CRÍTICA

Retrato de una mujer en llamas

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14 de octubre de 2019

Cuatro minutos mirándose a los ojos. Cuatro minutos son suficientes. Cuatro minutos de mirada sostenida entre dos personas es la vía más directa para enamorarse, según el famoso estudio del psicólogo estadounidense Arthur Aron. Mirar a alguien con detenimiento crea un nivel de intimidad excepcional que, junto a la vulnerabilidad de saberte observado, acaba estallando en anhelo, miedo, atronadores latidos del corazón. La mirada canaliza el deseo y la entrega; conocer los rasgos, gestos y reflejos de la otra persona ya implica en gran medida un acceso íntimo a su alma. Por eso son tan poderosos los primeros planos en el cine –rostros hermosos en una pantalla gigante a oscuras, cómo no vas a enamorarte– y los pintores inmortalizaban en escenas alegóricas las facciones de sus amantes.

Así nace el amor en Retrato de una mujer en llamas, donde líneas ya apuntadas en la pulcra filmografía de Céline Sciamma –la sensualidad de Naissance des pieuvres, la afirmación de la identidad de Tomboy, la comunidad femenina de Girlhood– confluyen en un romance ambientado en una isla de Bretaña durante el siglo XVIII. Allí se enamoran la pintora Marianne (Noémie Merlant) y Héloïse (Adèle Haenel), la muchacha que ha acudido a retratar con la finalidad de que el lienzo sirva para que un pretendiente extranjero vea su rostro por primera vez. Contra los deseos de su madre, la joven evita el enlace, con lo que la pintora debe ejercer tal misión en secreto: fingiendo ser una dama de compañía, de día estudia con detalle el rostro y los gestos de Héloïse y los dibuja de memoria por la noche.

La historia, firmada por Sciamma también al guion, ya es de por sí atrayente, pero lo que conquista es la narración visual que despliega la francesa alcanzando grados de implicación y empatía pocas veces vistos al tratar el vértigo palpitante que se siente cuando algo abrasa para siempre la manera en la que ves a una persona. Lo cuenta con la puesta en escena, elipsis amplificadas por cortes de plano feroces y dos actrices en estado de gracia, de ojos abiertos y labios entornados. “¿Creen todos los amantes que están inventando algo?”, se preguntan ellas. La misma sensación de asistir a un acto único y exclusivo, a pesar de estar al alcance de todos, se tiene ante cada imagen del filme; Sciamma es una directora sencilla y generosa, la clase más complicada que hay.

Existen más focos de luz adicional en el relato, como la reivindicación a través del personaje de Marianne de todas las artistas mujeres cuya obra ha sido silenciada o saboteada por siglos de historiografía machista, o una atención al acto de dibujar que no se veía desde La bella mentirosa. Entre apuntes a carboncillo, bordados florales, aquelarres e incluso fantasmas, la última pincelada del filme está llamada a perdurar en la memoria. Como ocurre tras la marcha de esos amores formativos que dejan huella secreta e imborrable, nada es lo mismo después; ni Vivaldi sonará igual tras ese primer plano –la mirada de una mujer enamorada, la propia directora– capaz de sostener el tiempo mucho más de cuatro minutos.

Exquisita historia de amor contada con el mismo temblor con el que se desliza el pincel sobre un lienzo o se mira a los ojos a la persona amada.

SINOPSIS:

Francia, 1770. Marianne es una pintora que recibe un encargo que consiste en realizar el retrato de bodas de Héloïse, una joven que acaba de dejar el convento y que tiene serias dudas respecto a su próximo matrimonio. Ella se niega a ser retratada, por lo que la artista debe trabajar en secreto. Para ello, deberá hacerse pasar por dama de compañía y observar todos sus pasos a diario. Pronto, la unión entre ambas cada vez se hará más cercana.

Retrato de una mujer en llamas

FICHA TÉCNICA

GÉNERO: ,

DIRECTOR:

REPARTO:

GUIÓN:

PAIS: Estados Unidos

DURACIÓN: 94 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Karma Films

ESTRENO: 18 de Octubre de 2019