardones. ¿Lo mejor de todo? Que El viaje de Chihiro se merece todos esos agasajos, y unos cuantos más. Pocas veces eso tan tópico de “para niños y mayores” se ha aplicado a una película con tanta justicia.

    El planeta del tesoro (R. Clements – J. Musker, 2002)

    ¿Por qué nos gusta? Seguramente, los cerebros de Disney que han decidido clausurar su departamento de animación 2D recordarán con amargura lo mal que le fue en taquilla a El planeta del tesoro. Y les entendemos, pero hacen mal: además de ser una versión muy digna del clásico de Robert Louis Stevenson, esta película queda como una de las raras incursiones del estudio en la ciencia-ficción, y como un ejemplo de buena combinación entre dibujos tradicionales y técnicas 3D. Y, además, salen naves espaciales a vela. ¿Qué más se puede pedir? Bueno, algo sí: verla en versión original para escuchar a Emma Thompson dando voz a una capitana muy gatuna.

    Bienvenidos a Belleville (Sylvain Chomet, 2003)

    ¿Por qué nos gusta? Nominada a dos Oscar (Mejor Película de Animación y Mejor Canción), la película de Sylvain Chomet volverá tarumbas a aquellos que no se fían del estilo Disney de animación, tan pulido y tan perfecto. Un homenaje a los musicales añejos, una cariñosa parodia del Tour de Francia y sólidos anclajes en la tradición de la comedia francesa son sus poderes: no en vano, el último filme de Chomet hasta la fecha ha sido El ilusionista, un homenaje a las películas del gran Jacques Tati.

    Persépolis (M. Satrapi – V. Paronnaud, 2007)

    ¿Por qué nos gusta? Si la animación estadounidense te parece demasiado ‘para críos’ y los filmes nipones te ponen nervioso con tanto ojazo redondo, ¿por qué no probar en otras latitudes? Aunque Persépolis fue una producción francesa, su coautora Marjane Satrapi (que adapta en ella su propio cómic autobiográfico) nació en Irán, y esta película cuenta sus amargas experiencias creciendo bajo el régimen de Jomeini. Rebosante de inventiva, la cinta fue acogida con entusiasmo, y revalidó la fe de muchos en la capacidad de la animación para contar historias ‘adultas’ con otro prisma.

    Paprika (Satoshi Kon, 2007)

    ¿Por qué nos gusta? Tristemente fallecido en 2010, a los 46 años, Satoshi Kon podría haber sido el ‘otro’ gran embajador de la animación japonesa en Europa y EE UU. Al menos, nos dejó una hermosa ristra de filmes con los que entender por qué le apodaban “el David Lynch del anime”. En dicha lista entrarían una tragicomedia social (Tokyo Godfathers), un thriller (Perfect Blue), un melodrama (Millennium Actress) y un trabajo tan inclasificable como esta Paprika, cuyo argumento gira en torno a un invento que permite infiltrarse en las mentes ajenas a través de los sueños. ¿Nos suena eso a algo, o es que alguien nos ha hecho una inception?

    Ponyo en el acantilado (H. Miyazaki, 2008)

    ¿Por qué nos gusta? “Vamos a ver”, pensará el lector, “¿a santo de qué nos cuelan estos de CINEMANÍA otra de Miyazaki?”. Pues, si por nosotros fuera, casi todas las producciones del maestro y de su Studio Ghibli tendrían cabida aquí, pero a lo que vamos: Ponyo en el acantilado no sólo es especial por su fabuloso tratamiento gráfico (mucha atención a los paisajes marinos, y a los movimientos de las olas) o por su originalísima manera de llevar La Sirenita de Andersen al terreno de su autor, sino también porque es la obra de Miyazaki más capaz de seducir al público infantil (con permiso de Mi vecino Totoro). Si tienes vástagos o sobrinitos en edad de mirar una pantalla, muéstrasela y te lo agradecerán para siempre.

    Sita Sings the Blues (Nina Paley, 2008)

    ¿Por qué nos gusta? Para quitarse de encima la murria de una ruptura amorosa, la animadora Nina Paley decidió guionizar, dibujar y rodar una película de animación ella sola. ¿Había alguna forma de hacer más difícil dicho desafío? Pues sí: el argumento se basaría en el Ramayana, un antiguo poema épico hindú, sólo que con viejos estándares de jazz como banda sonora. Y, cuando tocó ponerla en el mercado, Paley puso al filme bajo una licencia Creative Commons, divulgándolo a través de servicios de streaming como Netflix. Sólo por todo esto, Sita Sings the Blues debería quedar como una obra revolucionaria en muchos sentidos. Pero es que, además, es divertidísima.

    Los Simpson: la película (D. Silverman, 2007)

    Todos sabíamos que la serie de animación más popular y longeva acabaría por saltar a la pantalla grande. Lo que no sabíamos es cuando. Y, una vez que ocurrió el milagro, constatamos dos cosas. La primera, que Los Simpson: la película no era ni más ni menos que un capítulo algo más largo y épico de lo usual, el cual se las apañó (difícil hazaña) para aportar nuevos capítulos a su libro de gags para la historia (Spidercerdo, por ejemplo). La segunda, que por suerte la familia amarilla pasó al cine en su formato bidimensional, sin convertirse en monigotes poligonales. Como todos sabemos, a Homer el 3D sólo le interesa si hay pasteles eróticos de por medio.

    El secreto del libro de Kells (T. Moore – N. Twomey, 2009)

    ¿Por qué nos gusta? Nominada al Oscar correspondiente y al premio Annie a la Mejor Película, la irlandesa El secreto del libro de Kells no es sólo un breve (75 minutos) pero intenso pildorazo de aventuras fantásticas e históricas. También es un trabajo de gran originalidad, la cual se trasluce en un tratamiento visual que descarta las influencias de Disney en favor de las de los antiguos grafismos celtas y las iluminaciones medievales. Además, en ella se esconden momentos que dan mucho miedito y personajes tan entrañables como Aisling, la niña-lobo de ojazos enormes.

    Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011)

    Puede que Chico y Rita se llevase una nominación al Oscar y un Goya. Pero esta adaptación del cómic de Paco Roca tiene en su haber dos ‘cabezones’: uno como mejor filme de animación, y otro al guión adaptado. Junto a la película de Trueba y Mariscal, Arrugas nos hace albergar esperanzas de una animación española de calidad y dedicada al público adulto. Además, es irónico que un formato tan asociado a los niños funcione tan bien a la hora de contar un relato con protagonistas de la tercera edad.

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