EN ESTE NÚMERO:

Juego de tronos

EL RETORNO DE TYRION LANNISTER

1. UN SECRETO. Sucedió en nuestra redacción. Se nos pone la piel de gallina al recordarlo, quedan restos de manchas de sangre (y de pizza, y de café, y de phoskitos de la máquina) de aquella batalla en pleno cierre de la revista. Nadie más que nosotros conoce la historia, nunca trascendió, pero en abril del año de gracia de 2013, bajo el más estricto secreto profesional de los presentes, Tyrion Lannister se enfrentó a Iron Man en uno de los combates editoriales más encarnizados de la historia de los héroes. A cara de perro. El enano protagonista de una serie con dragones y mazmorras de HBO osó enfrentarse al empresario armamentístico acorazado de Marvel. Sólo podía quedar uno.

El resultado está en nuestra portada de aquel número. Robert Downey Jr. y su Tony Stark destrozaron al pequeño hombre de Desembarco del Rey, y el personaje de Peter Dinklage quedó relegado a la contraportada. Fue un combate desigual, eran otros tiempos. Y es cierto que nadie recuerda a los que quedan segundos, pero algo quedó de todo aquello. Tyrion ha vuelto para quedarse. Ahora ya no tiene rival. Ningún superhéroe de estreno ha podido con él.

Primero fue Perdidos de J.J. Abrams; luego, Tony Soprano; ahora llega Juego de tronos. Es la tercera portada de CINEMANÍA dedicada a una serie en nuestros 20 años largos de historia. Es absurdo poner fronteras a la ficción audiovisual. Series y cine sólo pueden estar separadas por su calidad. La recreación de David Benioff y D. B. Weiss a partir de los libros de George R. R. Martin nos ha cambiado la vida: pertenece ya a la estirpe de los fenómenos que marcan un camino. Todo lo que hoy presente espadas, castillos, reinas o luchas por el poder nos remite a Game of Thrones. “Yo soy el regalo”, le espetó Tyrion Lannister a la reina Daenerys al conocerla. Pues eso. Ya se escucha el batir de alas de los dragones. Con ustedes, Juego de tronos.

2. S.S. A.A. La adicción a las series es la más gozosa epidemia popular del siglo XXI. Como toda pasión incontenida, deja secuelas. “Yo controlo, yo controlo”, se repiten algunos, perdidos sin remisión. Su síntoma más extremo es la asunción de ese axioma mentiroso: “el mejor cine actual se hace en las series”. Y no. El mejor cine se hace en el cine, y para tratar de salvarlo de la opresión de las series, abro sesión de Seriéfilos Anónimos. Adicto yo también a las series, mi cinemanía previa me acaba salvando siempre in extremis. Como los niños, los locos por el cine decimos siempre la verdad: bajo la hégira de la Edad de Oro de la ¿televisión? consumimos toneladas de horas de series. Hay mucha calidad, sí. Pero también domina la comodidad (duración del capítulo, versatilidad del formato, tiranía del sofá) y un placebo de conexión duradera (alargadísima a veces) con actores, personajes y tramas que, entre genialidades, nos llevan a tragarnos series que no dan el nivel. Nos estamos perdiendo mucho buen cine por esa adicción placentera pero dolosa con la que tendemos a abandonar la cultura de la pantalla grande, la experiencia en una sala y la cadencia de los largometrajes por medianías en serie. Es justo decirlo ante el regreso de un serial frente al que palidecen todas las películas del género fantástico. Cada uno es libre de ocupar su tiempo como le plazca, pero no todas las series son Juego de tronos.

3. ¡JO, QUÉ DÍA! Que la vida va a toda pastilla lo sabía Ferris Bueller, mi superhéroe favorito allá por 1986, junto a Butragueño y Alf, el bicho de Melmac. “Si no te paras a mirar a tu alrededor, podrías perdértela”, clamaba aquel coruscante bachiller que, John Hughes mediante, remitía a Holden Caulfield, al odiseico Leopold Bloom y hasta a la travesía de Griffin Dunne en ¡Jo, qué noche!

30 años más tarde, en plena eclosión de los superhéroes en el cine, la toma de partido parece la única corriente filosófica verdadera de este universo de planetas paralelos. Ya no es sólo la dualidad Marvel-DC; ahora incluso dentro de esos mundos hay que elegir internamente entre Batman y Superman, entre Capitán América y Iron Man o entre Magneto y Xavier. Puestos a escoger disfraz, yo me decanto por uno con el que romper la cuarta pared, alterar la computadora del colegio, chulear el bólido paterno y hacer bailar el Twist and Shout a toda una multitud en Chicago. Y todo eso, en menos de 24 horas. Eso sí que son superpoderes, Ferris Bueller.

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