CRÍTICA

La muerte de Stalin

8

Por
21 de enero de 2018

Arribistas. Aduladores. Carniceros. Traidores vocacionales. Mentirosos patológicos. Y, por supuesto, esos idiotas ante los cuales uno se pregunta, no ya cómo llegaron a la cumbre, sino cómo se las apañaron para respirar después del azote postparto. Si esa es la fauna que suele darse cita en cualquier organización jerárquica, ¿cómo sería la corte de uno de los mayores déspotas de la historia de la humanidad? En La muerte de Stalin, Armando Iannucci se atreve con esa pregunta. Y como el autor de The Thick of It, Veep e In the Loop no es historiador, sino el mejor satirista político del cine y la TV, su respuesta es que aquello fue un zoo de macacos, tarántulas y víboras cornudas del cual podemos reírnos y espantarnos a la vez mientras damos gracias de que sus miembros estén ya todos bajo tierra. Algunos por cosas de la edad inevitable, y otros (muchos) porque sus propios colegas les enviaron allí en una hora tonta.

La historia del fallecimiento del ‘Padrecito’ anda pletórica de gags en potencia: el ictus que le dejó postrado se volvió irreversible porque nadie se atrevía a entrar en su despacho para comprobar si estaba bien, mientras que el tratamiento del percance resultó dificilillo tras el ‘complot de los médicos’ de 1953, cuando él mismo había mandado matar a muchos galenos en un arranque de suspicacia antisemita. Iannucci cuenta, además, con ese politburó en el que prosperaron por igual los sociópatas (Simon Russell Beale), las ratas con una neurona de menos (Jeffrey Tambor) y ases de la doblez que, como el Jruschov de Steve Buscemi, abordaron primero su supervivencia cotidiana como un trabajo de oficina y después aprovecharon lo retorcido que se les había quedado el colmillo para ajustar cuentas con sus rivales. Dado el percal, podemos esperar grandes efusiones del director en su mayor especialidad: el insulto ingenioso a la par que inhumanamente vejatorio. Cuando el mariscal Zhukov de Jason Isaacs suelta perlas dignas de Historias de la puta mili (“Yo me follé a Alemania. ¿Crees que me va a costar cargarme a un tío gordo?”) uno atestigua, no ya que está ante el vencedor de la ofensiva del Vístula, sino que él mismo ganó el encuentro mirando sin pestañear a los tanques nazis hasta que estos estallaron de humillación.

Como director, Iannucci cifra su arte en sacar grotescos a los personajes de su esperpento: véase el duelo a barrigazos de Buscemi y Russell Beale, que resume toda la cinta en su primer minuto. Asimismo, sus recursos en el guion son reconocibles (uno esperaría ver a Julia Louis-Dreyfus o Peter Capaldi asomando por el Kremlin) y sus secundarios se le quedan en buenas ideas, como ese kafkiano técnico de radio interpretado por Paddy Considine. Pero qué demonios: nosotros le infiltraríamos con gusto en la Moncloa (o en el número 13 de la calle Génova, que nos pilla cerca) a ver qué se le ocurría tras unas horas de observación. Por lo pronto podemos alabarle ese arte para remover estiércol totalitario que tanto ha indignado a Vladimir Putin y sus adláteres, con prohibición en Rusia incluida. Y en el 75 aniversario de Stalingrado, además: hace falta valor.

En Westminster, en Washington o en la Plaza Roja, nadie como Iannucci para hacer puré de político.

SINOPSIS:

Los últimos días de la muerte de Stalin y el caos creado en sus filas tras ella.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO: , ,

DIRECTOR:

REPARTO: , ,

GUIÓN: , ,

PAIS: Reino Unido, Francia

DURACIÓN: 106 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Avalon Distribución Audiovisual

ESTRENO: 09 de Marzo de 2018

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