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Érase una vez en Hollywood

SANGRE, MENTIRAS Y PÓSTERS BIZARROS

1 IVORY FAN. “Lo que a mí me ofende son las películas de James Ivory”, dijo, fanfarrón, cuando mucha gente seguía convencida de que Regreso a Howard’s End iba a pasar a la historia del cine. Algunos no pierden la esperanza de que Quentin Tarantino acepte dirigir su peli de superhéroes o alguna aventura galáctica a la altura de su capacidad para poner de los nervios a los productores. Pero es complicado. Habría que lidiar con esa premisa innegociable a lo largo de su carrera: “Me encantan las películas violentas”. Oreja rebanada en mano descompuso el festival de Sundance cuando estrenó Reservoir Dogs y dejó claro que Edison (sic) había inventado la cámara “para hacer violencia”. Lo juró delante de Faye Dunaway, su ideal de dama con metralleta desde que sacó Bonnie y Clyde del videoclub. Y así ha sido desde entonces en su filmografía. Su novena película, anunciada como la penúltima de la misma forma traviesa con la que lleva la cuenta, se resuelve de nuevo con esa firma sangrienta, entre estilizada y chocarrera. ¿Y la décima? ¿Django/Zorro? ¿Kill Bill Vol. 3? ¿Se atreverá con Star Trek? Cualquier saga podría reencontrar su identidad para morir matando igual que Peckinpah selló el western entre alacranes con la metralleta de Grupo salvaje. Lo que es seguro es que, con esa recurrente apelación a la violencia, como un aguijonazo de adrenalina en el corazón, todo lo que toca Tarantino resucita.

LIBRO LOCO. “Mis rollos de chico normal, eso de ir a una tienda de discos de segunda mano y pasarme ahí dos horas sacando cajas de las estanterías, mirando lo que tienen… se terminaron”, decía QT en 1995, después del éxito de Pulp Fiction en todo el mundo. Mentira. Le conocí una tarde tonta de la primavera de 2004. Yo había quedado con Jesús Robles en la librería Ocho y Medio, un edén de los libros de cine en la milla de oro de la VO en la capital. Jesús, que en paz descanse, era dueño de aquel templo cinemaníaco que hoy aún resiste con su mujer María al frente, y editor de unos volúmenes espléndidos, entre ellos muchos guiones de películas, que todos en el mundillo del cine español alababan pero nadie compraba.

Mi aviesa intención era convencerle para publicar un libro loquísimo y en ello estaba cuando, ya de noche, al cierre del local, le pregunté si mejor lo dejábamos para otro momento. Se hacía tarde, le estaba dando una buena brasa y no le veía yo demasiado pendiente de mí. Jesús parecía inquieto, con la cabeza (y la vista) en otra parte. “No te preocupes, mientras él esté aquí, podemos seguir charlando”. ¿Él? “Sí, ¿no le has visto?”. Y me señaló hacia un recodo, tras un pilar, de su coqueta librería.

MEMORABILIA. Allí estaba el mismísimo Tarantino, del todo abstraído, repasando minuciosamente una enorme colección de carteles y fotogramas que Jesús guardaba: filmes de los años 60 y 70, pelis españolas, coproducciones europeas de medio pelo, spaghetti westerns, filmes eróticos y de terror barato. Aquella montaña de legajos era un material bizarro de primera. Una hora después, ahí seguíamos los tres. Yo, flipando con que Jesús, que odiaba el fútbol, me hiciese caso con el ídolo en su casa (“No te preocupes, prefiere estar a su aire”), y QT, concentrado en aquellas joyas de memorabilia freak mientras su chófer (vino a presentar Kill Bill) esperaba fuera. Hasta que se me acabaron las excusas para justificar que Evasión o victoria era la Casablanca del fútbol. Entonces Jesús me llevó del brazo ante Quentin y me presentó: le di la mano, balbuceé mi admiración y me fui con las ganas de hablarle de Las ibéricas F.C. Tarantino estuvo allí un rato más y se llevó un montón de carteles que Jesús no le dejó pagar.  Tres años después, editado Fútbol y Cine por la gracia de Jesús (y para su ruina), descubrimos varios de aquellos pósters en una pared del bar de las chicas de Death Proof.

Hoy, la banda sonora de Érase una vez en Hollywood, como todas las suyas, y ese cartel que se adivina en nuestra portada, el de Nebraska Jim, mentirijilla soñada para Rick Dalton (DiCaprio) y Sergio Corbucci, le delatan, y nos vuelven a recordar que Quentin Tarantino va a seguir eternamente rebuscando entre cajas de discos y montañas de pósters como un chico normal.

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