CRÍTICA

Chappie

9

Por
09 de marzo de 2015

El sudafricano Neill Blomkamp tendría que haberse vuelto loco. Primero hizo una película de ciencia-ficción tan modesta como imaginativa, District 9 (2009), que antes de estrenarse, engordada por la viralidad, ya se había hecho gigante. A continuación, Elysium (2013), que era su entrada por la puerta grande de Hollywood y acabó siendo demasiado pequeña. Salir reforzado de una contrariedad espacial así está al alcance de pocos. Por eso, que haya dado forma a su historia más redonda, creado un  personaje que ha venido para quedarse y convertido en inconfundibles sus señas de identidad con Chappie, resulta un acto heróico. Podría liquidarse el asunto diciendo que es una actualización macarra de Cortocircuito (1986) o una perversión naíf de RoboCop (1989), pero Chappie, el robot y la película, tienen suficiente personalidad como para no etiquetarlos tan precipitadamente. Sobre todo cuando tras la fachada de un blockbuster rico en acción, explosiones y espectacularidad se detecta el mimo y la reflexión con la que se exponen temas fundamentales y complejos. Convertido en depositario de la primera consciencia artificial, esta máquina diseñada para hacerle el trabajo sucio a la policía, un antidisturbios que no cuestiona orden alguna, se convierte en un personaje en formación acuciado por las dudas y los mensajes contradictorios de los que le rodean. Un niño de metal, una versión con carrocería menos refinada del David de Inteligencia Artificial (2001), incapaz de procesar que las mentiras y las verdades tienen una superficie idéntica. Da igual que la educación que le ofrecen sea temerosa a cargo de Deon (Dev Patel) y temeraria por parte de los delincuentes que le “secuestran”; él la absorbe tan rápido como un hijo copia lo mejor y lo peor de sus padres sin discriminación alguna. Seguro del material con el que trabaja, Blomkamp es ambicioso y no se detiene ahí. Su pequeño salvaje evoluciona tan deprisa que asuntos como la trascendencia y la mortalidad no tardan en aparecer. También la existencia de un alma y la posibilidad de transferencia, en un final de esos que le dejan a uno rascándose la cabeza un buen rato, con una mezcla de incredulidad, desazón y satisfacción por encontrarse con un director que no subestima la inteligencia del espectador. Donde otros habrían buscado conclusiones obviamente humanas, él encuentra ternura en la lógica de un robot regido por un código binario pero infinitamente emotivo.

El sudafricano Neill Blomkamp tendría que haberse vuelto loco. Primero hizo una película de ciencia-ficción tan modesta como imaginativa, District 9 (2009), que antes de estrenarse, engordada por la viralidad, ya se había hecho gigante. A continuación, Elysium (2013), que era su entrada por la puerta grande de Hollywood y acabó siendo demasiado pequeña. Salir reforzado de una contrariedad espacial así está al alcance de pocos. Por eso, que haya dado forma a su historia más redonda, creado un  personaje que ha venido para quedarse y convertido en inconfundibles sus señas de identidad con Chappie, resulta un acto heróico.

Podría liquidarse el asunto diciendo que es una actualización macarra de Cortocircuito (1986) o una perversión naíf de RoboCop (1989), pero Chappie, el robot y la película, tienen suficiente personalidad como para no etiquetarlos tan precipitadamente. Sobre todo cuando tras la fachada de un blockbuster rico en acción, explosiones y espectacularidad se detecta el mimo y la reflexión con la que se exponen temas fundamentales y complejos.

Convertido en depositario de la primera consciencia artificial, esta máquina diseñada para hacerle el trabajo sucio a la policía, un antidisturbios que no cuestiona orden alguna, se convierte en un personaje en formación acuciado por las dudas y los mensajes contradictorios de los que le rodean. Un niño de metal, una versión con carrocería menos refinada del David de Inteligencia Artificial (2001), incapaz de procesar que las mentiras y las verdades tienen una superficie idéntica. Da igual que la educación que le ofrecen sea temerosa a cargo de Deon (Dev Patel) y temeraria por parte de los delincuentes que le “secuestran”; él la absorbe tan rápido como un hijo copia lo mejor y lo peor de sus padres sin discriminación alguna.

Seguro del material con el que trabaja, Blomkamp es ambicioso y no se detiene ahí. Su pequeño salvaje evoluciona tan deprisa que asuntos como la trascendencia y la mortalidad no tardan en aparecer. También la existencia de un alma y la posibilidad de transferencia, en un final de esos que le dejan a uno rascándose la cabeza un buen rato, con una mezcla de incredulidad, desazón y satisfacción por encontrarse con un director que no subestima la inteligencia del espectador. Donde otros habrían buscado conclusiones obviamente humanas, él encuentra ternura en la lógica de un robot regido por un código binario pero infinitamente emotivo.

Si Spielberg hubiera nacido 30 años más tarde en Johannesburgo habría hecho algo así.

SINOPSIS:

En el futuro, el mundo se encuentra bajo la opresión y el mandato de androides policías mecanizados, pero poco a poco los humanos se van uniendo para hacerles frente. Cuando un policía androide, llamado Chappie, es robado, le programan una serie de habilidades como tener sentimientos, y se convierte así en el primer androide con capacidad de pensamiento. Las autoridades empiezan a ver a Chippie como una amenaza contra la raza humana, y su misión será destruirle.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO:

DIRECTOR:

REPARTO:

GUIÓN:

PAIS:

DURACIÓN: 120

EDAD RECOMENDADA: PC

DISTRIBUIDORA: SONY PICTURES

ESTRENO: 13 de Marzo de 2015

ETIQUETAS:

,