Fútbol y cine

Espejito, espejito

Por
01 de febrero de 2020

Todo lo que sé de la moral del hincha se lo debo a mi madre. Hasta hace poco ni siquiera era muy consciente de ello, por eso quiero saldar esa deuda: gracias, mamá, por llevarme al fútbol de niño. A jugar mis primeros partidos en madrugones de campo de tierra, como tantas mujeres hoy reflejadas en las soccer moms de las películas de Hollywood (las de Un buen partido, por ejemplo, como Judy Greer, Catherine Zeta-Jones –ambas en la foto–, UmaThurman y Jessica Biel), pero, sobre todo, más que nada, a ver a nuestro Espanyol los domingos en Sarrià.

Algunas veces, incluso a domicilio. Fue en la tribuna del Camp Nou, en un derbi de Barcelona con invitaciones, donde un día sufrimos la ira de un energúmeno empeñado en meter a todos los pericos en una jaula. Y de ahí para arriba en sus insultos. Eran los años 80, esas cosas pasaban en todos los estadios, pero aquel señor del puro marcó para siempre al niño que fui. Ni el 1-3 del Espanyol aquella jornada de 1982, ni la jeta feliz de Theo Custers al final del partido, me hicieron olvidar los gritos, a los que mi madre respondió revolviéndose con educación, llamándole la atención: “¿Se ha visto usted? ¿No le da vergüenza?”. El hombre gruñó, pero no volvió a gritar, y no fue sólo por el baile blanquiazul en Can Barça.

Hasta hace poco no era común en España que una madre acompañase a su hijo a la grada: durante décadas parecía una tarea reservada a padres, abuelos, tíos, hermanos mayores, amigos. Hubo excepciones. Y la nuestra tenía truco. Mi padre era futbolista, pasaba los fines de semana concentrado (¡qué tiempos! Hoy los equipos viajan el mismo día), Cruz y yo nos quedábamos en casa e íbamos al campo a verle. Me obstiné en jugar al balón imitando a mi padre, pero aprendí a ser un espectador futbolero junto a mi madre. Y ella me enseñó que, frente a la ignorancia, la estupidez y la maldad, no cabe la inacción. Es necesario el reproche y la advertencia pública, sean de los nuestros o de los suyos, pero más aún si son de los nuestros. A estos bellacos que se creen hinchas mientras reparten insultos racistas en el estadio y palizas por las calles, pongámosles frente al espejo.

Artículo publicado el 31 de enero en AS

 

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