EN ESTE NÚMERO:

Stranger Things

COSAS EXTRAÑAS, NIÑOS REPELENTES

1 AÑO DE GRACIA. El trauma todavía me dura. Y estoy dispuesto a empezar terapia. Lo reconozco: nunca vi Los Goonies en el cine. Por aquel tiempo, sin el aluvión de películas animadas para los guajes de hoy, las películas infantiles traían un estigma que ahuyentaba al espectador medio, en este caso mis padres. Era más fácil que dos adultos llevasen a ver a un niño una de mayores (tolerada, o no), a que un niño arrastrase a sus padres a ver una peli de una pandilla en busca de un tesoro. En vez de Los Goonies me llevaron a Silverado, Memorias de África y El color púrpura. Y si te aburres, te acabas las pastillas Nestlé y echas una cabezada, hijo. Incluso El honor de los Prizzi fui a ver, tras un comentario entre dientes del señor que partía con pericia las entradas en la puerta del cine sobre la escasa idoneidad de un niño viendo aquella oscurísima peli de John Huston. Menos lobos: menores acompañados, para adentro. Y quien dice Los Goonies, dice Regreso al futuro, Exploradores y Los cazafantasmas, puntazos del 85. Tres años antes, el auténtico golpe bajo: E.T., que solo pude ver en reestreno de cine de barrio. El rescate de todo aquel caudal pop llegó con el VHS. El vídeo sedimentó aquella cultura por doquier. Otra cosa es la televisión, tabla rasa de la infancia de los españoles desde aquellos años en los que la caja tonta dejó de ser un lujo para la clase media. Todas aquellas series en horario infantil (o no) forjaron nuestra identidad como hoy hace YouTube. Lo curioso es que ninguna se parecía demasiado a Stranger Things, que bebe del cine para volver a retener en casa a los hijos (y a los nietos) de la televisión de los 80.

DOC. Sí, yo de pequeño era un poco especialito: me gustaba ver La clave, con José Luis Balbín, en el UHF, un debate televisivo precedido de una película, que, en aquella España de la Transición y hasta los primeros años del PSOE, se atrevía a tratar temas de cierta enjundia no exentos de polémica. Pero si los debates de después de la peli me venían grandes, gracias a aquel programa, y a que no había más que una pantalla en casa, vi películas que nunca olvidaré. El ángel exterminador de Buñuel, o, sepultado entre los cojines del sofá por el cagazo, La semilla del diablo de Polanski. Así vi también una cosa rara, lo que yo recuerdo como mi primer documental, este género que hoy vuelve a ocupar el lugar que merece. Si hago alguna salvedad a mis miedos por la sobredosis de oferta audiovisual que han traído las nuevas plataformas y el consumo moderno, esa es la apuesta por el documental y el redescubrimiento de formas de contar historias que entroncan con la realidad, aunque no necesariamente la reflejen y compongan una nueva forma de ficción, materia para otro debate. En este número de CINEMANÍA registramos el estreno en cines de hasta 11 largometrajes documentales, la alineación completa de un equipo que capitanearía el Diego Maradona de Asif Kapadia, y la llegada de dos series punteras del género. Una noticia extraordinaria que pone sobre la mesa la recuperación de un género en efervescencia. ¿Mi primer documental? No fue El hombre de la cámara ni Nanook el esquimal ni El desencanto. Ni siquiera A Hard Days’ Night. Aunque, qué noche la de La clave aquel día. Tampoco fue Shoah, la película que marcó el año de gracia de 1985 y el futuro del documental.

EL ENTE. Era especialito, pero no tanto. Me apasionaba el cine y adoraba el fútbol, y viceversa. Y aquel día La clave debatió sobre ese deporte y su relación con la política, y emitió lo que yo descubrí maravillado como una rareza, un documental brasileño sobre la otra cara del Mundial de Argentina 1978: Copa 78: O poder do futebol. Era fútbol, pero diferente. Hablaban de cosas que no había imaginado antes. Fue una revelación: aquella película (nada del otro jueves, por otra parte) me ayudó a entender que el juego que me fascinaba tenía un lado oculto. Con el tiempo La clave de Balbín fue cancelada por presiones del gobierno de Felipe González, al que no le hacía gracia la forma de tratar algunos temas en el programa, santo y seña de la televisión pública. En eso seguimos igual, a vueltas con el Ente, más de 30 años después: todo aquello sucedió la última semana de diciembre de 1985, el año que, efectivamente, cambió el cine. El cine de los niños repelentes.

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