CRÍTICA

Las ovejas no pierden el tren

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26 de enero de 2015

Igual que la ancianita violeta que pregonaba “chistes de amor” a la salida de los cines de Fuencarral durante aquellos melancólicos años, la co(dra)media romántico-urbanita española de los 90 ya va cogiendo aroma (o recuerdo, que es lo mismo) peligrosamente alcanforado. Fuera cual fuese el bando al que se pertenecía: los lazaristas (Amo tu cama rica, Los peores años de nuestra vida) o los armerianos (Todo es mentira, Nada en la nevera). Los lustros pasaron y, mientras Martínez supo reciclarse entre karaoke y marmitako, Fernández se quedó en tierra de nadie y con cara de puntos suspensivos. Ahora puede disputar el partido de vuelta, aunque, arriesgadamente, haya elegido similar planteamiento táctico (incluso con guiño musical de Coque Malla) en una época en la que el género se ha renovado radicalmente con joyas como Stockholm o 10.000 KM. Pero, en el fondo, lo que cuenta Las ovejas no pierden el tren es aplastantemente atemporal: crisis paralelas de identidad, sequías existenciales y creativas, qué hacemos con las parejas, con los hijos, con los padres… Bocados de realidad en un plato combinado generacional recalentado al microondas, a pesar del calor humano que desprenden sus espléndidos actores. Porque, como descubre el periodista deportivo inevitablemente peterpanesco de la historia, teñirse las canas simbólicamente no siempre funciona, aunque disimule.

Igual que la ancianita violeta que pregonaba “chistes de amor” a la salida de los cines de Fuencarral durante aquellos melancólicos años, la co(dra)media romántico-urbanita española de los 90 ya va cogiendo aroma (o recuerdo, que es lo mismo) peligrosamente alcanforado. Fuera cual fuese el bando al que se pertenecía: los lazaristas (Amo tu cama rica, Los peores años de nuestra vida) o los armerianos (Todo es mentira, Nada en la nevera). Los lustros pasaron y, mientras Martínez supo reciclarse entre karaoke y marmitako, Fernández se quedó en tierra de nadie y con cara de puntos suspensivos. Ahora puede disputar el partido de vuelta, aunque, arriesgadamente, haya elegido similar planteamiento táctico (incluso con guiño musical de Coque Malla) en una época en la que el género se ha renovado radicalmente con joyas como Stockholm o 10.000 KM.

Pero, en el fondo, lo que cuenta Las ovejas no pierden el tren es aplastantemente atemporal: crisis paralelas de identidad, sequías existenciales y creativas, qué hacemos con las parejas, con los hijos, con los padres… Bocados de realidad en un plato combinado generacional recalentado al microondas, a pesar del calor humano que desprenden sus espléndidos actores. Porque, como descubre el periodista deportivo inevitablemente peterpanesco de la historia, teñirse las canas simbólicamente no siempre funciona, aunque disimule.

Irregular apología rural y noventera de un experto en lo segundo.

SINOPSIS:

Luisa (Inma Cuesta) y Alberto (Raúl Arévalo) se han visto abocados a irse a vivir al campo, pero la idílica vida rural enseguida empezará a mostrar su cara menos amable. A pesar de que la pareja no atraviesa por sus mejores momentos, Luisa está obsesionada con tener un segundo hijo, aunque el precio sea el sexo más apático imaginable. Quien ni se plantea pisar el campo es Juan (Alberto San Juan), el hermano de Alberto, quien con 45 años y periodista en horas bajas, sale con Natalia (Irene Escolar), una joven entusiasta de 25 años en la que ve una tabla de salvación, aunque no haya previsto las locuras propias de su edad. Por su parte la hermana de Luisa, Sara (Candela Peña), está acostumbrada a canalizar su ansiedad a través de los hombres, con quienes no acaba de encajar, hasta que aparece Paco (Jorge Bosch), un periodista deportivo que parece incluso dispuesto a llevarla al altar. O eso cree ella...

FICHA TÉCNICA

GÉNERO:

DIRECTOR:

REPARTO: , , ,

GUIÓN:

PAIS: España

DURACIÓN: 0

EDAD RECOMENDADA: na

DISTRIBUIDORA: Eone

ESTRENO: 30 de Enero de 2015

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