10 películas tan malas que se merecen un ‘making of’

Estas película son tan desastrosas que inevitablemente se merecen un buen 'making of'.

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11 de febrero de 2014

Hay películas tan horribles que merecen caer en el olvido. Y también las hay que son recordadas, precisamente, debido a su condición de engendros infumables. Algo que James Franco sabe muy bien: el actor más hipster de Hollywood ha adquirido los derechos para el cine del libro The Disaster Artist, un reportaje sobre la producción y el rodaje de The Room. Sí, hablamos de esa película (escrita, producida y dirigida por el visionario Tommy Wiseau) que arrebató a Plan 9 from Outer Space su título de ‘Mejor Peor Película de la Historia’, y a la que nuestro Crítico de Mierda dedicó una extensa glosa en esta misma web. Teniendo en cuenta, además, que Seth Rogen figura como socio de Franco en la magna empresa, sólo podemos desear que los dioses del cine nos pillen confesados.

Ahora bien, ¿es The Room el único desastre fílmico que se merece un making of? Ni por asomo: en este informe os ponemos al día sobre 10 películas en las que se combinan una calidad bajo cero y unos rodajes absolutamente infernales y delirantes. Dictadores tronados, sectas religiosas, productores rapaces, presupuestos aún más ajustados que tu cuenta corriente y directores que no sabían qué demonios estaban haciendo son algunos de los personajes que deambulan por ellas. Además, fieles a nuestra costumbre, aportamos ideas sobre qué cineastas contemporáneos podrían hacerse cargo de los proyectos, o perecer en el intento.

Inchon (Terrence Young, 1981)

La (atroz) realidad: Está claro que al reverendo Sung Myun Moon no le bastaba con autoproclamarse mesías, fundar un culto con millones de seguidores (la Iglesia de la Unificación), celebrar bodas multitudinarias y financiar organizaciones ultraderechistas por todo el ancho mundo. El líder religioso, fallecido en 2012, también quería pasar a la historia del cine, de modo que no reparó en gastos con esta superproducción bélica sobre la Guerra de Corea. ¿Que había que contratar a Laurence Olivier, a Toshiro Mifune y al director de 007 contra el Doctor No? Pues se les contrataba. ¿Que era necesario un asesor histórico? Pues se contactaba, vía sesiones de espiritismo, con el ánima del general McArthur. ¿Que el filme, cuyo presupuesto ascendió a 83 millones de euros -ajustados-, resultó un despropósito lleno de errores de producción, que fracasó en taquilla y que jamás se ha editado en formato doméstico? Pues oye, a lo mejor eso no molaba tanto…

La (posible) ficción: Vista su convincente interpretación de ‘Sir Larry’ en Mi semana con Marilyn, Kenneth Branagh vuelve a meterse en el papel para contarnos cómo Olivier se dedicó a vivir a lo grande durante la producción de Inchon, disfrutando de su salario de 91.000 euros al día, más horas extras, mientras sus compañeros de reparto vivían incidentes propios de Tropic Thunder. 

International Guerillas (Jan Mohammad, 1990)

La (atroz) realidad: Fundamentalismo islamista, números musicales, difraces de Batman, un ejemplar del Corán que vuela y lanza rayos, una duración de casi tres horas… Y Salman Rushdie como villano. Todos esos ingredientes se dan cita en este filme pakistaní, singular ejemplo de exploitation que da un baño de religiosidad a lo más tirado de la acción ochentera. Los tres protagonistas del filme, hermanos y residentes en Islamabad, viven peripecias de lo más inimaginables con el loable propósito de matar al autor de Los versos satánicos, retratado aquí como un agent provocateur a sueldo de Israel y de los emiratos del Golfo Pérsico, cuya afición favorita es torturar a musulmanes devotos para después beber su sangre.

