CRÍTICA

Verano en Brooklyn (Little Men)

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Por
12 de octubre de 2016

Hay un momento en la vida en el que se pierde la inocencia y, a partir de entonces, ya no somos los mismos. Ocurría así en 1959, cuando los chicos de Rob Reiner descubrían un cadáver siguiendo las vías del tren en Castle Rock, Oregón, y todavía ocurre lo mismo, aunque sea en Brooklyn, Nueva York, en un viejo apartamento con una tienda de arreglos en el bajo. En este espacio anodino transcurre la séptima película de Ira Sachs, uno de los mejores escritores del cine actual (¿lo proponemos para el Nobel del año que viene?), experto en relatos filmados, localizaciones mundanas, personajes corrientes y vidas ordinarias. 

A Ira Sachs no parecen importarle los grandes acontecimientos de nuestras vidas, las bodas (El amor es extraño) o, como en este caso, los funerales. Verano en Brooklyn arranca con uno, el del casero de ese modesto negocio de arreglos regentado por una chilena (inmensa Paulina García) y padre de un actor de teatro en horas bajas (Greg Kinnear) que se muda con su familia al apartamento de arriba. Esos grandes fastos que son las muertes, los bautizos y las comuniones y que casi todo el mundo celebra, pasan deprisa en las películas de Ira Sachs, convencido tal vez de que la vida es lo que sucede entre medias, el día a día, los lunes, los martes, los miércoles, personajes que friegan los platos y sacan la basura, las rutinas. Suele ser entonces cuando ocurren las verdaderas epifanías existenciales, cuando, camufladas de aparente cotidianeidad, aparecen las personas que nos cambian para siempre. Así surge en Verano en Brooklyn la amistad entre Tony Calvelli, hijo de la modista del bajo, y Jake Jardine, nieto de su antiguo casero.

Ira Sachs consigue con su cámara sincera (y esa melodía entrañable compuesta a golpe de xilófono por el fundador de los Tindersticks Dickon Hinchliffe) transportarnos a nuestras propias infancias, a los días interminables compartiendo deberes, meriendas, confesiones y hasta salidas nocturnas a discotecas light, paseos en monopatín o patines con los primeros amigos que tuvimos, esos que con su lealtad y su amor sincero nos permitieron ser quiénes somos, nos protegieron de la corriente cruel para que encontrásemos nuestro lugar en el mundo. Como Jake (bressoniano Theo Taplitz), de niño acosado en el colegio a futuro artista, o Tony (impresionante Michael Barbieri, discípulo de De Niro con 13 años), un aspirante a actor que demuestra sus habilidades en una divertidísima clase de improvisación, secuencia cúlmen de Verano en Brooklyn. 

Esos amigos, también, con los que perdimos la inocencia. Pues de eso trata también la última película de Ira Sachs, que ya ha demostrado en anteriores ocasiones que, muchas veces, la diferencia entre un ser humano maravilloso y ese mismo ser humano que te decepciona, es la distancia a la que estés de él. Si en El amor es extraño era la convivencia familiar lo que revelaba nuestro rostro más amargo, en Verano en Brooklyn la inmobiliaria neoyorquina y la economía doméstica vuelven a ser catalizadores del conflicto que enfrenta a las familias de Jake y Tony poniendo en peligro su amistad. Como siempre, Ira Sachs y su coguionista Mauricio Zacharias logran exponer sin buenos ni malos y sin resultar deprimentes (todo lo contrario) un ecosistema en el que podemos ponernos en la piel de todos los personajes, incluidos los niños con su lógica tan humana como infantil. Esa inocencia que están a punto de perder para siempre.

Michael Barbieri, revelación absoluta. Una especie de discípulo de Robert De Niro con 13 años.

SINOPSIS:

Dos chicos de orígenes distintos conviven y se hacen amigos en un edificio de Brooklyn, pero su amistad se pondrá a prueba cuando sus respectivas familias se enfrenten por el arrendamiento de una tienda.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO: ,

DIRECTOR:

REPARTO: , ,

GUIÓN: ,

PAIS: EE UU, Grecia

DURACIÓN: 85 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Golem

ESTRENO: 21 de Octubre de 2016

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