Crítico de mierda

Hard Rock Zombies: Hitler contra los ‘mullets’

27 de junio de 2011

Hay ideas que, sobre el papel, son verdaderas chorradas, pero triunfan. Por ejemplo “un tebeo de unas tortugas mutantes que son ninjas y comen pizzas”. Bueno, esa siempre ha molado, pero ya saben por donde voy. Luego hay otras que parcen más sólidas y que no deberían fallar. Pero fallan. Y es que la idea, el concepto, no es nada sin algo de tino y talento detrás. Una idea que en los 80 debería haberlo petado es “unos zombies que hacen un grupo de rock”. Que coño: dado la moda zombie y lo pesado de la metalada, debería ser un éxito aún hoy día, ¿verdad? Pues no. La película resultante due tal catástrofe que maldijo la idea durante treinta años. Hoy hablamos de… Hard Rock Zombies.

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La película fue rodada en 1984, en plena explosión del Hard Rock/Glam Metal que sacudió los EE UU, especialmente California. Grupos como Quiet Riot o Ratt lo estaban petando, y poco quedaba para que le llegar el turno a Poison o Mötley Crüe. Cosas como llevar bigote aún no estaban desfasadas, y el mullet –ese pedazo de pelo largo que tapaba la colleja y se columpiaba por la espalda– se consideraba algo estiloso. Además, el género zombie volvía a dar un coletazo con el rodaje de proyectos importante como El regreso de los muertos vivientes. La ideaca iba a hacer que todos se forraran. A no ser, claro que el resultado final no tuviera ni puta gracia.

 

 

El filme arranca… con rock, ¡claro está! Rock, rock, ROOOOOOCK! Rockin’ with the rock! Así se nos presenta a nuestros protagonistas, un grupo tocando como un locos en un bar de mala muerte. ¡Prepárate, va estallar el Obús! A pesar de no tener un disco en la calle, los chicos saben que van a triunfar, aunque sea a base de machacarnos una y otra vez con la misma canción.

Las película cuenta a grandes rasgos lo siguiente: en Gran Guignol, el pueblo donde van odian el rock y alojan a los chicos en una mansión semi-encantada regentada por una familia de zumbados. Los roqueros van muriendo uno por uno de formas algo ridículas, por culpa de una bruja envidiosa: “si el cantante no es para mí, no es para nadie”. Por suerte, los músicos para vengarse de sus asesinos y dar su último concierto. Claro que, en el proceso, también inundan la ciudad de zombies. Que fallo.

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Así, de buenas a primeras, no parece un mal argumento para una película de género barata y destinada al público fiel de la época. ¿No? Pues abandonen toda esperanza. La película está narrada con una torpeza y una falta de gracia tal que da más vergüenza que Jesulín cantando. Su pobre director va dando palos de ciego, entre diferentes tonos, sin lograr que casen jamás, y sumiéndonos en un tedio que hace que prefiramos leer las páginas amarillas antes que seguir con la tortura. Para rematarlo está repleta de momentos extrañísimos y detalles que nos dejan rascándonos la cabeza. Algunos ejemplos:

  • El grupo de música, para ganarse a la juventud del lugar, deciden ponerse en medio de la calle a cantar… y bailar un tema un tema poprockero de lo más hortera. Así, por las buenas, sin instrumentos ni nada, como en un musical. ¡Con lo mal visto que está el playback entre los roqueros! Pero lo peor es la imagen que ofrecen del colectivo. Como muestra, el siguiente vídeo.

 

¿Cuándo han visto ustedes a hard rockeros haciendo piruetas en monopatín? ¿Se imaginan a Ronnie James Dio o David Coverdale haciendo giros de 360 grados con su tabla? Pues estos tipos, aquejados de un fortísimo síndrome de Poochie, sí que se atreven. Todo el numerito sirve para que los tipos conozcan a un par de tías con las que alternar, o sea que les da resultado y acabarán tirando más por ahí. Mientras, en algún lugar del Excalibur, un fan de Dokken echa una lagrimita.

  • En la casa donde se alojan viven, atención, unos enanos que gustan de mirar a sus abuelos teniendo sexo. Sí, yo también lo prefiero a acudir a una boda, pero aún así es extremadamente enfermizo. Por supuesto, son unos personajes que no pintan absolutamente nada en la trama. Solo están ahí para protagonizar esta escena y dar mal rollo.

