Mis clásicos: El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940)

28 de diciembre de 2009

Alexander Korda, emigrante húngaro instalado en Hollywood –durante unos años estuvo de moda contratar emigrantes húngaros, sobre todo como técnicos–, hizo poner en la puerta del estudio un gran cartel que decía: “No basta con ser húngaro para trabajar en este estudio”. Hombre brillante, impulsor del technicolor en compañía de su álter ego (la también húngara Natalie Kalmus), produjo, ayudado por sus hermanos Vincent y Zoltan una serie de películas de estupenda calidad y que además crearon la base seria para el cine de aventuras románticas que Hollywood no se había atrevido a abordar.

Fueron producciones de una gran riqueza y que además tuvieron ese toque de honorabilidad que sólo el cine inglés era capaz de transmitir en aquellos tiempos del peor cartón piedra hollywoodiano. Con unos equipos técnicos extraordinarios (el gran operador George Perinal, el compositor magiar Miklós Roszá y grandes actores como Conrad Veidt y la sabia nueva semi-colonial de Sabú, María Montez e Yvonne De Carlo), Korda consiguió un puñado de películas que fueron un autentico deleite.

Era Hollywood sin serlo, sin sus vicios. Elegir, entre tanta excelencia las gemas más brillantes resulta hoy difícil pero digamos que hubo al menos una docena de películas espléndidas y que recibieron además premios y beneplácitos por doquier. De ahí nació el verdadero cine de aventuras que nos alimentó durante más de una década, cine comercial purísimo de una gracia y una calidad imbatibles. El ladrón de Bagdad sigue reeditándose y, curiosamente, nadie se ha atrevido a hacer un remake. Una obra de esta perfección es casi imposible de reinventar.

Además, los Korda dieron a la cinematografía otras obras muy diferentes y notables. Destaquemos no sólo las adaptaciones de Rudyard Kipling Kim de la India o El libro de la selva, sino otras obras tan geniales y dispares como Las zapatillas rojas, Los cuentos de Hoffmann o la extraordinaria Peeping Tom, que siguen siendo hoy obras maestras de su género.

Digamos de una vez que ellos, los Korda inventaron e impulsaron el mejor cine de su tiempo, y que sus hallazgos alimentaron la ilusión de un publico ávido de un cine diferente, inspirado y elegante. Ahí nació de verdad el auténtico y mejor cine inglés que fue durante mucho tiempo el pilar del mejor cine del mundo. Las mejores obras de David Lean, de Brian Desmond Hurst, y hasta el insólito mundo de Alexander McKendrick surgen de ahí. Sin el impulso mágico de estos hombres no existiría ni Oliver Twist, ni Great Expectations, ni El espíritu burlón.

Es un placer revisar el talento genial de esos creadores de un cine sin fisuras, en el que colaboraron autores como Terence Rattigan, Carol Reed, Gabriel Pascal o el mismísimo sir Lawrence Olivier, cuyo Hamlet o Enrique V siguen siendo algunas de las más bellas películas hechas hasta la fecha. Es muy posible que, sin ellos, el cine hubiera muerto hace tiempo. Sobre ellos planeaba ya la sombra alargada y genial del pérfido Hitchcock.