¿Cómo afronta el cine la amenaza terrorista?

Seguridad o libertad, un dilema de actualidad por los últimos ataques terroristas, y para el que algunas películas intentaron encontrar respuesta.

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04 de enero de 2016

Tras los atentados yihadistas del 13 de noviembre en París, en Francia y en otros lugares de Europa, principalmente Bélgica, se han producido estampas y sentimientos poco acostumbrados. El ejército patrullando por las calles. Sensación de la amenaza y quizá también impulso de venganza. Psicosis, miedo. Inusuales peticiones de multitud de jóvenes para el alistamiento. Recortes de libertades a cambio de una mayor seguridad: estados de excepción, cambios en las reglamentaciones, ampliación de los poderes de la policía, arrestos domiciliarios, registros sin mandato judicial… Una nueva realidad aceptada por la mayoría de los ciudadanos. Sin seguridad parece imposible ejercer la libertad, pero, ¿dónde está el límite? Y una nueva realidad que el cine ya había apuntado en diversas ocasiones. En situaciones semejantes y en elucubraciones futuristas.

Cuando se estrenó Estado de sitio (Edward Zwick, 1998), a pesar de que tenía en su protagonista a un defensor de la democracia y de los derechos civiles, muchos críticos vieron en ella una exageración patriótica y racista que presentaba peligrosas derivaciones en materia de defensa. Realizada tres años antes de los atentados del 11-S, la película adquiere hoy una nueva dimensión casi premonitoria. Atentados consecutivos en un autobús, un teatro de Broadway, un colegio y en la sede central del FBI. Nueva York, paralizada (como Bruselas estos días). El comercio disminuyendo en un 72%. Aumento de los crímenes raciales. “El peor tipo de reacción es una reacción basada en el miedo”, dicen unos. “Es fácil saber la diferencia entre el bien y el mal. Lo difícil es elegir el menor de los males”, argumentan otros. Despliegue de los tanques en las calles de Nueva York. Centros de detención. Barracones. Detenciones masivas. Cambios en leyes y la constitución. Teatros y cines cerrados. Luchas internas entre los partidarios de la seguridad a toda costa, y de los valores de la libertad y la democracia por otra.

Ya en los años 60 y 70, John Frankenheimer había compuesto dos películas sobre las consecuencias del terrorismo, sobre el miedo y la paranoia: El mensajero del miedo (1962) y Siete días de mayo (1964). El enemigo entonces era el comunismo, pero las reflexiones eran las mismas que ahora: ¿dónde nacen el terrorismo y el miedo, quién los fabrica, a quién benefician? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para mantener nuestro estilo de vida? Una admirable pareja de thrillers conspiranoicos que Frankenheimer remataría con Domingo negro (1977), en la que un desquiciado ex militar americano se unía a un grupo terrorista palestino para perpetrar un gran atentado en un estadio de football.

La dicotomía entre libertad y seguridad está en la base de no pocas distopías, de 1984 a RoboCop, pasando por Juez Dredd y Minority Report, pero quizá sea V de vendetta (James McTeigue, 2006), basada en el cómic de Alan Moore, la que más se acerca en algunos momentos a los riesgos de la situación actual. “Crueldad e injusticia. Intolerancia y opresión. Donde antes teníais la libertad de objetar, de pensar y de decir lo que pensabais, ahora tenéis censores y sistemas de vigilancia que os coartan para someteros”, grita V. Los culpables del fascismo eran los ciudadanos. Su miedo. Una plaga de problemas habían saboteado el sentido común y se habían refugiado en el orden y la paz, en la seguridad. A cambio, sumisión y obediencia.

Unos peligros que, tras los atentados del 11-S, Aaron Sorkin explicitó en un extraordinario episodio fuera de programa, el primero de la 3ª temporada de El ala oeste de la Casa Blanca. Allí, la portavoz del gobierno, C. J. Cregg, ponía voz, si no a un extremo, sí a los defensores de una seguridad controlada, y hablaba de la necesidad del espionaje, “el hermano malo de las libertades civiles”: “Los terroristas no tienen ejército ni capitales. A algunos tendremos que abatirles con una división blindada, pero a otros tendrá que abatirles un camarero con un silenciador”. Eso sí, siempre refinado, Sorkin acababa citando en boca de otro personaje a Benjamin Franklin, padre fundador de EE UU, con una frase que puede resumirlo todo: “Los que renuncian a la libertad esencial para obtener una seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”.

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