10 documentales muy inquietantes

Te ofrecemos esta lista de filmes repletos de emociones fuertes... Y auténticas.

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01 de septiembre de 2013

En ella no hay vísceras, sangre ni descuartizamientos. Tampoco juegos mentales a lo Michael Haneke o Lars Von Trier. Pese a ello, The Act of Killing es una de las películas más inquietantes de los últimos años, done el director Joshua Oppenheimer entrevista a varios matones a sueldo del gobierno de Indonesia, responsables de centenares de miles de muertes durante las purgas anticomunistas de los 60, y les propone reconstruir sus asesinatos frente a la cámara según sus géneros cinematográficos favoritos. Sobre la sensación que deja este experimento, basta con señalar que algunos protagonistas de la película lo encuentran extremadamente traumático. Imagínate, entonces, cómo puede tomárselo el espectador.

Si has visto The Act of Killing, o te interesa verla, seguramente sabrás que el género documental está lleno de filmes capaces de ponerte los pelos como escarpias. En esta lista no están todos los que son, pero te garantizamos que es una buena forma de iniciarse en el reverso tenebroso de un género tan fácil de menospreciar como lleno de escalofríos.

Capturing the Friedmans (Andrew Jarecki, 2003)

Un director avispado (fundó la web Moviefone) pero sin mucha reputación rueda un documental sobre payasos en Nueva York, cuando el padre y el hermano de David Friedman, uno de los participantes, son acusados de abusos a menores. Huelga decir que Andrew Jarecki (quien, por cierto, es amigo de J. J. Abrams) cambió de inmediato el enfoque de su película, acudiendo además a una fuente de primera mano: los vídeos familiares grabados por la propia familia Friedman antes y durante el proceso. Sobre ellos, y sobre el filme en general, gravita una pregunta espeluznante: ¿son los protagonistas culpables, o estamos ante un monstruoso error?

Leviathan (L. Castaig-Taylor, V. Paravel, 2012)

“Vaya con estos de CINEMANÍA”, pensarán algunos lectores. “¿A santo de qué nos presentan una peli sobre un barco de pesca?”. Pues, respondemos, porque aquí proponemos filmes inquietantes, y como nosotros comprobamos en el Festival de Sevilla 2012Leviathan lo es. Y mucho: rodada con minicámaras sumergibles, la cinta observa al buque de marras cual si se tratase de un monstruo mecánico, ofreciéndonos tanto el rastro de muerte que sus redes dejan bajo la superficie del mar como el esfuerzo extenuante de los humanos que faenan en su cubierta (y bajo ella). Para que luego digan que el pescado es caro.

El asesino de Pedralbes (Gonzalo Herralde, 1980)

El suceso que da pie a esta película (el asesinato de un matrimonio burgués a manos de su chófer, Luis Cerveto) transcurrió en un barrio acomodadísimo de Barcelona, pero toda la historia que lo rodea huele a España negra de principio a fin. Tras buscarle las cosquillas al régimen anterior con Raza, el espíritu de Franco (1977), Gonzalo Herralde esquivó las tentaciones de la crónica de sucesos retratando con objetividad casi sobrenatural al propio Cerveto, un psicópata nacido en la miseria que, tras ser librado de sus dos condenas a muerte, pidió con toda seriedad ser ejecutado.

Shoah (Claude Lanzmann, 1985)

En comparación con otros documentales sobre el Holocausto, como Noche y niebla (Alain Resnais, 1955) o Le chagrin et la pitié (dirigida por Marcel Ophüls en 1969, y memorablemente recordado por Woody Allen en Annie Hall), Shoah puede parecer poco agresivo: al fin y al cabo, se compone únicamente de entrevistas. No es así ni de lejos, porque en su duración de 10 horas y 13 minutos el horror acecha en forma de declaraciones de supervivientes de los campos de exterminio y el gueto de Varsovia, de civiles que contemplaron todo aquello sin hacer nada, y de antiguos oficiales de las SS que ejercieron como verdugos. Este es un trabajo al que conviene exponerse en pequeñas dosis, y no sólo por su minutaje.

