CRÍTICA

Un día perfecto para volar

8

Por
22 de octubre de 2015

En la línea recta hacia el despojo que lleva tiempo recorriendo Marc Recha (Pau y su hermano, Las manos vacías), esta miniatura, un ramalazo de intimidad hacia la paternidad, sirve a la vez de nuevo mojón zen en su camino pero también de pequeña área de servicio donde relajarse y pararse a mirar el paisaje. El real, mediterráneo pero no exento de rocas abruptas, y el familiar, los hijos que te dan la vida y te la quitan de un mismo garrotazo. Para esta jornada de vuelo de cometa al viento, imagen que enlaza la obsesión aviadora de Miyazaki con el territorio poético de Kiarostami, el cineasta se apoya en su hijo Roc, apenas un crío aún pero ya un actor (voluntaria o involuntariamente) descomunal, y en Sergi López, en otro trabajo cassolà (el mejor de los recientes) con el que lleva la naturalidad a otro nivel, hasta casi inventar un nuevo concepto, magistral.

Es prodigioso cómo en el punto medio de esta fusión de la tradición de las películas de padres e hijos y de adultos con niños, entre las sonrisas de un día feliz, surgen algunas sombras como pequeños personajes de los cuentos que los propios protagonistas relatan. Todo ello sin echar mano de metáforas ruidosas o evidentes, sin forzar el ritmo ni el sentimiento; abocándonos a un final en el que, como en un relato de Salinger, los gigantes, los espantapájaros y los ojos de la cometa van por la misma senda de destilación de lo real que marca la carrera de Recha.

Autorretrato íntimo, mediterráneo y salingeriano de la paternidad.

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ESTRENO: 23 de Octubre de 2015

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