EN ESTE NÚMERO:

Alfred Hitchcock

LA HORA DE ALFRED HITCHCOCK

1. FRANÇOIS TRUFFAUT PRESENTA. Películas para pasar el rato, decían. Tuvo que llegar un chaval que había dirigido 3 pequeños filmes en Francia a renombrar como Monsieur Hitchcock al hombre al que todo el mundo llamaba simplemente ‘Hitch’. François Truffaut venía de estrenar Jules y Jim, se había carteado con el director de Recuerda, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones y Psicosis, le había presentado sus respetos desde las páginas de Cahiers du Cinéma y le había solicitado una entrevista para escribir un libro. En aquel otoño de 1962, Hitchcock, que le recibió en sus oficinas de los estudios Universal mientras preparaba Los pájaros, era un hombre de éxito. Sucedía que su éxito en Hollywood se medía únicamente en términos de taquilla: para ser exactos, lo que hubiese recaudado su última película. Como Psicosis había sido un bombazo, Hitchcock estaba contento. Pero él quería más. Por eso le habían emocionado tanto las cartas que Truffaut le había enviado. Había llegado a las lágrimas.

Mucho más que una persona, que un cineasta, que un autor, Hitchcock es una idea, un concepto. Luz en las sombras. Truffaut encontró en él exactamente lo que buscaba: un hombre que creyese que el cine era él. Él y cualquier otro director que controlase el proceso creativo de una película hasta sus últimas consecuencias. “El cine pertenece a los directores. Nos pertenece a usted y a mí”, le dijo mientras se fumaba un puro. No era el triunfo entre el público el que marcaba la diferencia, ni siquiera la belleza o el estilo en abstracto. Era la intención. Y, otra cosa quizá no, pero el cine de Alfred Hitchcock es todo intenciones.

2. KILL HITCH. Además de publicar El cine según Hitchcock, el libro sobre aquellos encuentros (y algunos más que completaron el repaso a su filmografía hasta 1966 y que han desembocado en el gozoso documental Hitchcock/Truffaut), y de cartearse con el maestro durante toda su vida, mientras él mismo se iba convirtiendo a su vez en un maestro, Truffaut fue más allá todavía: en 1968 dirigió La novia vestía de negro, un homenaje a Hitchcock desde la rubia languidez de Jeanne Moreau, una novia que venga a su marido asesinado el día de su boda. Para la venganza de esta dama de luto contrató a Bernard Herrmann en la banda sonora y adaptó una novela de Cornell Woolrich, autor del relato de La ventana indiscreta y de capítulos televisivos de Hitchcock. Pese al gesto supremo de respeto de un cineasta a otro (pese a la falta de alma de la película) y de que Tarantino le birlase la novia y la libreta con la lista donde tacha a sus víctimas para Kill Bill, el director francés, el autor que mejor conocía al genio, hizo algo en el filme que Hitchcock jamás habría hecho: manejó bien sus códigos, excepto el más importante. Truffaut explicó los motivos de la venganza desde el principio y se olvidó del primer mandamiento de su ídolo. Mantén el suspense sobre todas las cosas.

3. PEDRO Y JULIETA. “Mis influencias han sido Andy Warhol y Lola Flores”. Almodóvar, otro de esos genios absolutamente reconocibles en cualquier lugar del mundo. Un cineasta cuyo estilo va más allá de fronteras, de etiquetas e incluso de sus propias películas, a las que ya trasciende una manera de entender el cine que ha logrado que su apellido sea un adjetivo que ya no hace falta poner en cursiva. Lo almodovariano, como lo hitchcockiano, sólo se define en sí mismo, nada podría sustituirlo. Hitchcock también es una influencia reconocida por el cineasta español, que estrena Julieta y que ha plasmado esa admiración estética en varios momentos a lo largo de su carrera: Laberinto de pasiones, Kika, Volver, La piel que habito, incluso muchas de sus heroínas podrían ser musas de Hitchcock. En pantalla sus mujeres competirían en neurotismo, pero ellas elegirían siempre el trato que Almodóvar dispensa a sus chicas. Tratemos al Señor Almodóvar, al que todos llaman Pedro, con el cariño que él dedica a sus personajes femeninos. Cuidémosle con el respeto con que François Truffaut honró a Monsieur Hitchcock.

P. D. Hay una bonita nómina de películas de Hitchcock que no dirigió el maestro, entre homenajes, copias y casualidades. No le hizo falta: su espíritu arrasa con todo. Mi favorita es El premio (Mark Robson, 1963). Como Charada, remite al número uno de la lista CINEMANÍA: la fórmula fetén de humor, acción y estilo. ¿Cuál es? El suspense nunca falla.

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