 

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  • Uno de los músicos es asesinado en la ducha. ¿Homenaje a Psicosis? Desde luego: hasta lo dicen en voz alta, por si no lo habían pillado. Christopher Nolan estaría encantado ante tan cristalinas explicaciones.
  • El comité anti-rock del pueblo resulta estar encabezado por… ¡Adolf Hitler! El mismísimo Führer en persona! Resulta que el tío estaba escondido en Grand Gignol, California, e intenta desterrar el rock. Además, nos deja clara su filosofía: “muerte a los negros… y los intelectuales”. Imaginaos si un día conoce a algún intelectual negro. Esta revelación no trasciende, puesto que los zombies acaban con él en una escena que…. mejor vean. O mejor dicho: súfranla. Suffer, like G Did.

  • El grupo resucita cuando un amigo, el promotor local, pone su música cerca de sus tumbas. ¿Por qué? ¿Será satánica la canción? ¿Será un conjuro musicado? ¿Será una rosa, será un clavel? Nunca los sabremos: los zombies resucitan PORQUE SÍ. Y punto.
  • Estamos ante la peor interpretación zombie de la historia. En serio. Recién resucitados, los bichos se mueven a tirones como un robot de peli de los 50, y sin decir ni pío. Pero al cabo de un rato, tienen la agilidad y coordinación necesaria para dar un concierto y cantar. “Ah, para eso sí tienes ganas, ¿eh?”, que dirían nuestras madres.
  • Ante la imagen de un zombie con guitarras, uno piensa en música cañera. Todo lo contrario: como zombies tocan la canción más empalagosa de todas, un medio tiempo llamado Cassie que bien podrían sonar hoy día en Kiss FM. Queda claro pues: los gustos musicales de los zombies. Y la letra, va de amar a una menor, “too young for my love”. Atención al concepto: un zombie hardrockero y pedófilo.

  • Los héroes, a base de matar a los malis, y como zombies que son, infectan a sus víctimas, y crean una invasión zombie que acaba con todo el pueblo. Menos con una tía que se queda bailando en medio de la carretera que se supone es la mala de la película. Ni puta idea de lo que pasa aquí, señores.
  • Cuando los zombies creados por el grupo asolan la ciudad, un grupo de humanos se escudan detrás de CARETAS GIGANTES DE ICONOS POP. Así es: utilizan los rostros de Elvis Presley, John Lennon, Marilyn Monroe, Jimi Hendrix o John Wayne como escudos. Escudos que al final no sirven para nada. ¿Qué trata de decir el director? Al principio pensaba que lo que el rock puede resucitar a la gente era una reivindicación de los géneros populares, pero luego vemos esta tontería y me quedo con el culo torcido.  ¿Qué coño pasa aquí? ¿A qué viene todo esto?

 

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Me dejo algún momento triste en el tintero, pero se hacen ya una idea. Y no se engañen: la película aburre. A pesar de los despropósitos que les cuento, no estamos ante uno de estos alegres disparates. La intención es la de contentar a los fans del género a base de guiños y humoradas pulp, pero fracasa totalmente en su empeño. La película cambia de tono constantemente y el guión no va a ninguna parte, y por si fuera poco, las canciones no pintan absolutamente nada en la trama. Es casi como… como… ¡como si fuera una película cutre de Bollywood !

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Y es que ahí está la clave: el director es indio, con alguna película 100% bolly bajo su peso. Da la sensación de que trata de adaptar muchos de los mecanismos de este cine a una película occidental de género. Y con hard rock. Pero ahí lo tienen: la mezcla de géneros, los momentos WTF, las canciones que no pintan nada, el amor a primera vista, el supuesto lacrimógeno final, el descuidadísimo acabado… Todo recuerda y recoge más el tono de Bollywood que cualquiera de esas películas masticatidísimas que nos ofrecen como cine indio musical en cualquier canal digital. Eso sí, del Bollywood más cutre y nefasto. El del Drácula indio, por ejemplo. Lo más acojonante es que el tío está aún orgulloso de su peli.

¡Ah! Un apunte sobre la banda sonora: los temas de la película están compuestos por Paul Sabu, hijo de Sabu, el mítico actor de El ladrón de Bagdad. Lo más fans del AOR le recordarán por grupos como Only Child, aunque era habitual de bandas sonoras y producciones de tercera. Así, el temazo Scream until you like de Ghoulies 2 es también suyo. Lo mejor de todo es que el tipo daba siempre lo mejor de si mismo: el ya mencionado Cassie.

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Otra de estas películas que tienen en su pegadizo título su mejor arma. Lo bueno es que la ejecución fue tan nefasta que, en caso de un remake o película favorita, absolutamente nadie protestaría. Es más: el frikerío lo acogería con entusiasmo (la gente a la que le hace gracia cosas tipo El reno renardo). Así que ya saben, productores del mundo. Mientras, a disfrutarla en programa doble con alguna de las películas cutremetaleras que hizo nuestro amigo John Mikl-Thor.

Ah sí, venga, una confesión para terminar: tengo un CD de Sabu. Original. Y la canción de Cassie me mola.