La (posible) ficción: Según afirma el propio Jan Mohammad, International Guerillas no fue inspirada por la devoción al Islam, sino por el más estricto afán de hacer caja a costa de la polémica. De ahí que la producción del filme nos parezca el mejor pretexto para que Chris Norris y su equipo de Four Lions vuelvan a darle un matiz de vergüenza ajena al yihadismo y sus cosas. La vida real, además, provee a la historia de un final de traca: el propio Rushdie (a quien nos gustaría ver con el rostro de Paul Giamatti) autorizó el estreno del filme en el Reino Unido, afirmando que su odio a la censura estaba por encima de cualquier otra consideración.

Troll 2 (Drake Floyd, 1990)

La (atroz) realidad: Si te decimos que Drake Floyd se llamaba en realidad Claudio Fragasso y que guionizó varias películas de Bruno Mattei, lo mismo intuyes por dónde van aquí los tiros. Si tu conocimiento del terror salchichero italiano no da para tanto, permítenos ponerte al corriente: Troll 2 es un encuentro letal entre la serie B americana y el gore low cost del país de la bota. Cuando varios de sus amigos decidieron hacerse vegetarianos (convirtiéndose así, según él, en unos plastas que hablaban de verduras todo el santo día) Fragasso concibió una historia sobre duendes que conviertían a los humanos en plantas para después comérselos. No contento con haber parido semejante libreto, el cineasta rodó el filme en un pueblo de Utah, reclutando a actores amateurs, y con un equipo técnico que, al igual qué el mismo, no hablaba una palabra de inglés. Dicho problema de comunicación, aunado a los espartanos medios y a una premisa delirante de por sí, le aseguró a Troll 2 un puesto fijo en los tops de peores películas de la historia.

La (posible) ficción: Pese a que Troll 2 ya tiene un documental sobre su producción (Best Worst Movie, 2009), Sam Raimi sabe cuatro cosas sobre rodajes infernales con cuatro perras de presupuesto, dada la (atroz) experiencia que supuso sacar adelante Posesión infernal. Ese curriculum le convierte, a nuestros ojos, en el director ideal para convertir el rodaje de Troll 2 en una comedia enloquecida, grumosa y con gags a hipervelocidad.

Sextette (Ken Hughes, 1978)

La (atroz) realidad: Autora de la inmortal frase “Cuando soy buena soy muy buena, y cuando soy mala soy mejor”, la actriz y guionista Mae West había sido la reina de la comedia picantona allá por 1930. Casi cuatro décadas después de retirarse del cine, West decidió regresar a los platós, decisión que la llevó a participar en dos despropósitos de altura: el primero fue Myra Breckinridge (1970), y el segundo esta comedia musical firmada, para más INRI, por el autor de Chitty Chitty Bang Bang. Recibida a pedradas por el público y la crítica, Sextette tuvo un rodaje que ha dado pie a múltiples leyendas, la mayoría de ellas protagonizadas por una Mae West sorda cual tapia (a decir de Tony Curtis, el sonotone usado por la actriz interceptaba las emisiones de radio de la policía) cuyos problemas auditivos la llevaron a quedarse encerrada en un ascensor tras un día de rodaje. La pobre Mae no oyó a Hughes dar la voz de “¡Corten!”, y esperó pacientemente en el camarín hasta que la sacaron de ahí al día siguiente.

La (posible) ficción: A todo esto, se nos ha olvidado contar de qué va Sextette, ¿verdad? Pues va de una estrella de cine (la West, claro) que tras matrimoniar con un jovencísimo Timothy Dalton, se ve perseguida por cinco iracundos ex maridos. Como dicha trama es muy similar a la de Scott Pilgrim contra el mundo, no se nos ocurre mejor director para el sarao que Edgar Wright. El británico, sin duda, sabrá sacar petróleo de las hazañas de Ringo Starr y Keith Moon, quienes también intervinieron en el filme.

