La Dolce Vita

El ‘power dressing’ de ‘Ocean’s 8’

Como en las anteriores películas de la saga, en esta nueva entrega el vestuario es fundamental para acompañar el fabuloso robo.

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05 de julio de 2018

Cada película de la saga Ocean, desde la original con el Rat Pack original hasta esta última, Ocean’s 8, cada una ha intentado “el más difícil todavía”. El robo, estafa, fraude más impresionante, increíble, y siempre, siempre más glamuroso, más fabuloso. El vestuario, por esa razón, de sus bandas ha sido siempre una pieza aún más importante de lo que siempre es. Trajes impolutos, impecables, sin arrugas.

En Ocean’s 11, la de Soderbergh, Jeffrey Kurland partió de los que llevaban Sinatra y cía en la versión sesentera para, después, adaptarlos a ese extraño momento del cambio de siglo, cuando los 90 aún estaban demasiado presentes. De ahí que hoy, al ver las anchas solapas de los trajes de Brad Pitt y los colores y brillos de sus trajes nos puedan parecer de una época muy anterior, pero no, el personaje de Pitt era más estrafalario que el clásico Clooney, y aun así, la culpa es de ese extraño momento entre los 90 y los 2000.

En Ocean’s 8, el más difícil todavía era más difícil aún. Se sumaban muchos elementos, no solo el robo en sí tenía que ser más espectacular. Era más difícil aún empezando porque las protagonistas eran mujeres, y tras la vergonzoso y terrible respuesta de parte de la audiencia por el Cazafantasmas femenino, la preocupación estaba ahí.

Por suerte, el estreno en EE UU demostró que la sociedad ha avanzado, las críticas no eran (tan) machistas y fue la mejor apertura en taquilla de una película en la saga. El más difícil todavía del robo incluía la gala más exclusiva y prestigiosa de EE UU, como bien dicen en el filme, la MET Gala que cada año organiza la revista Vogue junto al Costume Institute del Museo Metropolitan de Nueva York. Probablemente, el evento de moda más mediático no solo en Norteamérica, sino en el mundo. Más que los Oscar, los Globos y Cannes juntos, más que todas las semanas de la moda.

Eso por un lado: vestir a todos los rostros y cameos que aparecen en esa gala (las Kardashian, Serena Williams, Gigi Hadid…), incluida la mismísima Anna Wintour, árbitro certificado de la elegancia. Ahí es nada. Y, por otro, las ocho protagonistas, como sus antecesores, debían quedar definidas solo de un vistazo a sus vestuarios. Es decir, los retos para la diseñadora de vestuario de Ocean’s 8, Sarah Edwards, eran más difíciles todavía. Más que nunca.

Wintour le ayudó en la recreación de la gala. Les ayudó a definir el tema de la exposición, la realeza europea, en la que luego se inspira la propia fiesta. Hamish Bowles, también mítico editor de Vogue USA, colaboró en la creación de la propia exposición, a conseguir los vestidos de diseñadores famosos. Y, por último, una agencia les ayudó a vestir a los más de 100 extras que acuden como invitados en la famosa noche en la que el gran robo tiene lugar.

El robo perfecto que la protagonista, Debbie Ocean (Sandra Bullock), llevaba maquinando cinco años, ocho meses y 12 días “más o menos”, los mismos que estuvo en la cárcel, cumpliendo condena después de ser engañada por su novio (Richard Armitage).

Debbie es hermana de Danny Ocean (George Clooney o Frank Sinatra, según la versión), lo lleva en la sangre. Pero el robo que prepara es más grande que el que su hermano jamás ideó: quiere hacer que la actriz Daphne Kluger (Anne Hathaway) lleve a la gala un collar de diamantes Cartier valorado en 150 millones de dólares. Para lograrlo cuenta con su amiga y cómplice Lou (Cate Blanchett) con la que reúne a un grupo de mujeres expertas en un campo del crimen: Rose Weil (Helena Bonham Carter) es la diseñadora del vestido de Kluger, Nine Ball (Rihanna), la hacker; Constance (Awkwafina), la carterista; Tammy (Sarah Paulson), la solucionadora; y Amita (Mindy Kaling), la joyera.

Cada una tiene una personalidad muy distinta. Cada una tiene su “power dressing”, esa forma de vestir que las da seguridad en cada situación. “Debbie viste colores neutros, porque tiene muy claro su objetivo, no quiere distracciones”, dice la diseñadora de vestuario. “Lou tiene un club y tiene un pasado rock & roll. Trabajamos con Burberry para hacerle trajes de tres piezas ligeramente inspirados en Keith Richards en los 70”.

Para Anne Hathaway, en cambio, se fijó en las estrellas de cine clásicas, “como Elizabeth Taylor” y Valentino diseñó el vestido con capa rosa que lleva con las joyas en cuestión.

El personaje de Helena Bonham Carter, obviamente, se mira en la extravagancia algo punk de la diseñadora Vivienne Westwood.

Para Awkwafina y Rihanna los referentes estaban en la calle y su ropa en tiendas de segunda mano. El personaje de Mindy Kaling vive todavía con los padres, así que es “clásica”. Y el de Sarah Paulson es una madre de suburbio, al principio, que acaba soltándose la melena.

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