CRÍTICA

Corpus Christi

9

Por
12 de octubre de 2020

Hacerse sitio en la curia de falsos profetas cinematográficos es difícil, muy difícil. Los vendedores de crecepelo para el espíritu, impostores por la gracia de dios, constituyen una bicoca para el lucimiento de los actores que ha dejado interpretaciones imborrables. En un somero repaso de debilidades personales figuran el psicópata Robert Mitchum de La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), el timador renuente interpretado Pepe Isbert de Los jueves, milagro (Luis García Berlanga, 1957), el semiautista Peter Sellers en Bienvenido Mr Chance (Hal Ashby, 1979) o el casual aventurero y masón Sean Connery en El hombre que pudo reinar (1975). Y sí, desde este fin de semana, Bartosz Bielenia, el cura por accidente que protagoniza Corpus Christi.

Su interpretación está muy cerca de ser la mejor (al menos en el contexto europeo) del año. Su Daniel, un cruce entre el Renton de Trainspotting y el Nux de Mad Mad: Furia en la carretera, es una bestialidad. El calificativo no es gratuito, sino que expresa bien tanto los actos como la fisicidad de su personaje, dispuesto a sobrevivir a base de bendiciones, pero también de cabezazos. Bielenia es, desde ya, un nombre a no olvidar: su cómplice pasividad criminal inicial y su brutalidad final dan sentido a toda la película.

Es imposible apartar la mirada de él, en parte gracias a la brillantísima fotografía de Piotr Sobociński Jr. (hijo del colaborador habitual del maestro Kieslowski). Sin embargo, detrás de Bielenia, eclipsada por su derroche interpretativo, por su absorbente mirada, por sus profundísimos, enajenados y ultraterrenos ojos azules, hay una historia de alto voltaje. La historia de un pícaro (el que se hace pasar por el cura que no es), aderezada con gotas de thriller (¿cuándo se descubrirá la estafa del alzacuellos?) y ultraviolencia (¿qué salvajadas hará para evitarlo?).

Pero lo verdaderamente interesante de la película es la Humanidad con la que se retrata al impostor y la impostura. Daniel solo busca una salida al callejón sin salida de su existencia; sus feligreses, como los devotos de San Dimás de Berlanga o los kafiristaníes de Huston, solo desean que alguien alivie su desconsuelo. Se necesitan, se retroalimentan. Es una dinámica que, en buena medida, explica la existencia de la fe y de la religión.

Lo cual no significa que estemos ni mucho menos ante una película complaciente con el catolicismo. Komasa lanza muy sibilinamente una crítica de lo más ácida contra la influyente iglesia polaca. Esos mismo que predican el perdón urbi et orbi son incapaces de aplicarlo en su día a día. Por ponerlo en sus propias y bíblicas palabras, las vallas de su establo están cerradas a cal y canto para las ovejas descarriadas. El montaje paralelo final subraya que debemos perder toda esperanza en absoluciones, redenciones… o milagros. Perdonen la expresión, pero Komasa se despide diciéndonos que la vida sigue a hostias… y no precisamente consagradas.

El evangelio según Judas dice: “Perdérsela es pecado mortal”.

SINOPSIS:

Daniel vive una transformación espiritual mientras esta recluido en un centro de detención juvenil. Este desea ser sacerdote, pero sus antecedentes penales lo imposibilitan. Cuando llega a una pequeña ciudad para trabajar como carpintero, se viste de sacerdote y acaba encargándose de la parroquia local por accidente.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO:

DIRECTOR:

REPARTO: , , ,

GUIÓN:

PAIS: Polonia

DURACIÓN: 116 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Surtsey Films

ESTRENO: 16 de Octubre de 2020