CRÍTICA

Skyfall

8

Por
31 de octubre de 2012

La clave estaba oculta en el sketch que la reina Isabel II se prestó a protagonizar junto a su agente secreto favorito en la inauguración de los JJ OO de Londres. En tiempos de crisis, Su Graciosa Majestad tenía que dar la cara. Nos pareció una broma, pero no nos habíamos dado cuenta, como algunos gobernantes con brotes verdes, de que 007, que cumple 50 años desfaciendo entuertos, volvía a estar en serios apuros. Y aquella era un prueba de que esta crisis va en serio.

Los problemas de identidad de James Bond parecieron resolverse hace unos años, cuando Daniel Craig se prestó a aportar al personaje ese tono de gravedad ensombrecido por el peso del destino e inédito en la saga (sólo George Lazenby y Timothy Dalton, dos agentes rechazados por el gran público y rescatados por la cinefilia, lo apuntaron). Craso error. Con el tiempo y las películas, esa estampa ha terminado por revelarse definitivamente como una somatización de la inmensa dificultad de seguir buscando justificación para su trabajo en pleno siglo XXI. Si Casino Royale nos descubrió íntimamente al asesino (con causa y remordimientos, eso sí) que hay en Bond, Quantum of Solace desparramó el concepto hasta desvirtuarlo casi por completo intentando evolucionarlo hacia ninguna parte (o más bien hacia todas partes).

Quedaba pues una apuesta por la involución que comenzó este verano en el palacio de Buckingham y que continúa con la inteligente apuesta de Sam Mendes en Skyfall, el auténtico Rosebud del personaje de Ian Fleming. El retorno a los orígenes de James Bond no es sólo un regreso físico, con referencias inéditas a su infancia, con raspazos dolorosos al Aston Martin y bromitas hacia la tecnología, sino también una necesaria reivindicación de aquella época en la que todo alrededor de Bond funcionaba con naturalidad. Como en los viejos tiempos, ese sería el mantra que repite el personaje para encontrarse a sí mismo en esta nueva crisis de identidad, que coincide con una especie de ERE en el MI6.

La nueva debilidad de Bond, además de tener que justificar los gastos porque se acabó el derroche en el servicio secreto británico, es la ausencia de aquella frivolidad que le caracterizaba: la necesidad continua de justificación, de búsqueda de enemigos a su altura termina pasándole factura. Sólo el pasado puede mantenerle a salvo del desguace. Y aquí el filme ataca con todo lo que tiene a mano (excepto quizá el desfile innecesario y el destape de chicas Bond, aquí más bien controlado) para que el clasicismo envuelva al personaje, tras un inicio en la línea más convencional de la saga, que sorprendente y subterráneamente acabará derivando en la aventura más oscura (y más británica, de Londres a una Escocia prereferéndum, no vaya a ser que le quede poco al actual Reino Unido) de un James Bond marcado sin duda por los Batman de Nolan y con vocación de precuela en alguna de sus subtramas.

Empeñados en devolver al origen a 007, Mendes y sus guionistas cambian el trineo de Kane por una escopeta de caza de la familia. Pero no se acaba aquí el influjo de Orson Welles: hay cloacas, ratas e incluso un tercer hombre que también viene del pasado, como casi todo lo bueno que aporta la nueva vuelta de tuerca de la franquicia. A falta de otra cantera de enemigos, es un ex agente el que pone patas arriba el sistema y compite con Bond por impactar a la figura de M (Judi Dench), un personaje capital en el filme, una figura materna para los dos rivales, cuyas carencias afectivas quedan expuestas ante un síndrome edípico de campeonato.

Capítulo Bardem: villano de pelucón oxigenado y tentetieso, el actor español necesita moderar una aparición demasiado afectada. A medida que pasa el metraje y sobre todo desde que muestra su verdadero rostro, Bardem se va conteniendo. Así, la desmesura inicial en su ambigüedad, casi cómica, acaba ajustándose poco a poco, hasta acabar ofreciendo un trabajo terroríficamente humano, más incluso que el propio agente doble cero de Daniel Craig.

Los viejos tiempos acuden al rescate de Bond también desde el guión, que acaba proponiendo para el filme un desenlace de western, con encierro a lo Río Bravo, y hasta un abuelete guasón con rifle como Albert Finney de aliado. Sólo faltan Ricky Nelson y Dean Martin cantando My rifle, my pony and me. Sin trucos finales ni colorantes ni aditivos, la oscuridad invade la estancia como si de una escena de purificación y purga de pecados se tratase y Bond (y alguno más) se hubiera ganado el derecho a un nuevo comienzo.

Solitario, envejecido, con menos chicas a las que arrimarse, cansado de buscar enemigos en las cloacas, peleado con la tecnología (y hasta con Q), con un servicio secreto en crisis y el Aston Martin en el taller, el James Bond de Daniel Craig, pese a sus dudas interiores, no puede prejubilarse aún: alguien tiene que apretar el gatillo. Y Sam Mendes le ha dejado unas cuantas balas en la recámara.

SINOPSIS:

El MI6 está bajo amenaza y el pasado de M saliendo a relucir sólo complica las cosas para la nueva misión del agente secreto James Bond.

Skyfall

Thriller / EE UU / 2012 / Dir: Sam Mendes / Reparto: Daniel Craig, Helen McCrory, Javier Bardem, Ralph Fiennes, Judi Dench, Naomie Harris, Ben Whishaw, Bérénice Marlohe, Albert Finney / Guión: John Logan, Neal Purvis, Robert Wade

ESTRENO: 31 de Octubre de 2012

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