CRÍTICA

La forma del agua

9

Por
04 de enero de 2018

Según Guillermo del Toro, La forma del agua fue concebida en las garras de una depresión de órdago. Una de esas crisis que sobrevienen por todas las razones posibles (personales, creativas, políticas…) y que lo atrapan a uno como los tentáculos de un monstruo marino. Pero, si el mexicano entiende de algo, es de monstruos, y eso se nota mucho aquí: una de las mayores virtudes de Del Toro es cómo sus películas, sobre todo las más ‘personales’, transcurren siempre con naturalidad y sin pretender que la angustia traicione su naturaleza de fábula. En este filme, eso se traduce en una historia emocional hasta el desgarro, que hubiera hecho felices (por separado, o revueltos) a James Whale y a Douglas Sirk, y que llega a la pantalla fluyendo… pues sí, como el agua.

Para probar esto, fijémonos en Sally Hawkins. ¿Han leído ya los elogios que la prensa ha volcado sobre ella? Pues hágannos caso: todos ellos, incluso los que puedan leer en esta crítica, se quedan cortos, en parte porque a la actriz le bastan unos minu- tos de guion para recordarnos que “mujer solitaria” no equivale a “mujer insatisfecha”, ni menos aún a “mujer triste”. Carnalidades aparte (qué fácil parece aquí rodar una masturbación sin culpa ni morbo), la heroína de La forma del agua nunca pide nuestra compasión. Ella tiene amigos, tiene sueños y, en definitiva, tiene una vida propia, que es más de lo que podrán decir muchos espectadores. Y, sin embargo, cuando el amor y el placer llaman a su puerta en forma de criatura fluorescente, ¡cuánto nos alegramos por ella! Y cuánto nos reímos al verla usar la mímica para describirle los detalles del asunto a su mejor amiga, en una confidencia sabrosísima de la cual también participamos nosotros. Como si la conociésemos, y la quisiéramos, de toda la vida.

Así pues, esta cinta es un relato de amour fou, humedad y huevos duros. Y con un número musical al estilo de Busby Berkeley, para colmo. Pero hablábamos de monstruos, ¿verdad? A ello vamos, y no nos referimos a Doug Jones (que se mueve con la elegancia de siempre), ni tampoco a Michael Shannon, por más que nos recuerde a un capitán Vidal (Sergi López en El laberinto del fauno) vestido como el James Cagney de Uno, dos, tres. El verdadero demonio que acecha en La forma del agua es eso de lo que tan poco hablamos hoy en día y que se llama zeitgeist: el espíritu de una época que presumió de paz, orden y pulcritud mientras se prodigaba en conductas aberrantes y acariciaba la posibilidad de la destrucción absoluta.

Dándole vueltas a la duplicidad, uno de sus temas de siempre, Del Toro plantea el contraste entre los estragos de un sistema homogeneizador (que, como puede atestiguar el personaje de Michael Stuhlbarg, no entiende de telones de acero) y la resistencia de aquellos individuos que, con escamas o sin ellas, se ven impelidos a formar alianza para poder ser felices a su manera. Y, más allá de paralelismos fáciles con la situación actual (que el director, por otra parte, se complace en explicar en cuanto le ponen un micro delante), estamos ante una película que seducirá para siempre a quienes se hayan sentido más a gusto en la oscuridad que bajo el sol. Y no solo a ellos.

Quizás no sea la mejor película de Del Toro, pero sí es una de las mejores películas que vamos a ver este año.

SINOPSIS:

Años 60, EE UU. Elisa vive en un apartamento oscuro encima de un cine antiguo y trabaja de limpiadora en un laboratorio del gobierno. Vive una vida rutinaria, pero su cabeza está siempre soñando. Un día en el laboratorio aparecerá una criatura anfibia con la que Elisa empezará a vivir sus sueños.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO: ,

DIRECTOR:

REPARTO: , , ,

GUIÓN: ,

PAIS: EE UU, Canadá

DURACIÓN: 123 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Fox

ESTRENO: 16 de Febrero de 2018

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