[Crónica FICXixón 2012] ‘Ernest & Cèlestine’, la magia del cine

Un frágil retrato sobre la adopción, ecos de H.P. Lovecraft, y el candidato a ganador de Animaficx en esta cuarta jornada del FICX50. Por PABLO GONZÁLEZ TABOADA

Por - 20 de noviembre de 2012

Wladyslaw Starewicz fue un animador ruso que desarrolló gran parte de su carrera en Francia. Considerado uno de los padres de la animación, desde su debut en 1909 creó algunas piezas maestras como The Cameraman’s Revenge (1911), animada utilizando insectos disecados, o la obra maestra Fetiche (1934) de una perfección técnica asombrosa. Sin embargo su trabajo más reconocido es el largometraje El cuento del zorro (1930), dirigido entre él y su hija Irene Starewicz. La influencia de esta fábula moral con marionetas llega hasta nuestros días, incluyendo filmes como Fantástico Sr. Fox (2009), de Wes Anderson. Su último vástago no reconocido es Ernest & Cèlestine, película que pudimos ver ayer en el Festival de Gijón y que se convierte de momento en lo mejor del certámen sin ningún género de dudas.

Dirigida por Benjamin Renner (La queue de la souris) y la pareja artística Stéphane Aubier/Vincent Patar (Pánico en la granja), Ernest & Cèlestine es una delicia, un milagro animado que nos hace volver a creer en la magia del cine y en las posibilidades de éste como medio expresivo. Con un tono marcadamente infantil en el buen sentido de la palabra, a la manera de Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988) o las obras mayores de Pixar, es capaz de abrir nuevos caminos en las carreras de sus realizadores mediante una técnica asombrosa que remite a los maestros del lápiz y el papel, contando con algunas secuencias de impacto en las que la fluidez de los movimientos es tal que pareciera que todo cobra vida dentro de la pantalla, dos protagonistas sobresalientes y maravillosamente perfilados en el excelso guión de Daniel Pennac y una partitura inspiradísima de Vincent Courtis. La historia de un oso y una ratoncilla, amigos contra-natura, da pie a una suerte de slapstick emocional donde cada gag está estudiado, con una medición del ritmo sencillamente perfecta, como ocurría en la citada Pánico en la granja. Para redondear, como todo cuento, al final tiene su moraleja representada con un montaje paralelo que deja sin sentido. Lenguaje cinematográfico y narración, de la mano en la mejor película de animación francesa desde El ilusionista, de Sylvain Chomet. Excepcional.

Ernest & Cèlestine no fue la única película de animación que se proyectó ayer en el Festival de Gijón, hubo de hecho dos más (también francesas) que tuvieron su primer pase dentro de la nueva sección competitiva Animaficx. Bibo Bergeron regresa a su país natal tras una temporada en Dreamworks (suyas son La ruta hacia El Dorado o El espantatiburones) para facturar la estimable Un monstruo en París (2011), que se ambienta en la propia ciudad durante la primera década del siglo XX. Los primeros veinte minutos están repletos de energía y la comedia funciona a la perfección, convirtiéndose a posteriori en una suerte de monster movie con elementos de aventura y secuencias de acción muy bien realizadas pero que nada aportan a la propia película. No es un mal trabajo y se disfruta, pero no integra demasiado bien los números musicales y su premisa está desaprovechada.

Algo parecido le pasa a Couleur de peau: Miel, que además de Animaficx compite por el premio principal en la sección oficial, siendo el único largometraje animado a concurso. La trasposición a imagen de la novela visual autobiográfica del coreano Jung Henin se centra en los primeros episodios de su vida, desde que fuera adoptado a los cinco años por una familia belga hasta su crecimiento en ese nuevo núcleo familiar, reflejando con bastante sinceridad los problemas cotidianos a los que tuvo que hacer frente. Alternando formatos (películas caseras, imágenes de archivo, animación por ordenador y tradicional, filmaciones recientes) los directores Laurent Boileau y el propio Jung Henin no consiguen que su película alce demasiado el vuelo al forzar el lirismo recurriendo a la música y la voz en off de forma insistente, intentando conducir las emociones dal espectador en un trabajo que impide ser disfrutado en su totalidad por (entre otras cosas) los bruscos cambios estilísticos que existen entre sus imágenes. La tésis del film es interesante pero su realización no es adecuada, siendo una de esas películas que no necesitarían más que un remontaje (eliminando todo aquello sobrante) para lograr mejores resultados. Un trabajo digno y honesto, pero el cine son hechos, no intenciones.

No sólo de animación vive en FICX50, claro. El ciclo de Amir Naderi continuó con la proyección de dos de sus películas: The Runner (Davandeh, 1990), un trabajo casi neorrealista sobre un niño desamparado, y Marathon (2002), que gira en torno a una mujer que decide hacer un maratón de crucigramas durante un día en pleno corazón de Nueva York y superar su marca anterior. Seguimos su progreso, viendo cómo aprovecha viajes de metro y otros transportes para conseguir concentrarse y llevarlo a cabo. Para bien o para mal es una película única, sin ninguna intención narrativa y más cercana a un docudrama en el que según pasan las horas –en la película– y los minutos –en la sala– la frustración se refleja  dentro y fuera de la pantalla. El espectador sufre lo mismo que su protagonista, así que si la intención era esa, está conseguida, aunque ciertamente con la mitad de metraje se habría conseguido exactamente el mismo objetivo. ¿Habéis escuchado eso de que “esto sólo da para un corto?”; aquí no es una exageración, es así.

Mucho más amena es The Whisperer in Darkness del ciclo géneros mutantes, un trabajo de amor a Lovecraft hecho por sus propios fans… para sí mismos. Ninguna pega a la intención aunque el resultado final sea el de un filme simplemente correcto, respetuoso con el material que adapta y que recupera el tono del cine fantástico de los 50 replicando sólo en momentos aislados su encanto. La H.P. Lovecraft Historical Society lo hizo mucho mejor en 2005 con The Call of Cthulhu, una miniatura muda y oscura realizada con talento y habilidad, pero este susurro en la oscuridad apenas consigue ser audible. A destacar, uan vez más, la fotografía en blanco y negro de David Robertson y la intención de volver a la raíz del cine para adaptar a unos de los escritores más influyentes del género fantástico. Se queda como un buen intento, que no es poco.