CRÍTICA

Super 8

10

Por
19 de agosto de 2011

No saben la que han liado. Steven Spielberg y J. J. Abrams han creado un monstruo. Un Frankenstein de cine con la mirada y los ojos del director de E. T., y los movimientos y la apuesta de futuro del creador de Lost. Una obra maestra de ingeniería cinéfila popular, un híbrido perfecto con tantas articulaciones como sensaciones múltiples abre ese cine que deja huella en la adolescencia y que seguimos recordando de por vida. Clásico instantáneo, Super 8 sintetiza lo mejor de la obra de Spielberg, con su pérdida, su pandilla, sus alienígenas y su ciencia-ficción familiar, y lo coloca de nuevo por delante, un paso más allá de lo que recordábamos. O de lo que ya ni siquiera recordábamos pero siempre estuvo ahí.

Se hace querer. Pero el gran secreto de esta película brillante, cautivadora, es que, pasmémonos, es más de lo mismo. Un ‘más de lo mismo’ que creíamos olvidado. Para empezar, porque Super 8 es una película llena de trucos. En el sentido creativo, hitchcockiano, del término. Los tiene todos, y todos son buenos. Por tener, tiene hasta un macguffin que se entrega en metálico y sin compromiso. Sabemos qué territorio pisamos desde el comienzo, magistral, en un funeral por la madre del protagonista que vuelve a plantear el tema de la ausencia y de la figura paterna (un must spielbergiano de tomo y lomo) y reubica al espectador al nivel de la mirada (y el humor) del adolescente, del que no comprende y busca respuestas, que es a lo que vamos los espectadores, aun sin saberlo, por pura intuición, al cine.

La carga pandillera del filme se consolida con esa cuadrilla de amigos dispuestos a todo para grabar su proyecto de peli con una cámara de Super 8. Benditos chavales. Quisiéramos ser uno de ellos. No es sólo que en cada escena uno se pregunte cómo es posible, de dónde salen esos actores juveniles prodigiosos; es que, además, el shock llega con la chica de la película. Elle Fanning es un descubrimiento cinematográfico como no ha habido otro en años. Así de alto el listón de spielbergmanía sentimental, la dirección de J. J. Abrams empieza a hacerse visible desde el espectacular descarrilamiento del tren para seguir manteniendo una calculadísima dualidad que empapa todo el filme. Spielberg y él mismo, para empezar. Y además: el mundo de los niños frente al de los adultos, el de la realidad ante el que muestra el Super 8, el cine de personajes versus el cine-espectáculo, el mundo familiar y el de la ciencia-ficción, la obra cinematográfica pura que los chicos pretenden y la película que nos llega en la sala… Abrams pone ese valor añadido (production value le llaman en la película a grito pelado) que hace crecer el patrón del cine de adolescentes que nos llegó en los 80. Para empezar, porque se autoerige en precuela de aquello que descubrimos en Los Goonies o en E.T., relacionando la crisis económica de los 70 con la actual, trazando una línea de ayer a hoy que sintetiza pasado, presente y nos convoca en el futuro, donde espera J.J. y sus islas Kinder con sorpresas sin fin.

Con el amor al cine llega otro truco, casi un guiño que podría parecer forzado (ya saben, eso de ‘un homenaje al cine’), y sin embargo hace elevarse a la pandilla por encima de lo anecdótico del mero compañerismo à la Stand by me. Cómo el Super 8, un sistema compuesto por sueños de familias felices y souvenirs en colorines, que deriva por amor al arte en testigo del horror y del cine de ciencia ficción, coronándose. Hete aquí otro paso más en esta búsqueda genial para elevar la recurrente historia del chaval que se convierte en héroe porque llegan los extraterrestres a la categoría de filme de culto. Y no sólo porque el mismísimo J. J. Abrams lograse en su adolescencia una llamada del despacho de Kathleen Kennedy, eterna productora de Spielberg, de la misma manera que estos críos alcanzan el éxito de los créditos finales (una apoteosis) con su película. Es que en esa mini cult movie (The Case, se llama ese cine dentro del cine que no tiene nada que envidiar a su continente), entre zombies, detectives, amor y sirope de fresa como sangre, se encierra el enigma del sumo encanto de la nueva vieja película de Spielberg y Abrams: mucho más allá de lo metacinematográfico, que lo tiene, esta es una película sobre la necesidad de atreverse a mirar al monstruo en pantalla para poder olvidar los de nuestra mente. Este alien (ojos grandes, siempre ojos grandes) que es más pieza del territorio Cloverfield que cita de Encuentros en la tercera fase se lleva el macguffin consigo como un quitapenas. Igual que nos pasa con las películas. Sí, seguirán ocurriendo cosas malas en el mundo, pero gracias al cine (entre otras tres o cuatro cosas que nos quedan en esta vida para llevarse la tristeza) se puede seguir resistiendo. Sobrevivimos en la oscuridad con una película. Nuestra caaaaasa. 

CARLOS MARAÑÓN

SINOPSIS:

Una familia se topa sin querer con un convoy secreto del ejército que transporta a un extraterrestre.

Super 8

Ciencia-ficción / EE UU / 2011 / Director: J. J. Abrams Actores: Kyle Chandler, Elle Fanning, Ron Eldard, Noah Emmerich, Joel Courtney Guión: J. J. Abrams Producción: J. J. Abrams, Steven Spielberg

ESTRENO: 19 de Agosto de 2011

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