CRÍTICA

The Gentlemen: Los señores de la mafia

7

Por
25 de febrero de 2020

EL RETRUÉCANO, esa figura retórica que tan bien le sienta al cine de Guy Ritchie. Darle vueltas a las situaciones y los significados de su cine, contados del derecho y del revés con intención recreativa y a la vez sustantiva. Cuando dices “Guy Ritchie” lo primero que se te viene a la cabeza es su prosa, su narrativa sincopada, esa forma de contar que es forma y fondo a la vez. Ese “donde dije digo, digo Diego” que se infiltra en sus películas, las descabeza, las descompone, las aliña y las hermana las unas con las otras. Desde Lock & Stock, claro, a Snatch y RocknRolla pasando por los Sherlock Holmes y yendo a desembocar en estos Gentlemen que se dirían esquejes y rebrotes de todas ellas. La sorpresa, el giro, el mamporro… y sobre todo el sarcasmo permanente, el humor negrísimo, la mirada ultraescéptica sobre el ser humano: no existimos si no troleamos, traicionamos y nos ciscamos en todo y todo el rato.

Puede llegar a agotar la fórmula Ritchie. De hecho, agota. Llegas a pensar que su fórmula es formulismo, que podrías remontarlas todas con todas, pero no. Siempre logras rescatar las esencias auténticas, aislarlas del ruido, del pesticida fotocopiado. En este sentido, hay en The Gentlemen un interesante discurso sobre algo tan antiguo como lo viejo y lo nuevo, la dialéctica entre la extinción y el renacimiento, el relevo generacional como último deseo de supervivencia. El ser y el querer ser. Y todo aplicado a un mundo tan fétido como es la mafia, la ausencia de escrúpulos, la muerte de la humanidad.

Ritchie viene planteando desde hace años la sangrante paradoja de mezclar la inteligencia con la podredumbre, contándonos que los delincuentes son como los prestidigitadores, los juegos de manos son su modus vivendi, su salvavidas. Existe aquella terrible tentación, tan golosa, de idealizar a los hampones. Pero tranquilos, no pueden ser más antipáticos, menos empáticos, resultan carismáticos pero también cazurros, simplones, chorras. Este es el juego de Ritchie, darle vueltas al retruécano, contarnos lo mismo una y otra vez. Meter a Hugh Grant en un loop de sinsentidos, un bucle de victorias y derrotas encadenadas, de autodestrucción y renacimiento. Algo así como un Cirque du Soleil eterno en sus piruetas, birlibirloques y absurdeces concatenadas. Hombres de goma, almas de chuche.

Asoma esta vez el aliento shakesperiano de El mercader de Venecia, esa libra de carne que debe cobrarse pero sin desperdiciar ni un solo gramo. La medida exacta, ni más ni menos. Ritchie tiene la medida exacta de su mejunje, medida algo larga, dos horas dan para recrearse en exceso, para seis, siete u ocho giros de más, trampillas que se abren y se cierran, portazos y charletas crispadas de acento cockney. El despiporre podría no tener freno, no tener fin. A Ritchie el final de sus películas le interesa lo justo, es el renglón último, el retruécano obligado, la conclusión necesaria y obligadamente sorprendente. Te lo pasas en grande pero piensas “¿Y si se le ocurrieran otras cosas?”. Sin Tarantino no sé si Ritchie existiría tal como lo conocemos. Bueno, pues el modelo ha roto moldes. Y si…

El relato de siempre en Ritchie, aderezado para que sepa a nuevo.

SINOPSIS:

Mickey Pearson (Matthew McConaughey) es un hombre de negocios, que triunfa en Londres gracias al tráfico de drogas. Después de años en el mercado, quiere vender su imperio valorado en miles de millones, pero ningún cliente se lo pondrá fácil, desde las organizaciones chinas a la mafia rusa.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO: ,

DIRECTOR:

REPARTO: , ,

GUIÓN: , ,

PAIS: Estados Unidos

DURACIÓN: 113 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Vértice 360

ESTRENO: 28 de Febrero de 2020

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