Manos: The Hands of Fate (H. P. Warren, 1966)

La (atroz) realidad: El año es 1966, y el lugar El Paso (Texas), donde el equipo de la serie Route 66 ha ido a rodar unos exteriores. Durante una pausa, el guionista Stirling Silliphant charla con Harold P. Warren, un honrado vendedor de fertilizantes que interviene como extra en el episodio y según el cual hacer una película es la cosa más sencilla del mundo. La charla se calienta, los ánimos se enardecen y la cosa termina con Warren apostando (no sabemos cuánto) a que logrará rodar y estrenar un filme de terror financiado por él mismo. La consecuencia de dicho envite es esta película, rodada con unos sobrios y enternecedores 100.000 euros de presupuesto, con actores no profesionales (algo que obligó a filmar todas las escenas por la noche) y con una cámara de 16 milímetros cuyas bobinas sólo duraban 32 segundos. Milagrosamente, Manos acabó estrenándose en pantalla grande, y su director (muy ufano por haber ganado la apuesta) selló la hazaña exclamando: “¡He rodado la peor película de la historia, y estoy orgulloso de ello!”.

La (posible) ficción: Dado que Manos fue un producto de la América profunda, y que en su concepción y desarrollo se registraron niveles inmensos de cretinez y cabezonería, está claro que Alexander Payne debería dejarse de seriedades, regresar a la comedia ácida de sus primeros filmes y llevar esta historia a la pantalla con George Clooney (de nuevo a las órdenes del cineasta tras Los descendientes) en el papel del esforzado Warren. Matemático, vamos.

Calígula (Tinto Brass, 1979)

La (atroz) realidad: ¿Qué hacía falta para que Tinto Brass, un director al que las palabras “buen gusto” le sonaban a chino, reconociera que un filme le había salido demasiado guarro? Pues está claro: hacía falta un cataclismo como el que supuso Calígula. La megalomanía del director y las ansias del productor Bob Guccione (fundador del emporio Penthouse) por recaudar a base de tetas y culos fueron los detonantes de un desastre digno del más psicótico de los emperadores romanos, durante cuyos tres años de rodaje se registraron deserciones (las del guionista Gore Vidal y la actriz Romy Schneider), drásticos recortes de presupuesto y denuncias por acoso sexual, entre otras lindezas. El producto final es una bosta más grande que el Panteón de Agripa, con escenas de sexo explícito introducidas a traición por Guccione, y en el que Malcolm McDowell y Peter O’Toole (muy alcoholizados ambos) parecen preguntarse intensamente qué demonios hacen ellos ahí.

La (posible) ficción: El caso es que Calígula recibió un homenaje de lo más lujoso en 2005: se trató de un falso tráiler con la presencia de Courtney Love (como el protagonista), Helen Mirren (que había intervenido en el original) y Gerard Butler, entre otros. Merced a ese cociente de hipsterismo, y recordando que él hizo algo similar con A la caza de William Friedkin (otro insigne filme maldito), tal vez el propio James Franco pueda ponerse manos a la obra cuando haya acabado de despacharse con The Room…

Titanic (Herbert Selpin, 1943)

La (atroz) realidad: Realizada con toda la solvencia técnica de la que eran capaces los estudios UFA, esta versión de Titanic no es ni mucho menos un título tan pésimo como los otros de este informe. ¿De dónde proviene, pues, su infamia? Pues muy sencillo: se trata de una película de propaganda nazi realizada en plena Guerra Mundial. Para empezar, el filme fue rodado en un auténtico transatlántico con prisioneros judíos como extras, confiando los jerarcas de Berlín en que los Aliados hundieran el buque y los matasen a todos. Para seguir, el director Herbert Selpin fue asesinado en pleno rodaje por órdenes del ministro de propaganda Joseph Goebbels, un productor con quien no era prudente tener diferencias creativas. Y, para seguir, el cine donde iba a tener lugar el estreno fue arrasado durante un bombardeo de la RAF justo un día antes del magno evento. Dicho cine, por cierto, estaba en París, lo cual nos recuerda mucho a algo…

La (posible) ficción: Cuando uno se ve con un cóctel explosivo de cinefilia y nazismo, ¿a quién tiene que llamar? Pues está claro: a Quentin Tarantino. Desde aquí aconsejamos al genio de la gran mandíbula que se olvide de una vez de esa filtración de guión y haga una precuela de Malditos bastardos con Brad Pitt y su pelotón puestos a remojo.

