CRÍTICA

Cuando fuimos brujas

8

Por
04 de noviembre de 2019

— ¿Dónde ha ido?
— Se convirtió en cenizas y marchó con el viento.
— ¿Y su alma?
— Su alma se ató al corazón de un pájaro.
— ¿Y la cuerda aguantará para siempre?
— Hasta que el corazón del pájaro se rompa.

Cuesta recordar diálogo más hermoso para evocar la pérdida de un ser querido que este con el que da comienzo Cuando fuimos brujas. Se trata de la adaptación de uno de los cuentos más crueles de los hermanos Grimm, tan áspera como el poema de T.S. Eliot que le sirve de prefacio y aun así una película endiabladamente fascinante. Nietzchka Keene la rodó en atemporal blanco y negro durante el verano de 1986 en Islandia, pero el filme no vio la luz hasta el Festival de Sundance de 1991 para después caer en el olvido; igual que el resto de la corta carrera de su autora, prematuramente fallecida. Una restauración en 4K la trae ahora de vuelta a los cines, rescatando no solo una historia de brujería sin ambages, sino también la primera actuación de una gorjeante Björk justo antes de convertirse en la artista musical más innovadora del cambio de milenio.

Mística, paganismo y el folclore nórdico se funden con las referencias cinematográficas a Dreyer Bergman en las imágenes que Keene capturó en una tierra volcánica fácilmente observable al margen del tiempo. Las protagonistas del relato son dos hermanas que, tras la ejecución de su madre condenada por bruja, buscan una nueva familia; la hermana mayor emplea un hechizo de amor sobre un campesino viudo y ambas se trasladan con él y su hijo, agresivamente reacio a tener una nueva madre. Sobre esa sencilla cuerda argumental van colgando pequeñas secuencias sueltas y calmadas, igual que los ingredientes de una pócima se dispersan a lo largo de la superficie del líquido oleaginoso. Mientras el enfrentamiento entre el niño y la madrastra se recrudece, Björk da saltos por el monte susurrando nanas. Y la energía telúrica que vibra bajo el suelo, algo que en Islandia se siente más cercano a la superficie que en ningún otro sitio del planeta, se apodera de la situación como la punzante partitura musical de Larry Lipkis.

Cuando fuimos brujas es un relato de brujería y emancipación femenina que pudo dejar de contarse y un acto de magia blanca ha rescatado del olvido con toda su potencia movilizadora. “Por cada hechicero, diez mil hechiceras”, cuenta Michelet que se decía en la Francia del siglo XVII. La película de Keene expone los conjuros de sus protagonistas como herramientas de supervivencia en un mundo donde no tienen más cabida que como acompañantes de quienes están socialmente capacitados para proveer sustento. Como almas atadas, aguantan; pero solo hasta que el corazón que las sujeta se rompa.

Hiperbalada medieval de emancipación femenina tan volcánica como la tierra islandesa o el aura mágico de Björk.

SINOPSIS:

La joven Margit y su hermana mayor Katla huyen a las montañas a finales de la Edad Media, tras el asesinato de su madre por brujería. Ambas encuentran refugio con el viudo Jóhann y su hijo pequeño Jónas. Mientras Katla intenta seducir al campesino, los pequeños se harán muy amigos. Sin embargo, el niño está convencido de que la mayor es una bruja y su odio hacia ella es cada vez mayor.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO: ,

DIRECTOR:

REPARTO:

GUIÓN:

PAIS: Islandia

DURACIÓN: 78 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Capricci Cine Distribución

ESTRENO: 08 de Noviembre de 2019