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‘Succession’: Así ha resucitado HBO al culebrón de lujo

La serie más maligna y financiera de la TV actual revive con gran éxito elementos ya empleados por 'Dinastía' o 'Falcon Crest' en los 80.

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18 de octubre de 2019

Un magnate entrado en años, autoritario y sin escrúpulos, contrae matrimonio con una mujer más joven que él. Sus hijos y herederos, a quienes ha criado a palos para que sigan su ejemplo, no están nada conformes con esta situación, sobre todo cuando papá decide que su flamante esposa tiene derecho a una parte de esa herencia frente a la cual ellos han salivado, impotentes, durante décadas. ¿A qué nos recuerda esto? Pues posiblemente al argumento de Dinastía, uno de los culebrones más legendarios de la TV estadounidense. Pero también vendría al pelo como sinopsis de los primeros episodios de Succession, la serie producida por Will Ferrell Adam McKay para HBO.

Aunque su palmarés en la temporada de premios haya sido justito (un par de Emmy y una nominación a los Globos de Oro para Kieran Culkin), Succession se ha ganado fans incondicionales y acaba de cerrar entre aplausos su segunda temporada. Algo que no nos extraña, porque retrata el mundo financiero con un cinismo a dos pasos de la farsa grotesca, ofreciéndonos un catálogo de personajes tan despreciables como forrados  a los que uno adora odiar.

Dada su condición de saga familiar, y siendo sus protagonistas tres hermanos (Culkin, Jeremy Strong Sarah Snook) que conspiran a la sombra de un patriarca tiránico, más de uno se acordará al verla de los Lannister de Juego de tronos. Pero aquí vamos a defender una idea muy distinta: Succession es una versión 2.0 de los culebrones ‘de amor y lujo’ que imperaron en la pequeña pantalla durante los 70 y los 80. Hablamos de esa estirpe que en España recordamos por Dinastía, por Dallas y por la más mítica de todas en nuestro país: Falcon Crest. 

Peores que Angela Channing

Para empezar, y al igual que sus predecesoras, Succession basa buena parte de su atractivo en las muestras conspicuas de riqueza. Tanto el magnate Logan Roy (Brian Cox) como sus vástagos cogen el helicóptero como otros pillan un Cabify, habitan en guaridas de superlujo y visten prendas que cuestan un año de tu sueldo. Claro que, como su territorio es Nueva York, dichos apartamentos tienen menos metros cuadrados que las mansiones habituales en el género. Pero si nos ponemos a valorarlas según el precio del metro cuadrado en Park Avenue, seguro que cuestan tanto o más que los casoplones de Colorado (Dinastía), Texas (Dallas) o el californiano valle de Tuscany (Falcon Crest). Será por millones…

Por otra parte, y como ya hemos dicho, buena parte del atractivo de este show se basa en los odios entre padres, hijos y hermanos. La serie no pretende ser innovadora con esto: cualquier guionista sabe que no hay nada como una familia (y si es rica y poderosa, mejor) para engendrar rencores y pergeñar vileza. Asimismo, dado que esas rencillas vienen motivadas por el resentimiento, la codicia y la envidia, apenas podemos hallar diferencia entre las quisicosas de los Roy y las de los Carrington, los Ewing y los Channing-Gioberti. Si no reconoces esos apellidos, no te preocupes: seguro que tus padres los identifican a la primera.

¿Queremos otra prueba? Pues allá va: como bien sabía Aaron Spelling, el valor de un culebrón se mide por la infamia de sus villanos. Villanos que, a la postre, acaban por robar todo el protagonismo. Jesse Armstrong, maestro de la comedia biliosa y creador de Succession, parece haberse empollado bien ese libro de estilo. Por eso, en vez de insertar en su elenco a un Satán como J. R. Ewing (Larry Hagman y su sombrero tamaño parabólica), Alexis Carrington (Joan Collins y sus vestidazos eighties) o la incombustible Angela Channing (¿alguien puede olvidar a Jane Wyman y sus sonrisas de medio lado?) ha repartido una porción de maldad en cada uno de sus personajes, todos los cuales resultan aborrecibles… pero sin adquirir el carisma bigger than life de los ejemplos originales.

Pero todavía falta una pieza para tener el puzzle completo. Porque, según las reglas del culebrón siempre tiene que haber algún personaje de cariz heroico, o al menos no tan abismalmente malvado como el resto. Un personaje que está ahí para encarnar lo mejor del espíritu humano… y al que todos acabamos despreciando, al grito de “¡aparta, tolai, que queremos seguir viendo a Alexis zorreando / a J. R. humillando a Sue Ellen a Angela conspirando para dejar sin regadío a un rival! [táchese lo que no proceda]”.

Succession no podía permanecer ajena a este requisito, pero lo lleva a cabo de forma muy posmoderna. Porque como heredero de los Chase Gioberti, Bobby Ewing Krystle Carrington de antaño tenemos a Greg Hirsch, el pariente pobre usado como testaferro y punching ball por los hermanos Roy. Acerca de este personaje, interpretado por Nicholas Braun, no podemos decir lo de “es tan bueno que parece tonto”: Greg es, directamente, más corto que una mata de habas, e incluso da muestras de discapacidad intelectual. Cada espectador decidirá si prefiere empatizar con él (cuando sus primos le humillan para pasar el rato) u odiarle (cuando sus apariciones les roban minutos a las crueldades del resto).

Por supuesto, todo lo que acabamos de soltar es más un juego que otra cosa: equiparar Succession con los culebrones ochenteros es divertido, pero inexacto. La serie de Armstrong, Ferrell y Mackay es mucho más cínica y malhablada (porque la coyuntura actual en TV le permite serlo), técnicamente estupenda (el ‘sello de calidad HBO’ se le nota en cada fotograma) y en ella apenas hay rastro de esa autoparodia que se apoderaba de sus precursoras en cuanto los guionistas metían la directa. Aquí no encontrarás peleas a zarpazo limpio entre señoras con hombreras, ni tampoco a un Lorenzo Lamas luciendo abdominales. Todo son reuniones carniceras en salas de juntas, fluidos corporales y pullazos vitriólicos.

Este tono tan serio, avinagrado incluso, puede escamar a algunos espectadores e incluso causar su rechazo. Es verdad que la serie usa a veces su formato para satirizar la decadencia del periodismo, por ejemplo, o a esas grandes corporaciones que se dan lavados de cara ‘inclusivos’ mientras sus altas esferas siguen en manos de varones blancos y avejentados. Pero la mayor parte de su metraje está dedicado a mostrar a los hermanos Roy (nos hemos olvidado de Connor –Alan Ruck–, el más mayor y el más tonto) destripándose entre ellos.

Algunos podrán alegar que Succession es mucho más honesta que las soap operas de los 80. Al fin y al cabo, mientras aquellas humanizaban a sus despreciables protagonistas a base de envolverlos en glamour y mostrar sus pasiones (bajas, por lo general), esta serie prescinde de esos recursos para exponer la podredumbre esencial del capitalismo. Otros, por su parte, podrán responder que que se trata de la misma ración de escapismo envuelta en una falaz apariencia de prestigio y calidad. O, sencillamente, que puestos a dedicar minutos de nuestras vidas a personajes más malos que el bicho que picó al tren, qué menos que estos lleguen envueltos en lentejuelas y laca.

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