10 cosas que (probablemente) no sabías de ‘King Kong’

El gorila gigante con debilidad por las rubias cumple 80 años, y nosotros lo celebramos con esta colección de anécdotas enormes y peludas. Por YAGO GARCÍA

16 de febrero de 2013

Todos conocemos la historia: un director de cine (Robert Armstrong) con pocos escrúpulos ficha a una belleza espectacular (Fay Wray) para rodar un filme de aventuras en un remoto rincón de África. El nombre del lugar es Isla Calavera, y en él aguardan una tribu nativa poco amistosa, un montón de dinosaurios y un secreto prehistórico muy grande, muy antropoide y con muchas malas pulgas llamado King Kong. Este gorila gigante, con cierta debilidad por las chicas rubias y curvilíneas, rugió por primera vez en una pantalla en 1933 (el 7 de marzo en EE UU, y en España un 9 de octubre), aportando un pilar especialmente sólido, y peludo, al cine fantástico y a los efectos especiales. Y, de paso, creando un mito del cine cuya última encarnación, dirigida por Peter Jackson, data de 2005.

Dados estos méritos, y lo mucho que nos identificamos con él algunos redactores de CINEMANÍA (básicamente, porque las chicas también huyen despavoridas cuando nos ven) hemos decidido dedicarle uno de nuestros repasos llenos de anécdotas, datos poco conocidos y trivialidades en general, como ya hiciéramos con American Beauty, La Sirenita, La princesa prometida y Ciudad de Dios, entre otras. ¿Os subís con nosotros a la azotea del Empire State, lectores?

La franquicia que nunca fue

Dice la leyenda que Merian C. Cooper estaba fascinado por los grandes simios desde jovencito, algo que se acentuó cuando viajó a África en 1929 para rodar su versión de Las cuatro plumas. Así que, cuando su jefe David O. Selznick (todo un elemento, responsable de Lo que el viento se llevó y otros clásicos) le permitió dar rienda suelta a sus propios proyectos, el productor y director no se lo pensó dos veces: llevaría a la pantalla esa historia sobre un gorila gigante que nadie hasta el momento había querido financiar. Cooper, todo hay que decirlo, se portó aquí como un auténtico visionario, concibiendo lo que ahora llamaríamos una franquicia multimedia: Edgar Wallace, por entonces el escritor más leído de EE UU, escribiría una novela basada en su guión, que a buen seguro se convertiría en un best seller y que propulsaría la taquilla del filme. Por desgracia, Wallace pasó a mejor vida sin haber escrito una palabra, lo cual no impidió que Cooper incluyera su nombre, con letras bien grandes, en los créditos iniciales.

‘Stop motion’ y dinosaurios

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Vale, Merian C. Cooper adoraba a los gorilas, pero… ¿Y los dinosaurios que conviven -o así- con Kong en la Isla Calavera, de dónde salieron? Pues de Creation, una película que nunca llegó a completarse por falta de presupuesto, y que debería haber mostrado un ‘Mundo Perdido’ anclado en el Jurásico. Tras mandar a la porra el rodaje cuando sólo se habían rodado veinte minutos de este, Cooper decidió contratar a su director, el artista del stop motion Willis H. O’Brien, para que se encargase de los efectos especiales de King Kong. Cooper y el animador acabarían llevándose de maravilla, hasta el punto de que el primero (antiguo luchador profesional) sirvió de modelo al segundo para los movimientos del gorila. Ah, y un dato más: allá por 1940, O’Brien recibiría la visita de un chaval a quien King Kong le había cambiado la vida, y que insistió en trabajar con él y aprender sus secretos. El nombre del chico era Ray Harryhausen, el futuro director de efectos especiales de El monstruo de tiempos remotos y Furia de titanes.

Un galán sin igual para una estrella en ciernes

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Aunque llevaba actuando desde los 16 años, y había aparecido en películas de Erich Von Stroheim, entre otros maestros, Fay Wray no gozaba aún de la enorme popularidad que le depararía King Kong. Una historia apócrifa pero sabrosa afirma que Merian C. Cooper, con quien ya había trabajado en El malvado Zaroff, la persuadió para seducir al simio gigante con una frase que ha pasado a la historia: “Tendrás al galán más alto, más moreno y más viril de Hollywood”. La actriz, prosigue el cuento, pensó que el director se refería a Clark Gable hasta que le entregaron su copia del guión. Con el paso de los años, Wray (“La bella que acabó con la bestia”) siempre sostuvo que King Kong era la mejor de las 116 películas que había rodado durante su carrera, hasta el punto de declinar una oferta de Peter Jackson para aparecer en su remake. Cuando falleció en 2004, las luces del Empire State se apagaron durante 15 minutos en su memoria.

