CRÍTICA

Puro vicio

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Por
09 de marzo de 2015

Vamos con los trabalenguas. Irreprochable como adaptación de una obra literaria inadaptable al cine, a Puro vicio (o más bien a Vicio propio, la novela de la que parte) sus propios límites la hacen irresistible en pantalla: esa misma inadaptabilidad la convierte en sabrosísimo bocado para espectadores inasequibles al desaliento literario en pantalla. Ahí está el vicio propio: esos problemas inherentes a la carga de un buque, triquiñuela legal del derecho mercantil, sirve de halcón maltés (o macguffin si se prefiere) a la historia. Cómo eso se traslada a la esencia de una obra viciada de origen y acaba rompiendo moldes en pantalla es puro genio.

Que quede claro: esto no es literatura llevada al cine tal y como la hemos (mal)entendido durante décadas de retablos cinematográficos. Purificado Thomas Pynchon, vicioso Paul Thomas Anderson, esto se parece más a los efectos de un chute, ya sea adrenalínico, naturista, químico o psicotrópico que a una novela. Está más cerca de una pastilla, sea del doctor Andreu o de Matrix, que de un libro. Y qué libro. A Pynchon le importa un bledo la trama. Y PTA recompone las piezas con arrojo. Cuarto y mitad de novela negra clásica, léase Chandler, Hammett y el pulp menos pulido on the rocks y dos dedos de su proyección líquida al cine, con la corrupción de aguas sucias y politicastros de Chinatown y Un largo adiós en cabeza. Femme fatale, también, faltaría más, revestida de modelitos vaporosos de psicodelia pop. Son los 70 de Nixon, y no entre requiebros narrativos, chistes que parecen bobos y no lo son, juegos hipnóticos y laberintos del amor libre, sobresale una única verdad en sandalias: el retrato de una desilusión, la del tiempo en que América, como le gusta llamarse a EE UU, perdió la inocencia. Ésa, y no otra, fue la auténtica puerta a la modernidad creativa, lo que mueve a Pynchon, lo que ceba realmente el talento descomunal de Anderson, que reclama para sí el cetro de retratista de lo obsceno en el país más poderoso del mundo, en la cultura más abiertamente agresiva, que ha invadido el resto del mundo sin aparente esfuerzo.

Política, dinero y sexo, todo es poder en esta pseudocomedia, radiografía cachonda de las bajas pasiones que en su extremo humorístico apunta a El gran Lebowski, y a veces nos deja con ganas de más Nota, pero que oscila como un péndulo hasta la negación del sueño americano, el de Kennedy, y los que ganaron la guerra pero también el de la democracia capitalista. P. T. Anderson quizá no ha hecho su película más redonda, pero sí ha conseguido que esta obra cinematográfica no se parezca a nada. Y para ello, además de apoyarse en una banda sonora incontestable, de rastrear el patio de atrás de la Costa Oeste soñada por Don Draper, de llegar al clímax en una escena de sexo más potente que la carga de la brigada ligera y de bailar entre la parodia y el homenaje, entre lo cultista y lo descreído del noir; cuenta con el mejor hombre para el trabajo. Joaquin Phoenix se sale, deja las tópicas interpretaciones alucinógenas de Johnny Depp a la altura de malos sueños, y vuelve a seducirnos con una borrachera de destreza, de ingenio, de desparpajo aplicado a un texto. Su libreta de investigador privado nos marca el camino. Sólo sus porros alivian la caída del imperio norteamericano.

El tándem Anderson-Phoenix eleva el concepto ‘porreta’ a la categoría de Arte.

SINOPSIS:

Corrían los años sesenta cuando, Doc Sportello un detective privado algo excéntrico de Los Ángeles y después de mucho tiempo sin verse a su ex novia, Shasta, le pide ayuda debido a la desaparición de su amante, un magnate inmobiliario que pretendía devolverle a la sociedad todo lo que había expoliado. Sportello se ve enredado así en una una trama propia del cine negro. Adaptación de la novela homónima de Thomas Pynchon publicada en 2009.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO:

DIRECTOR:

REPARTO:

GUIÓN:

PAIS:

DURACIÓN: 148

EDAD RECOMENDADA: PC

DISTRIBUIDORA: WARNER BROS

ESTRENO: 13 de Marzo de 2015

ETIQUETAS:

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