Lo dices en serie

#BodorrioMdT El Ministerio del Tiempo se va de boda

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17 de mayo de 2016

Nos quejamos del cuñadísimo interpretado por el chanante Raúl Cimas, pero si no fuera por él no habríamos contado con este selfie oscarizado a lo Ellen DeGeneres. Hasta que el tiempo nos separe, dirigido por Jorge Dorado, es el penúltimo episodio de El Ministerio del Tiempo… de esta temporada (esperemos). Una trama de aventuras como las de nuestra adolescencia (la que vivimos los de mi quinta en los años 80) que otros más jóvenes han comparado con Juego de tronos (en cualquier caso una Boda Roja light, para entenernos). Dos bodas, en diferentes épocas, transcurren en el mismo castillo (rodado en el castillo de Guadamur, Toledo). Una puerta, una vez más, es culpable de que personajes de 1212 acaben protagonizando una especie de vodevil surrealista en nuestro tiempo. Al estilo La princesa prometida, pero con un desenlace menos gracioso (nos faltó Íñigo Montoya y el pueblerino de turno muere), el “villano” Fadrique (Nancho Novo) mata a un pastor (Patrick Criado) obligando a casarse con él a su joven novia Constanza. Nancho Novo, que se rodea por lo que parece ser más un grupo de hevatas que de escuderos (¿y esos pelos?) hace de malo malísimo, engañando al personal cuando cruza por la puerta, pues lo confunden con una obra de teatro que representa la leyenda del castillo. La gran frase romántica la dice el muerto: “¿Por qué lo has hecho?”: “Para ver tus ojos hasta el final de mis días”. Pero si alguien se lleva la palma es el cuñadísimo con el que arrancaba este artículo. Creo que el cameo de Raul Cimas supera con creces al de cualquier otro, no sólo por tiempo si no porque ha llevado toda la coña del episodio sobre sus hombros (llamar a Julián Ramón García por la capa o ser eliminado por Ramón Langa (con “un disfraz de Caramelos Paco”) y su voz de Bruce Willis no tiene precio). Además del cachondo crossover con Master Chef (Constanza acaba en la cocina del siglo XXI), la referencia al borrachín Hemingway aficionado a los encierros de Pamplona, el recuerdo al mítico Rock-Ola (claro está, del 81, cuando tocaba Nacha Pop)… lo que más gracia me ha hecho ha sido ver a Velázquez desatado, pidiéndose un tercio a lo Mario Vaquerizo. En el siglo XXI, la boda ha tenido de tó. Desde una wedding planner mal follá (“Los actores tenéis que entrar por la puerta de servicio”) hasta esa Cayetaner de Irene perdiéndose todo el movidón por un polvo en un baño. Irene está tan desatada como Velázquez (al que le llegan a hacer la cobra), el cuñado (recién divorciado y borracho, peligro) y Ernesto, que muy lejos de allí le hace un Drácula a la nueva jefa, tirados sobre un sofá. Mientras Alonso veía peligrar su relación y casi pierde a su novia, a la que tendrá que confesarle la verdad (pero, ¿qué le contará?), Julián se entera de que Amelia se acostó con Pacino. Que una doncella esté a punto de tirarse de una almena es el cortarrollos más insólito de la historia, pero es así cómo se ve interrumpido el que podría haber sido el beso más esperado. Queda sólo un episodio en el que veremos si Alonso es capaz de mantener a su lado a su chica y de si Julián es capaz de reconquistar a la suya. ¡Y que haya más bodas!

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