Los censores de Hollywood (Kirby Dick, 2006)

Abandonamos por un momento los territorios del espanto físico para adentrarnos en otros más abstractos, pero que también provocan sudores fríos (y unas cuantas risas). Como, sin ir más lejos, los asaltos a la libertad de expresión. Con la colaboración de cineastas que saben mucho del tema (Atom Egoyan, John Waters, Darren Aronofsky), Kirby Dick estudia aquí las reacciones de la MPAA (Motion Picture Association of America) y de su junta de clasificación de películas ante contenidos presuntamente escandalosos, llegando a conclusiones desoladoras: la censura siempre considera la violencia como menos reprobable que el sexo, está controlada en la sombra por ejecutivos de los grandes estudios y, sobre todo, hace gala de una ignorancia monstruosa.

The Thin Blue Line (Errol Morris, 1988)

Los dos productores de The Act of Killing, la película que ha impulsado este informe, también son grandes documentalistas por derecho propio. Concretamente, Errol Morris se ganó nueve galardones en EE UU contando la historia de Randall Adams, condenado a la pena capital en 1976 por el asesinato de un policía en Texas. Poco a poco, la película desvela que dicho veredicto había sido provocado por una suma de errores judiciales, falsos testimonios (entre ellos, el del turbio psiquiatra James Grigson) y ganas de resolver rápidamente el caso. Tras el estreno de The Thin Blue Line, Adams fue absuelto por falta de pruebas: había pasado 12 años en el corredor de la muerte.

Grizzly Man (Werner Herzog, 2005)

Tenía que salir, ¿verdad? Pues aquí tenemos al otro coproductor de The Act of Killing: nuestro director alemán chiflado favorito. Siempre afín al conflicto entre el ser humano y la naturaleza, Herzog sigue los pasos de Timothy Treadwell, un activista medioambiental ex actor y ex toxicómano que vivió 13 veranos junto a los osos pardos de Alaska. A medio camino entre la admiración por su valor y el pasmo ante la manifiesta estupidez de su protagonista, Herzog hace girar el relato en torno al único hecho incontestable: en 2003, Treadwell y su novia fueron devorados vivos por los plantígrados.

De nens (Joaquim Jordà, 2003)

No hace falta entrar en detalles sobre por qué los casos de pederastia pueden causarnos pavor. Pero Joaquim Jordà (autor de otro documental espléndido, Monos como Becky -1999-) se centra aquí en una historia especialmente escalofriante: el denominado ‘Caso Raval’. Es decir, la operación contra una presunta organización de pornografía infantil radicada en dicho barrio de Barcelona, tras de la cual podrían (sólo podrían) hallarse intereses más inmobiliarios que justicieros. Tratando siempre de no tomar partido ni por los acusados ni por las instituciones, Jordá consigue que el espectador se haga preguntas muy, muy incómodas.

Jesus Camp (Robinson Devor, 2007)

Otro clásico de los documentales que dan mal rollo, Jesus Camp no pierde efectividad con los años, sino que sus efectos se acrecientan con el tiempo. ¿Por qué? Pues porque, tras contemplar cómo los pequeños son adoctrinados en la escuela veraniega Kids On Fire para odiar a los homosexuales y los izquierdistas, para defender su fe con las armas (si fuese necesario), para desear la llegada del Apocalipsis y para aborrecer a Harry Potter (por brujo y por satánico), sólo cabe preguntarse algo: ¿dónde estarán esos niños ahora, y qué estarán haciendo?

El juego de la guerra (Peter Watkins, 1965)

Terminamos con un clásico. Pero qué clásico: encargado por la BBC (que se negó a emitirlo) y ganador del Oscar al Mejor Documental (tras lo cual la Academia de Hollywood cambió las normas de la competición), El juego de la guerra se compone principalmente de escenas ficticias sobre un hipotético ataque con armas atómicas al Reino Unido. Escenas, todo hay que decirlo, basadas escrupulosamente en datos registrados, y que no exageran un ápice sobre el particular. Si esto te sigue pareciendo poca cosa, recuerda: en este planeta hay aproximadamente 17.325 cabezas nucleares dispuestas para estallar en cuanto sus amos lo decidan.

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