EN ESTE NÚMERO:

Rogue One. Una historia de Star Wars

YO SOY TU PELAZO

1. GALACTIC PIE. Esos pasillos refulgentes, esos alicatados hasta el techo, esas puertas de apertura hidráulica… Sin reparar en gasto. Qué hermosura. Hay que entender a todos aquellos para los que la Estrella de la Muerte es el hogar. Y darles cariño. Son los mismos para los que Darth Vader no es malo exactamente. Son manías. El Lord del lado oscuro es tan canalla que es acojonante de bueno. Están aquí, han vuelto. Parejita.

A la madre de todas las naves la hemos visto estallar dos veces y ahí está otra vez, con su hoyito resalado y su arma secreta, reluciente, casi como una luna de Valencia de fondo en estas costas que prometen un desembarco a lo Salvar al soldado Ryan. Un adorno colosal, esa Death Star. Pero, ojo, “Eso no es la luna. Es una estación espacial”, nos desarmó a todos con su aplastante lógica de Jedi, el bueno de Obi-Wan Kenobi, al que Vader, otro bellezón del mal, se cepilló de un espadazo.

Ahora los rescatamos a los dos de nuevo, bola gigante y respiración postiza, en Rogue One: Una historia de Star Wars para solaz de todos. Falta una historia, que es lo que vende el título: de un guión del Tony Gilroy que pone a correr a Bourne se puede esperar siempre algo trepidante. Y, si lo combinamos con Chris Weitz, un tipo capaz junto a su hermano Paul de mezclar las camisas de Hugh Grant con el talento de Rachel Weisz para adaptar a Nick Hornby en Un niño grande después de haber dirigido American Pie, ya puede ser el despiporre. Ambos son realizadores, además. Veremos si está todo a la altura de nuestras expectativas, de igualar el listón que dejaron nuestros recuerdos favoritos de la saga. Respect.

2. LA TUMBA DE VADER. No olvidamos que la mejor Estrella de la Muerte hasta ahora es esa que está como de camuflaje imperial en El retorno del Jedi, apuntalada de mentirijillas por unos Pepe Gotera y Otilio del espacio, disfrazada de faralaes entre Palpatine y Vader (que allí murió) para dar un golpe de mano que se volvió en su contra. Un disparo cada tres minutos pegaba la estrellica, angelita, que podía cargarse 20 planetas medianos en una hora con su superláser. Supera eso con tu pirotecnia, Gareth Edwards. 

Y lo mismo con Vader, crème de la crème: el Universo Expandido ha hecho diabluras, pero nada como Saturday Night Live: el mejor Darth Vader fue un Burt Reynolds con casco en la mítica parodia de Norm Macdonald, haciendo un supuesto casting para La guerra de las galaxias, fracasando porque no acababa de entender bien eso del poder del lado oscuro de la Fuerza: ¿estrangular sin agarrar del cuello al tipo? Para comprobar el resultado, ahora toca acudir a presentar nuestros respetos ante la tumba de uno de los mejores personajes ideados para el cine de la historia. Siempre hay que volver a casa (por Navidad).

3. JARMUSCH A PELO.  Me sentí como Mr. Marshall llegando a Villar del Río con aquellos castellanos viejos cantándome por soleares “españolitooo, te recibimos con alegríaaa”: la primera vez que estuve en Nueva York, el primer famoso con que me crucé fue Jim Jarmusch. Primero el pelo, claro, y luego ya él. Ahora que lo pienso, a la luz de la luna de Rogue One, aquello fue como cruzarse con Darth Vader mientras te das un garbeo por la Estrella de la Muerte. Ocurrió a la salida de la librería Strand (el detalle gafapasta para redondear), y mi amigo Charly, hermano de cinefórum vital, y yo nos miramos, inocentes, cazados en una cámara oculta imaginaria, puestos allí para apuntalar un decorado, como en la peli de Berlanga, pero al revés. Nuestra cara fue un poema.

A Jarmusch nos apetecía hacerle una antología a cuenta de la poesía de Paterson y de los versos libres de su cine. Él reconoce que jamás le han preocupado las cosas que ocupan a los demás directores, con sus dramas, sus moralidades y sus aventuras, espaciales o no. Pero hay algo que sí le preocupa: “Trump no es sólo un problema para EE UU, es una tragedia para el mundo”. Hay esperanza: si el cine de Jarmusch surgió durante los dos mandatos de Ronald Reagan (1981-1989), algo bueno saldrá contra un botarate como Donald Trump. Aunque, bien mirado, ni Darth Vader ni Estrella de la Muerte, tenemos villano y arma definitivos: el nuevo presidente de los EE UU (ni Los Simpson ni leches, los que lo vieron claro son los genios de La Lego película con Mega Presi/Mega Malo) y su Trump Tower. “Yo soy tu pelazo”, acabará diciendo desde la Casa Blanca, y entonces sí que nos vamos a echar todos a temblar.

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