Fútbol y cine

Una jornada particular (y futbolera)

Por
09 de octubre de 2012

Ya me conocéis. Soy un tipo raro, un chalado que intenta unir las dos pasiones más populares del planeta y no acaba de darse cuenta de que la mezcla resultante no es más que una disciplina minoritaria y freak. Un viaje del todo a la nada. Tiendo a imaginar que una serie de películas que el mundo entero asume que son dramas, tragedias, comedias románticas o ejemplos del mejor cine político, cintas que parecen contarnos temas variados, filmes de valores imponentes, de amor, de honor y de compromiso; en realidad son películas de fútbol. Eso y sólo eso.

Veo balones, estadios, camisetas, bufandas… y me descentro. Me pasa, por ejemplo, con Cazador blanco, corazón negro, cuyo mensaje heróico y masculino (muy de John Huston/Clint Eastwood) se resume en ese partido entre huéspedes y currantes de ese hotel africano. También con Smoking Room, sensacional filme en el que, desengañémonos, lo que se sustancia es quién lleva el 9 en el partidillo de la empresa. Eso, por no hablar de Volver a empezar, que no es un drama, sino el único oscar de la historia a un equipo de fútbol. O de Carne trémula, una oda al regate de Caminero a Nadal en el Camp Nou. Casi igual que con la filmografía de Ken Loach: todo el mundo cree que es un cineasta comprometido con la clase obrera… ¡Error! En realidad su cine es un homenaje continuo a la mayor de las aficiones de la clase obrera: el balompié.

Mi locura trata, en definitiva, de poner en valor al fútbol en cada película. Me ciega la pasión. Y con esos ojos he vuelto a ver Una jornada particular (Una giornata particolare, 1977), esa maravillosa película (con título como de Carrusel Deportivo) de Ettore Scola, con Marcello Mastroianni y Sofia Loren pasando juntos un día muy especial: Adolf Hitler visita a Benito mussolini en Roma y el Duce ha organizado una manifestación a la que acude toda la ciudad. ¿Toda? ¡No! En el edificio donde transcure la acción del filme, se ha quedado en casa, con la pata quebrada, el personaje de Sofia Loren, Antonietta, abnegada y frustrada madre de familia, a la que la casualidad lleva a conocer al otro vecino que, junto a una portera cotilla, se ha quedado en casa en esa jornada tan particular: Gabriele (Mastroianni) es un homosexual represaliado por el fascismo imperante en el poder y el la sociedad italiana del momento. Su fortuito encuentro resulta tan tierno como emocionante. Cambiará sus vidas. Y nos inspirará mucho más que el otro cara a cara de la película: el de Hitler y Mussolini, mucho más prosaico.

Nominada a dos Oscar de Hollywood, el filme nos presenta una serena reflexión sobre la necesidad de los afectos, la familia, la represión y la historia de Italia. Lo sé, lo entiendo, lo veo. Pero no puedo sustraerme a la presencia de una especie de McGuffin futbolero que Ettore Scola puso ahí, y no por casualidad.

 

 

Las imágenes, como la moviola, no engañan. Y son muy inquietantes. ¿Qué significa ese calciatore de madera sobre la cómoda, ese trofeo de calcio que llama la atención de los dos protagonistas, ese jugador de fútbol tan peculiar? No hay respuestas, pero no he podido evitar considerar Una jornada particular como otra joya oculta del cine balompédico.

Estoy muy mal de la cabeza, lo sé, pero no puedo evitarlo.