Cinercia


Comer con los ojos

Aviso: este artículo parecerá la característica queja del típico viejales sobre cuánto molesta la gente que come cosas durante la proyección de una película

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23 de marzo de 2017

Aviso: este artículo parecerá la característica queja del típico viejales sobre cuánto molesta la gente que come cosas durante la proyección de una película. No es un mero lamento retórico, se trata de una declaración de guerra. Una batalla entre los Ansiosos Comidistas Glotones y la Sensata Gente Cabal (los adjetivos importan). Sólo puede quedar un bando. Vaya por delante: no es necesario deglutir alimentos mientras se mira una pantalla. Dicha asociación ha calado tan hondo que muchos espectadores no saben ver sin masticar. Es legítimo que los exhibidores hayan promovido el consumo de (sus propias) palomitas y refrescos, pero ceder a esa tentación de manera adictiva es un conductismo muy poco cinéfilo.

El único propósito decente de los cubos de maíz tostado lo dejó claro Mickey Rourke en Diner (Barry Levinson, 1982), pero no pocas salas se han venido arriba ofreciendo perritos, hamburguesas, nachos y todo tipo de plasticosa manducatoria dirigida a la gula, no al apetito. En ese sentido, he visto cosas que no creeríais; más allá de Orión, hay familias que llevan tupperwares al cine. Público que, incluso en la intimidad de sus hogares, son incapaces de seguir una historia sin comer cosas continuamente. Gente eligiendo a qué sesión van en función de lo que puedan comer en la sala. Está pasando.

Hasta aquí sólo he hablado de la irracionalidad del acto de engullir durante una proyección. Otra cosa es la molestia que generan los ruiditos de esas masticaciones y absorciones hechas sin decoro ni respeto hacia el entorno. Basta ya. Tolerancia cero. Muerte al ruido, y también a su causante. Mientras tanto, quiero un censo abierto de la gente que come en los cines. Cuando menos lo esperen, me presentaré en su casa a la hora de cenar para ponerme a ver películas en su mesa. A ver qué cara se les queda.