Mis clásicos: Forajidos (The Killers, 1946)

28 de enero de 2010

Basándose en un extraordinario relato corto de Ernest Hemingway (a mi gusto los relatos breves fueron su mejor aportación a la literatura), Anthony Veiller, con la ayuda seguramente de hombres tan llenos de talento como William Faulkner o Raymond Chandler, escribieron el guión de Forajidos. Ésta es para mí una de las obras cumbres del cine negro. Llena de una amarga poesía, sin la menor concesión a un público banal, Siodmak rodó la historia de un perdedor, ‘El Sueco’, que se deja asesinar en una sórdida pensión de pueblo americano. Siodmak era un hombre de una creatividad extraordinaria. De origen judeo-alemán-francés, su formación cinematográfica es sobre todo expresionista, como la mayor parte de los maestros del cine. Su cine tiene el contenido violento de Fritz Lang, la amargura de Renoir y el aliento poético del mejor Whiteman.

Estamos, pues, ante una verdadera obra maestra cuyo guión es de una complejidad digna de la segunda parte del Ulises, de Joyce. En Forajidos no se salva nadie, ni siquiera el esbozo de la estúpida peripecia del boxeador derrotado y sus amores con la mujer que lo despreció. Quedan unos retazos –un pañuelo bordado con un harpa irlandesa, una breve canción–. Nick Adams, ese hombre honesto que acompaña tantos relatos de Hemingway, intenta salvarle, pero el ‘El Sueco’ ya no quiere escapar. Y Nick Adams sale angustiado de la pensión y dice a los otros que se va a ir de aquel pueblo porque no podría quedarse con la visión de su amigo esperando tranquilo a la muerte.

Narrada casi siempre en inspiradísimos flashbacks, la historia de ‘El Sueco’, su aceptación del trágico final (los pasos de los asesinos sobre la escalera de madera, los fogonazos de los disparos que acaban con la vida del ‘El Sueco’) son una lección de cómo narrar en cine una pequeña tragedia.


Maltratado por la crítica, considerado como una película de Serie B, el filme ha ido ganando con el paso del tiempo hasta convertirse en uno de los pilares del cine negro.
Mark Hellinger, su productor, fue uno de los creadores independientes de mayor talento. Sus películas (Brute Force, Naked City) tienen un sello especial que lo hacen tan autor como el propio realizador. Él y otros pocos elegidos crearon las obras que, como La dama del lago, de R. Montgomery; Laura, de Preminger, o La dama de Shanghai, de Orson Welles forman parte del cine más creativo de todos los tiempos. Sin ellos, la condición de compendio de todas las artes que adorna al cinema, habría sido engullido por un Douglas Sirk, Walter Lang y otros minusválidos. Afortunadamente, aquellos pocos talentos irreductibles no permitieron la decadencia del arte de nuestro tiempo, dotándole de uno de los elementos esenciales que ellos supieron generosamente insuflar: la pasión.