Fútbol y cine

Un Espanyol de película (IV)

El Real Club Deportivo Espanyol en el cine: una historia blanquiazul en la gran pantalla

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30 de abril de 2019

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Y aunque el Barcelona empezaba ya a ganar en la rivalidad con el Espanyol para centrarse en su pique con el otro gran club del cine popular a partir de mediados de los 50 (Kubala y Di Stéfano coronaban Los ases buscan la paz y Saeta rubia), el Espanyol seguía siendo un club señero, cuyo estadio, la bombonera de Sarrià, lucía abarrotado en El gafe (Pedro Luis Ramírez, 1959), hasta donde viajaba el gran José Luis Ozores, dotado de su superpoder de cenizo, siguiendo el fútbol por toda España de la mano de su amigo Antonio Garisa. Años más tarde, Gonzalo Suárez cinematografió Sarrià desde la terraza de la casa de Teresa Gimpera en Fata/Morgana (1966), filme de la Escuela de Barcelona, legado fílmico de los cineastas de la gauche divine, asiduos de Tuset Street e iconos del upper Diagonal, donde descansaba el estadio blanquiazul. La tribuna vieja luce al fondo del plano en el que la rubia actriz, icono de aquel cine alternativo, se airea, en el edificio diseñado (en 1965) por Ricardo Bofill (otro miembro de aquel grupo de jóvenes talentosos y provocadores) en la plaza San Gregorio Taumaturgo. Dos años después, el legendario equipo de la delantera de los Cinco Delfines (Amas, Marcial, Re, Rodilla y José María), un alias deudor del western de John Sturges, Los siete magníficos (que antes dio nombre a la delantera del Zaragoza de Los Magníficos), aparece en una fotografía del bar del centro de la ciudad condal en el que ahoga sus penas Mark Stevens, el protagonista de España, otra vez (Jaime Camino, 1968).

Un banderín misterioso
Pero más allá de Ricardo Zamora o de Sarrià, hay una presencia perica inquietante (y divertida) en el cine español: un banderín travieso con el escudo y los colores del (entonces con Ñ) R.C.D. Espanyol de Barcelona luce en dos películas aparentemente fuera de todo contexto perico. Hay que fijarse mucho, al fondo, en un par de planos, pero… ¿Qué pinta un pequeño gallardete con el glorioso escudo blanquiazul colgado en la pared en un momento de la popular El malvado Carabel? Fernando Fernán Gómez no incluyó ninguna referencia futbolística, ya fuese estampa balompédica o conversación futbolera alguna, en el Madrid cincuentero de su propia adaptación (la de 1956, fue la segunda de tres, tras la de Edgar Neville en 1935, y antes de la versión mexicana de Rafael Baledón en 1962) de la novela del escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez, relato humorístico de 1931 sobre un humilde oficinista (el propio Fernán Gómez, glorioso). Harto de ser buena gente y de que le vayan las cosas mal en la vida, Carabel decide explorar el lado oscuro de la vida y convertirse, con menos fortuna todavía, claro está, en un ser malvado, en un villano de tomo y lomo.

No hay pista alguna de por qué aparece el banderín blanquiazul en el despacho de los directivos de la Banca Aznar y Bofarull, empresa de la que es despedido el pobre Carabel. Dedicada ya entonces a los proyectos inmobiliarios (fíjate si vienen de lejos las burbujas de España) dicha entidad tiene unos gerifaltes muy preocupados por mantener el espíritu deportivo de sus trabajadores, pero no con el balompié, sino con disputadísimas carreras pedestres, uno de los momentos más divertidos de la película (Forrest Gump le debe mucho al Carabel fondista). Bastantes problemas tiene ya Amado Carabel como para liarse además con el fútbol. Y aunque la película ni siquiera se rodó en Barcelona, por lo que se ve en las imágenes, el señor Bofarull (el origen del apellido es al menos catalán) podría ser un perico de tomo y lomo. Aunque fuese de la sección de Atletismo, santo y seña del Real Club Deportivo Espanyol en los años 50 (con el maratoniano Miguel Navarro, campeón de España y recordman durante años, entre otros), y lamentablemente desaparecida en 1972 por la excusa de siempre: el alto coste para el club. Los recortes de toda la vida, vaya.

Hay otra teoría alternativa para justificar la presencia de un icono españolista así: la pura casualidad. Y tiene visos de verosimilitud. Pocos años después, aquel banderín travieso volvió a aparecer en pantalla en una película. En realidad es imposible saber si era el mismo banderín, pero tanta insistencia escama. Rodada en 1959, el drama Los chicos, basada en las correrías por Madrid de un grupo de adolescentes que se buscan la vida, es la película que Marco Ferreri rodó entre sus dos obras maestras en España, El pisito y El cochecito. En la habitación de uno de los chavales protagonistas también luce el banderín perico de nuestras entretelas, pero no hay ninguna otra referencia al club españolista. Y eso que los chicos son futboleros y entre ellos surgen algunas conversaciones sobre la rivalidad entre el atlético Vavá y el madridista Di Stéfano, o sobre el Barça de Helenio Herrera, al que acusan de quemar a sus jugadores: “Es un charlatán”. Ni pío del Espanyol y, sin embargo, ahí está el escudo de nuevo.

La explicación de semejante pulsión blanquiazul en nuestro cine probablemente la explique el hecho de que coincidió que ambas películas, El malvado Carabel y Los chicos, fueron rodadas en los madrileños Estudios Sevilla, y el banderín formaba parte del atrezzo, como un elemento más de los decorados que usaban los directores artísticos y los diseñadores de producción, sin reparar siquiera de qué equipo era el escudo. Hasta la script más avezada (o incluso futbolera) estaba vendida. Misterio perico resuelto. [Continúa]

 

Un Espanyol de película (I)
Un Espanyol de película (II)
Un Espanyol de película (III)
Un Espanyol de película (V)
Un Espanyol de película (y VI)

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