CRÍTICA

Villa Touma

8

Por
22 de octubre de 2015

Película lorquiana, anclada en el espacio/ tiempo, pero atemporal como lo fue La casa de Bernarda Alba del poeta andaluz, Villa Touma despliega su dramaturgia desde el arranque, con ese tilt down de la cámara desde la fachada del orfanato hasta el taxi que traslada a Badia (Maria Zreik) a la mansión de sus tías, tres solteronas de la aristocracia cristiana venidas a menos, a nada, tras la Guerra de los Seis Días y la ocupación israelí del territorio al oeste del río Jordan. La llegada de la sobrina huérfana, cuya ascendencia es una incógnita para el espectador que va desvelándose a medida que se desencadenan los acontecimientos, hará que las rígidas normas que articulan la convivencia en la casa se tambaleen, y que el fingido bienestar de las traumadas hermanas se vea amenazado por la intrusa, cuyo espíritu ingenuo e integrador se encuentra en las antípodas del que poseen los huéspedes de Losey o Pasolini. Badia es, al contrario, la víctima de una tragedia con tintes (y escenografía) shakesperiana, a la que se viste de largo con imperceptibles y persistentes pespuntes de humor negro cortesía de la directora y guionista Suha Harraf (Los limoneros). 

Rodada en Ramala y Haifa por esta palestina con pasaporte israelí, Villa Touma es también una película apátrida. Y este “pertenecer a ningún sitio” constituye la condena y la negación para las tres hermanas, interpretadas maravillosamente por las actrices Nisreen Faour, Ula Tabari y Cherien Dabis.

Tías tremendas y puesta de largo trasnochada en la Ramala tomada.

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ESTRENO: 23 de Octubre de 2015