CRÍTICA

Biutiful

8

Por
03 de diciembre de 2010

LO NUESTRO POR IÑÁRRITU va a seguir siendo un amor muy perro. Sin Guillermo Arriaga, sin usar la elipsis, sin fragmentar, cruzar, cuartear o descuajeringar las historias, sigue empeñado en ponérselo difícil al espectador recordando eso tan prosaico y certero de que al mundo se viene a sufrir. Aunque al salir del cine, nos caemos del guindo: la vida no es así, por supuesto. Por eso nos gusta. La vida e Iñárritu. El problema es si acabada la película no será todo aún peor. La vida. E Iñárritu.

Barcelona tampoco es así, por supuesto. Pero ya era hora que descubriese su otra cara, ésa que no existe en ningún registro oficial. Y algunos se escandalizarán, y sacarán punta a la imagen que ha utilizado Alejandro González Iñárritu de esta ciudad de los prodigios a la que hace tiempo que se le acabó la mecha de los JJ OO del 92, y le darán caña al director mexicano, dirán: uno de fuera que viene a contarnos la peor ciudad Condal, con un protagonista que ni siquiera es del Barça. Es del Espanyol, pobre, pero con dos cojones. Biutiful hace mucho más real esta Barcelona que ya todo el mundo nos vende con un lazo.

Pasándose siete pueblos, un cineasta ha descubierto otra ciudad. En su descarnado acercamiento a un submundo muy particular, ha encontrado un neorrealismo tan falso como el neosentimentalismo desgarrador que triunfó en Amores perros, 21 gramos y Babel. Y si aquello valió para considerar a Iñárritu (y a Arriaga, esa sombra acechante) como el cineasta que sublimó la multiculturalidad (algo así como el Zapatero de la Alianza de las Civilizaciones en el cine) y que nos permitió llorar con remordimientos de cine de autor, ahora que se ha emancipado de su guionista fetén y que ya no se oculta detrás de sus espléndidos trucos de (de)construcción cinematográfica, también podemos seguir sacándole la alfombra roja. Tan lejos ha llevado su visión esquinada de esta sociedad bonita aparentemente autosatisfecha, que en el ínterin ha arrasado  incluso con el Ritmo de la noche, ese himno involuntario de varias generaciones, discotequeras o no, hecho cisco.

Pese a su huida hacia delante rodando en Europa, Iñárritu sigue fiel a otras muchas presencias. México continúa acompañándole en espíritu, la fotografía de Rodrigo Prieto subraya ese  personaje que acaba siendo la ciudad y Gustavo Santaolalla la reurbaniza. Como en el resto de su cine, sólo un hilo separa vida y muerte. Nada de todo esto adquiriría el carácter preciso que requiere un filme tan complejo, que  añade elementos oníricos (de un delirio que alivia) y muertos vivientes al estilo de El sexto sentido a la realidad más deprimente de un buscavidas, si no fuese por el trabajo de un Javier Bardem que se supera a sí mismo, te hunde con él en sus miserias (estás jodido, ya no te suelta) y recupera una naturalidad entre enfermiza y liberadora que no necesitó en sus últimos (y también inolvidables, bueno, lo de Come, reza, ama, no: eso no) papeles. Entre ambos consiguen que creamos que el hombre que sufría por nosotros con sus historias nos demuestre con este homenaje a la figura del padre, su “hermoso y viejo roble”, que
sus sufrimientos cinéfilos, que son también los del espectador, no eran una pose como dijeron sus detractores.
No eran sólo para la foto: vienen de muy adentro y adquieren una mística casi bíblica. Empeñados en matar al padre desde la noche de los tiempos de la cultura occidental, viene este güey con su talento (y Bardem detrás) y lo resucita. Guau.

CARLOS MARAÑÓN

 

SINOPSIS:

Un padre de familia envuelto en negocios turbios descubre que tiene cáncer.

Biutiful

Drama / España y México / 2010 / Universal Director: Alejandro González Iñárritu Actores: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Eduard Fernández Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo, Nicolás Giacobone Música: Gustavo Santaolalla

ESTRENO: 03 de Diciembre de 2010

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