CRÍTICA

Midnight in Paris

10

Por
13 de mayo de 2011

Woody Allen se cree un tipo corriente. Seducido por el talento de los Bergman, Welles, Buñuel, Fellini y compañía, a los que guiña un ojo con sus películas, Allen ha viajado siempre por el mundo con un elegante complejo de inferioridad hacia sus maestros, quizá porque a él lo que le pone es tocar el clarinete por las noches o tal vez porque siempre le gustó ver el baloncesto por la tele con la gorra de los Knicks (que, por cierto, llevan sin ganar nada desde hace casi 40 años). Sea por eso, o porque nunca acabó de creerse a sí mismo en su papel de artista, lo cierto es que hace ya tiempo que se convirtió en un icono muy a pesar suyo y de sus gafas de pasta, e incluso también de los 15 años largos que lleva sin ofrecernos una obra maestra. Que paren las máquinas: si acordamos que lo mejor de Match Point estaba ya en Delitos y faltas, entonces Midnight in Paris es su mejor película desde Desmontando a Harry y Misterioso asesinato en Manhattan. Aquel Woody Allen, sí, aquél, ha vuelto. Con sus cosas, claro; con la aparente superficialidad y ligereza de sus últimas comedias, apresurado, sin el sentido de la pausa; sin rubor para ir al grano arriesgando la verosimilitud, y sin él mismo en pantalla, pero con una carga de profundidad sobre cuestiones trascendentales. Esta fábula sobre París, el arte y la vida, su vida, nuestras vidas, merece mucho la pena. Si en su camino en pos de financiación desde Manhattan hasta París, con hijuelas en Londres y Barcelona, Allen ha hecho de la necesidad virtud; esta vez, como tantas otras, ha hecho de la desesperación vital una obra de arte.

Todo, sin pretensiones, a partir de una mera ocurrencia genial: el automóvil que transporta al pasado al protagonista, el eterno escritor-guionista de su filmografía, su enésimo álter ego, no es sino la pantalla de cine de La rosa púrpura de El Cairo, el altavoz de Días de radio, los polvos mágicos de Alice, la magia de El escorpión de Jade, la noche de Sombras y niebla o las historias de detectives de Diane Keaton en Misterioso asesinato en Manhattan. Es la enésima huida de esta mierda de vida, una existencia jodida que termina siempre en fundido en negro, y en la que Allen nos recuerda que el Arte es la única salida. Ver (y hacer) películas es su propuesta personal para sobrevivir.

Lo mejor no es sólo que, semejante reflexión sobre la creación artística, carne de ensayo sesudo (Allen la pone en boca de Gertrude Stein) esté sin embargo contada a través de un perfecto guión de comedia de enredo, doble vida y nocturnidad; sino que, como los grandes genios, Allen es capaz de dar un paso más allá en su ya habitual receta contra la angustia judeocristiana. Esta vez, tampoco la ensoñación, ni la búsqueda de tiempos mejores, ni siquiera un viaje en el tiempo a nuestra época favorita de fiesta con nuestros ídolos nos va a salvar. No importa que estemos en el Montmartre de los locos años 20, la Florencia del Renacimiento o la Grecia clásica, no hay escapatoria de nosotros mismos. Por eso por vez primera nos anima a ser valientes, y su propuesta trasciende la pantalla para hacernos caer como niños en la fábula (tan absurda como irresistible) protagonizada por un Owen Wilson que aporta su toque personal al nuevo ‘otro yo’ de Allen sin intentar absorber los tics del modelo y encabeza un reparto que, esta vez, a diferencia de sus anteriores filmes, no muestra ni un solo error de cásting y sí una sobredosis de frescura por parte de sus tres actrices francesas.[continúa]

Llevados en palmitas por Wilson y sus cuitas, e hipnotizados por Cotillard, Seydoux y hasta la primera dama Bruni, el humor asesta el golpe definitivo: la tertulia con Dalí y los vanguardistas (“vosotros sois surrealistas, yo sólo un tipo normal”) y el consejo a Luis Buñuel para que haga El ángel exterminador (entre varios encuentros geniales) son dos de los gags candidatos instantáneos a la inmortalidad y los libros de las mejores escenas del cine de Woody Allen. Y todo ello sin olvidar la parodia al Tea Party y el compromiso desenfadado con Europa, su Europa, el único lugar donde todavía entendemos las neuras de este señor bajito, narizón y que tiene el talento, tan corriente para él, de hacernos salir del cine planteándonos si alquilar una buhardilla a orillas del Sena sería la solución a nuestros problemas.

Puede que sólo pase a la historia como el homenaje de Woody Allen a París, pero lo que empieza como una colección de postales, termina a medianoche como una declaración de amor a la vida, a pasear bajo la lluvia y a la posibilidad de que sigamos pensando que podemos cambiar el rumbo de nuestras vidas gracias a películas como la suya.

CARLOS MARAÑÓN

SINOPSIS:

Gil viaja a París con su futura mujer, Inez y sus suegros, durante unas misteriosas salidas nocturnas se enamorará de la ciudad.

Midnight in Paris

Comedia romántica / España - EE UU / 2011 / Director: Woody Allen Reparto: Owen Wilson, Rachel McAdams, Marion Cotillard, Michael Sheen, Carla Bruni Guión: Woody Allen

ESTRENO: 13 de Mayo de 2011

ETIQUETAS:

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