Aprovechando las sobras

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Con tanta animación stop motion (un procedimiento que resulta caro aún hoy) es obvio decir que el presupuesto de King Kong se disparó. Y, dado que la productora RKO andaba ya con un pie en la tumba financiera, Merian C. Cooper tuvo que hacer malabares con los dólares de los que disponía: además de rodar todo el filme en Los Ángeles y no en África, como él hubiese querido, el cineasta y su equipo tuvieron que reciclar decorados construídos para producciones tan dispares como Rey de reyes (la original muda de 1927) y la cinta de aventuras exóticas El ave del paraíso. Y David O’Selznick, que tampoco era de los que desaprovechan nada, recicló a su vez otros decorados de King Kong para la escena del incendio de Lo que el viento se llevó. Lo cual nos hace pensar en lo chulo que estaría ver un filme sobre la Guerra de Secesión con simios gigantes…

El director odiaba los trenes (y el gorila, también)

Antes de la legendaria ascensión al Empire State, King Kong nos obsequia con otro de sus momentos más impactantes cuando, buscando a su amada Wray, el simio protagonista hace añicos un tren elevado. Pues bien, esa escena también tiene su historia: procedente (como tantos otros pioneros del cine) de una familia muy humilde, Merian C. Cooper había pasado su infancia en una casa construída junto a una vía férrea cuyo traqueteo no le dejaba dormir. Así que, puestos a hacer que su gorila dejase Nueva York hecha un solar… ¿Por qué no usar al gorila como álter ego para ajustar las cuentas?

Una orquesta para un gorila

Otra de las razones del incremento presupuestario de King Kong fue su banda sonora: en ella, el gran Max Steiner (futuro autor de la música para Lo que el viento se llevó, Casablanca, El sargento York, Sombrero de copa y muchos otros filmes memorables) se convirtió en el primer compositor de Hollywood que trabajó con una gran orquesta. Algo que, por supuesto, iba que ni pintado para una película de esta escala. A fin de ahorrar gastos, Merian C. Cooper había pensado en reutilizar música de otros filmes, pero el temperamental Steiner se negó en redondo a caer en un truco tan bajo: la escritura y grabación de su partitura, tremendamente innovadora para la época, acabó generando unos gastos de 655.000 euros (ajustados)

El gran ‘blockbuster’ simiesco

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Habiéndose gastado casi 9 millones de euros en producir King Kong, la tambaleante RKO se lo jugaba todo a una carta estrenando el filme. Algo que sabían sus rivales de Metro Goldwyn Mayer cuando se ofrecieron a comprar la película. Pero Selznick y Cooper decidieron seguir adelante, algo que les deparó una recompensa inimaginable: en su primer fin de semana en Nueva York, King Kong recaudó nada menos que 117.000 euros, una cantidad que ahora da risa pero que, en la época, batió todos los récords. El filme acabó amasando 24,2 millones de euros en su primer estreno, salvando a RKO de la ruina. Y eso era sólo el principio: King Kong volvió a las pantallas en 1938, 1941, 1952 y 1956, convirtiéndose en la primera película de la historia reestrenada a gran escala.

Kong contra el Código Hays

Incluyendo la friolera de 40 muertes violentas y una historia de amor (no correspondido) inquietante cuanto menos, es normal que King Kong atrajera sobre sí las iras de los censores. Pero, contrariamente a lo habitual, los numerosos cortes que sufrió la película no tuvieron lugar antes de su estreno, sino después: el Código Hays (las normas de autocensura de las productoras de Hollywood) había sido publicado en 1930, pero sólo comenzó a aplicarse en todo su rigor a partir de 1934, tras el estreno del filme, de modo que King Kong iba quedando más y más mutilada en cada uno de sus reestrenos. Entre las escenas censuradas, algunas de las cuales se han perdido para siempre, destaca una en la que un marinero era devorado por unas arañas gigantes, recreada por Peter Jackson en su película de 2005.

Ah, ¿pero hubo una secuela?

Sí que la hubo, sí: se tituló El hijo de Kong, se rodó en el mismo 1933 (estos chicos de RKO no perdían el tiempo) y ahora está casi olvidada, ya que su calidad no puede competir con la de la original. Una lástima, porque aunque nos muestre a un simio gigante (llamado Kiko) algo menos carismático que el del filme de Merian C. Cooper, este segundo viaje a Isla Calavera es muy entretenida y añade agradecidos toques de comedia. Según la guionista Ruth Rose, que ya había trabajado en la primera parte, “ya que no podía hacer una historia mejor, decidí hacer una historia más divertida”. Señores del Hollywood moderno, aplíquense el cuento…

La dinastía de los reyes gorila

En un gesto de generosidad raro en él, David O. Selznick reconoció que King Kong (el personaje) era una creación de Merian C. Cooper, y le cedió los derechos en unos documentos… Que el cineasta perdió allá por los años 40. ¿Cuál fue el resultado del despiste? Pues una batalla legal que, además de mucho gasto en los tribunales, generó un total de cuatro películas sin contar ni la original ni el remake de Peter Jackson. La productora japonesa Toho decidió que, si un lagarto gigante y radioactivo era algo bueno, un lagarto gigante y radioactivo dándose de tortas con un gorila gigante debía ser la repanocha, así que produjo en los 60 King Kong contra Godzilla y King Kong escapa, dos desparrames made in Japan muy reivindicables. En 1976, Dino De Laurentiis embarcó a Jeff Bridges y Jessica Lange en su propio remake, recibido con críticas pésimas pero que se llevó el Oscar a los Efectos Visuales. Y el colmo llegó en 1984 con King Kong 2, enorme despropósito en el cual, tras sobrevivir a su batalla final, nuestro simio favorito es sometido a una operación de cadera por parte de la veterinaria Linda Hamilton. Y eso por no hablar de exploitations como The Mighty Kong y la británica Konga, o del obligatorio tributo en un especial de Halloween de Los Simpson, cuyo título (¡faltaría más!) era King Homer.