Ishtar (Elaine May, 1987)

La (atroz) realidad: Olvídate de presupuestos ridículos y equipos amateurs: los protagonistas de esta historia fueron nada menos que Dustin Hoffman y un Warren Beatty que, además, ayudó a financiar la película. La producción de Ishtar, que tuvo lugar en el Sahara, se alargó mucho más allá de lo previsto, y cuando las tensiones entre Beatty y la directora Elaine May se hicieron insostenibles, el actor se vio reemplazado en sus tareas financieras por el productor David Puttnam (Carros de fuego). Un señor con mucha experiencia y gran habilidad que, además, odiaba a muerte tanto a Warren como a su compañero Hoffman. A resultas de tanto follón, al que se añadieron amenazas del Frente Polisario y embrollos empresariales de diversa índole, Ishtar fue muy criticada por la prensa de EE UU antes incluso de su estreno, y le fue tan mal en taquilla que registró pérdidas por valor de 30 millones de euros. Aun hoy se la recuerda como uno de los mayores desastres de la historia de Hollywood.

La (posible) ficción: Tal vez Ishtar sufra aún la mala prensa, pero también tiene fans ilustres. Sin ir más lejos, tanto Tarantino como Edgar Wright y Martin Scorsese han afirmado que la consideran una comedia muy divertida. Así las cosas, proponemos a esos tres titanes que queden para tomarse unas copas y hablar de un posible proyecto en común.

Raza (J. L. Sáenz de Heredia, 1942)

La (atroz) realidad: La mayor superproducción ibérica de la posguerra contaba con un guionista de excepción: nada menos que Francisco Franco, adaptando su propia novela bajo el seudónimo Jaime de Andrade. El rodaje no anduvo sobrado de anécdotas (salvo que contemos como tal la llantina que sacudió al dictador durante una proyección privada), pero, en general, la trayectoria posterior del filme resulta muy jugosa, incluyendo desde censuras a cascoporro (una versión severamente recortada, con el título Espíritu de una raza, se estrenó en 1950) hasta ese día de febrero de 1964 en el que ‘tío Paco’ se asoció a la SGAE en calidad de autor literario.

La (posible) ficción: En 1977, Gonzalo Herralde estrenó el documental Raza: El espíritu de Franco, una atinada investigación en los entresijos autobiográficos de la película. Pero el propio filme, con sus diálogos rimbombantes (al Generalísimo, hemos de decirlo, se le iba la mano con los adjetivos), su no menos estentórea voz en off y esa interpretación tan desaforada de Alfredo Mayo, nos parece material de primera para que Daniel Castro (Ilusión) se plantee hacer una película sobre su gestación y desarrollo.

Pulgasari (Shing San-ok, Chong Gon-jo, 1985)

La (atroz) realidad: Volvemos a encontrarnos con otro dictador cinéfilo: nada menos que Kim Jong-il, el difunto ‘Amado Líder’ de Corea del Norte. Resulta que a finales de los 70, cuando su padre Kim Il-sung aún se sentaba en su despacho de Pyongyang, el joven y prometedor Jong-il (entonces ministro de Cultura) decidió que a la cinematografía de su país le hacía falta una película de monstruos gigantes realizada según la ideología juché. Por lo cual, en lugar de ponerse él mismo manos a la obra, decidió secuestrar al director surcoreano Shin San-ok y su ex esposa, la actriz Choi Eun-hee. Tras realizar este filme, el último de los siete encargados por su captor, Shin logró fugarse con destino a EE UU, donde habría de firmar su testamento artístico, Tres ninjas peleones.

La (posible) ficción: El caso de Pulgasari es tan extremo, y tan susceptible de herir sensibilidades políticas, que no podemos encargárselo sino a un director coreano: Bong Jon-hoo. Tras la relativa decepción que está suponiendo Snowpiercer, el cineasta necesitará un proyecto con fuste a fin de congraciarse con el público. Y, recordemos, él ya le dio un giro memorable al género más godzillesco con The Host.

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