Fútbol y cine

Un derbi de ‘Alta Fidelidad’

Por
24 de abril de 2015

Aunque tú no lo sepas, también eres de Nick Hornby. Incluso sin el “de”. Eres Nick Hornby. Todos somos Nick Hornby. Un poco, al menos. Tanto si leíste Fiebre en las gradas (Fever Pitch), como si viste la película (flojita pero simpática: Fuera de juego la titularon, con muy poca vista sinergética) con Colin Firth. O si hiciste las dos cosas, y hasta te sacaste el doctorado en Hincha de Hornby repasando la versión hollywoodiense con Jimmy Fallon y Drew Barrymore: Amor en juego, adaptada al ¡béisbol! Nick Hornby wants you.

Y si, por un casual, no tienes ni idea de quién es este buen señor, novelista de Islington, forofo del Arsenal, pues también. Eres Hornby porque su amor por el fútbol, irracional y sentimental, creativo y a la vez alocado, plasmado en Paul Ashworth, ese personaje que sólo revive los principales momentos de su vida a través de los partidos del club de los amores, es universal. Y muy perico. Donde Hornby dice Arsenal, nosotros, que leemos esto la víspera de un derbi, podemos anotar Espanyol. Cuando Ashby vuelve al viejo Highbury, nosotros podemos regresar a Sarrià.

Alta Fidelidad es LA OTRA novela de Nick Hornby. La que destila su pasión por la música y la cultura pop, tan íntima (y secretamente) vinculadas con el fútbol. Se cumplen 20 años del estreno de su feliz adaptación al cine por Stephen Frears (cineasta irlandés que dejó destellos de buen fútbol en La camioneta, quizá mi mejor recuerdo del Mundial de Italia 90). Que el aniversario de esta comedia en la que John Cusack se pasa la vida haciendo listas Top 5 de todo lo divino y lo humano coincida con el derbi de mi ciudad, me lleva irremediablemente a presentar mi Top 5 de los Espanyol-Barça, Barça-Espanyol, de mi vida. Esta es mi vida, con permiso de Mr. Hornby.

 

#1

Sarrià, 24 de noviembre de 1974 (Espanyol 5 – Barça 2) Seguro que también les pasa. Ni siquiera estuve allí, pero me acuerdo perfectamente. Se llama voluntarismo. Uno recuerda lo que quiere recordar, y ya. Había nacido apenas unos meses atrás, y es imposible, aunque mi madre me convenza de que ya era muy espabilado desde el paritorio y me jure que me llevó a la tribuna vieja de Sarrià en el capazo, insisto: es materialmente imposible que yo recuerde nada de aquella jornada de gloria. Sin embargo, lo recuerdo. Porque me lo han contado, y porque quien me lo ha contado lo vivió tan intensamente (hizo uno de los goles, dio alguna otra asistencia en su primer derbi en casa) que me ha convencido de que, desde la cuna, yo también participé en aquella gesta cuyos goles repaso al menos dos veces al año en YouTube. La calva de José María brilla hasta en el blanco y negro del No-Do.

 

#2

Camp Nou, 11 de mayo de 1980 (Barça 3 – Espanyol 1) Mi primera vez en el Camp Nou, esa mole. Tuve que buscar el resultado, no recordaba siquiera el pírrico gol de mi padre, pero recuerdo el azoramiento de mi madre, sentada a mi lado, intentando que un niño de seis años no escuchase al energúmeno del puro situado detrás de nosotros. Aquel tipo, un señor muy gordo, que hoy probablemente hubiese ido a la cárcel sólo por la cantidad de nicotina y alquitrán en forma de humareda que soltó aquella noche de puros largos, no paró de repetir, entre insultos mucho menos originales (que un pilluelo de 6 años ya maneja del recreo), una frase que todavía resuena hoy en mi cabeza: por ridícula, pero también por efectiva y gráfica: “¡Periquitos, a la jaula!”. Dicho con mucho, mucho, mucho desprecio, a la espalda de un niño, aquello era peor que Robert Mitchum en La noche del cazador. Y todavía lo guardo entre mis peores pesadillas.

 

#3

Camp Nou, 28 de marzo de 1982 (Barça 1 – Espanyol 3) Un caso de precocidad clínico: dudo que con 8 años pueda tenerse una sensación aproximada a lo que supone un orgasmo. Pero yo juraría que la tuve. Incluso oyendo la retransmisión a través de la radio. Un pelotazo, un frenesí, un festival. Honor y gloria a Theo Custers, titular aquel día, el barbarroja que un sábado de entrenamiento en que acompañé a mi padre, me regaló mi primera tableta de chocolate belga, Côte d’Or, del que en España ni habíamos oído hablar todavía. Aquello había sido una dulcísima señal.

 

#4

Sarrià, 6 de febrero de 1983 (Espanyol 0 – Barça 3) Pegado a la valla de Tribuna, intentando que los mofletes atravesaran el hierro colado para estar lo más cerca posible de la hierba, sentí la melancolía de una victoria culé fácil, el día en que empecé a comprender que la vida de un futbolista puede ser triste. Era la primera vez que no veía a mi padre en el once inicial del Magu. Salió en la segunda parte, pero para entonces aquellos ya olía a derrota clara. Disgusto doble, y primeros atisbos de lo amargo que, con el tiempo, puede llegar a ser (y no pienso volver a recordar un 9-1 que nos clavó el Barça en el derbi que jugué con el juvenil Sub-19, que ni siquiera empaña que luego ganásemos con el Espanyol B en el Mini al Barça C) el fútbol vivido en primera persona. Una lección de vida deportiva.

 

#5

Madrid, 25 de abril de 2015 (Espanyol-Barça en el Power 8 Stadium) Sé positivamente que la jornada de mañana, día del bautizo de Guillermo, mi hijo pequeño, que ya empieza a distinguir el blanc-i-blau del blaugrana voy a recordarla mucho mejor gracias al Espanyol. Cómo no. Mañana mi equipo recibe al Barça en Cornellà-El Prat, y eso nunca se olvida, cualquiera que sea el rsultado. Perdona, Guille. El loco soy yo, por ser tan perico. Pero parte de la culpa también es de Nick Hornby. Cabronazo, cuánta razón tienes.

 

Texto publicado en Blanc i Blau RCDE el 24 de abril de 2015, la víspera de un RCD Espanyol 0 – FC Barcelona 2 (Neymar, Messi) en Cornellà-El Prat.