CRÍTICA

El blues de Beale Street

8

Por
01 de enero de 2019

“Los chicos decían que no valían una mierda, y la mayor parte de ellos se lo creían”: sobre un montaje de fotos de Harlem en los 70 (que bien podrían ser las de una ciudad sitiada, o las de una guerra civil), la voz de KiKi Layne enuncia esta idea. Y el director Barry Jenkins, que ha descrito la novela original como “[el escritor] James Baldwin escribiendo un capítulo piloto para Ley y orden”, nos invita durante dos horas a diseccionarla mediante la triple historia de una acusación (¿en falso?), de una crisis familiar (la combinación de embarazo postadolescente y cárcel, es lo que tiene) y, sobre todo, de un romance que diríase a prueba de bombas. Considerable reto para el tercer largo de un cineasta al cual las expectativas deberían pesarle como una losa. No solo porque la victoria de su Moonlight en 2017 diese lugar al tropiezo más sonado de la historia de los Oscar, sino también porque I Am Not Your Negro (el documental sobre la vida y los pensamientos de Baldwin) se llevó la estatuilla correspondiente ese mismo año: mucho prestigio junto en el historial de un filme cuya mayor virtud está, como ya ocurriera con el trabajo previo de su autor, en presentar situaciones inherentemente trágicas con gravedad, pero sin señalar con el dedo ni buscar el llanto fácil.

Pero poco importa eso. De la misma manera que Moonlight hubiese perdurado en la memoria del público (de parte de él, al menos) aunque Warren Beatty hubiese anunciado el nombre correcto, El blues de Beale Street cuenta con las virtudes suficientes como para deslizarse sobre la temporada de premios y sus pamplinas. Dejando aparte las interpretaciones estratosféricas (sí, Regina King está monumental), las influencias (Wong Kar-wai, para empezar) asimiladas hasta lo osmótico y las muestras de una personalidad que va camino de hacerse inconfundible (ese momento decisivo en el que un personaje se mira en la cámara va camino de ser un ‘plano Jenkins’ tanto como la imagen cenital de unas manos en movimiento es un ‘plano Bresson’), el director no miente cuando habla, por ejemplo, de los matices de intriga en la trama. Si bien la solución del misterio es lo menos importante, la película deja caer las suficientes pistas (algunas explícitas, otras evidentes en el guion y el montaje) como para hacernos sumar dos y dos. Por otra parte, y más importante aún, incluso alguien tan refractario a las historias de amor como quien suscribe se ha sorprendido a sí mismo contemplando a Tish (Layne) y a Fonny (Stephan James) como si fueran sus mejores amigos, rogándole mentalmente a Jenkins que no les hiciese sufrir tanto.
Semejante recurso a la empatía del espectador, capaz de hacer que Bertolt Brecht se revuelva en su tumba, tal vez minimice la eficacia de El blues de Beale Street como ‘cine social’, sea lo que sea eso. Pero haciendo hincapié en el amor (no solo romántico) y la solidaridad como herramientas para resistir a la injusticia, Jenkins abre aquí una puerta a la esperanza de la que Moonlight apenas mostraba una rendija: los esfuerzos del mundo para hacerte creer que eres una mierda pueden resultar inútiles si alguien a tu lado recuerda (y te recuerda) que eso no es verdad.

Crónica social, romance sin barreras y thriller sotto voce: Barry Jenkins no necesita Oscar para recordarnos lo grande que es.

SINOPSIS:

Tish es una joven de Harlem que se ve obligada a luchar contra reloj para probar la inocencia de su novio Fonny, del que lleva un hijo en su interior. Basada en la novela de James Baldwin, es una celebración del amor incondicional a través de la historia de una joven pareja, sus familias y sus vidas, tratando de llevar a cabo justicia sin más armas que el amor y la promesa del sueño americano.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO:

DIRECTOR:

REPARTO: , , , ,

GUIÓN:

PAIS: EE. UU.

DURACIÓN: 117 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: eOne

ESTRENO: 25 de Enero de 2019