Por qué ‘The Imitation Game’ no debería ganar el Oscar

Si la película de Morten Tyldum se lleva la estatuilla más codiciada de la noche, la Academia habrá demostrado su falta de lógica.

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21 de febrero de 2015

Vale: Benedict Cumberbatch nos cae muy bien, Keira Knightley actúa mejor que nunca, el director Morten Tyldum se luce detrás de la cámara y, sobre todo, alegra que una película le haga por fin justicia a Alan Turing, ese señor sin el cual la informática y los ordenadores jamás hubieran existido. Pero, ¿significa eso que The Imitation Game (Descifrando Enigma) se va a librar de una ración de palos? Ni por asomo. Nuestro asalto a las nominadas al Oscar 2015 se ha cebado ya con los colores pastel de El gran hotel Budapest, ha probado que La teoría del todo es inconsistente (y machista), le ha cortado las alas a Birdman y hasta ha sido capaz de hacer que el J. K. Simmons de Whiplash se quede afónico, antes de sacarle los colores (ejem…) a la muy políticamente correcta Selma. Así las cosas, nos disponemos a demostrar que el código de esta película tan criptográfica es demasiado fácil de romper. Y que, cuando por fin lo desciframos, su mensaje resulta ser más bien poca cosa.

Al espectador, de la manita

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Aunque su naturaleza ande a caballo entre el género bélico y el histórico, The Imitation Game toma prestados muchos recursos del thriller: su narración se desencadena a partir de una investigación policial, y el eje de su trama gira en torno a la revelación de un secreto. Así pues, uno pensaría que Morten Tyldum se deleitaría jugando al escondite con el público, presentándole las piezas del puzzle para que éste las desentrañase… Pero no: en lugar de proponernos ese desafío (lo cual habría sido de lo más lógico para un filme con la palabra “game” en su título), el director insiste en ponérnoslo todo fácil para que no nos perdamos. ¿Un ejemplo? Pues esos subtítulos que insisten en recordarnos una vez y otra a qué momento y lugar nos lleva la cámara: que si Blechtley Park, acompañando a los rompecódigos durante la Guerra Mundial, que si Manchester en 1952, que si el internado donde Turing estudiaba en 1921… Para estar protagonizada por expertos en criptogramas, esta película se empeña en revelarse a sí misma. Demasiado.

¿Alan Turing, o Rain Man?

BENEDICT CUMBERBATCH stars in THE IMITATION GAME

En la vida real, el protagonista de The Imitation Game (un señor, recordamos, sin cuyos hallazgos tú no estarías leyendo ésto) fue una figura trágica… pero también gozó de capacidades propias de un superhéroe. Además de un genio adelantado a su tiempo, Alan Turing era un deportista excepcional, capaz de correr maratones, y de ganarlos, cuando ya había sobrepasado con mucho los 30 años de edad. Además, pese a sus manías y su extrema timidez, el matemático dejó buen recuerdo entre sus compañeros de Blechtley Park, quienes le recordaban como un tipo muy amable y con sentido del humor. En cuanto a su homosexualidad, dejémoslo en que la llevaba mucho menos en secreto que lo que apunta la película. En general, su perfil histórico es más parecido al de un Bruce Wayne de carne y hueso que al individuo interpretado por Benedict Cumberbatch: extremadamente asocial, bordeando a veces lo alienígena, esta versión de Turing recuerda más al Dustin Hoffman de Rain Man (incluyendo el tópico acerca de la aptitud matemática de los autistas) que al  padre de la informática. Así, pudiendo presentar a su héroe como un titán aplastado por un mundo mediocre, The Imitation Game apuesta por contarnos el cuento de la lagrimita: qué gran error.

Joan Clarke se merecía algo mejor

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Según nos cuenta The Imitation Game, la amiga y colaboradora de Turing nunca hubiese trabajado con los rompecódigos de Blechtley Park si el genio no le hubiese echado una mano. ¿Lo recuerdas, verdad? Pues ahora olvídate de lo guapa que está Keira Knightley con su vestuario de época, porque eso es una mentira enorme. Cuando Turing empezó a trabajar con la máquina Enigma, Joan Clarke ya era una criptógrafa muy respetada: si bien su género le impidió recibir el reconocimiento (y el salario) que merecía, esta científico se abrió paso ella sola por una institución tan machista como el ejército. Presentárnosla como una pobre víctima de su tiempo, necesitada de la ayuda de un hombre para hacerse valer, les hace un flaco favor tanto a ella como a la narración, privando a ésta última de un personaje femenino fuerte y con carisma. Aunque las imprecisiones históricas de la película sean numerosísimas (tanto en lo que concierne a la tecnología como a los auténticos protagonistas del cuento), esta es la que más nos enfada.

Nada que no hayamos visto ya

BENEDICT CUMBERBATCH stars in THE IMITATION GAME

Más allá del respeto por los hechos registrados, The Imitation Game acaba fatigando por su repetición de fórmulas ya muy dadas de sí: cuando hablábamos de La teoría del todo, deplorábamos el apego de aquél filme por la fórmula del biopic inspiracional, y aquí podemos decir que nos hallamos ante un drama bélico más inglés que el té de las cinco, emparentable con películas mejores (Lo que queda del día) o peores (El discurso del rey), pero en ningún caso original, ni tampoco especialmente lucido dentro de su categoría. Y, cuando intenta convertirse en un relato de espionaje tras llegar a su último tercio, es casi peor, porque eso sólo le sirve para desaprovechar las capacidades de Mark Strong. ¿Podemos decir algo en su favor? Pues sí: que, al menos, no intenta barrer del mapa a Alan Turing como lo hiciera la muy desnortada, y aburrida, Enigma (2001).

Van a por ti, Harvey

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En realidad, presentar estos argumentos contra The Imitation Game es una pérdida de tiempo: en los Oscar, y salvo que el destino juegue a su favor, esta película tiene más bien pocas oportunidades. ¿Por qué? Pues porque, como reza el dicho, “si me engañas una vez, es culpa tuya, pero si me engañas dos, es culpa mía”. Y los miembros de la Academia están ya un poco hartos de que Harvey Weinstein (cuya compañía está detrás del filme) haga de las suyas a base de promoción y maniobras mediáticas: este distribuidor y productor se hinchó a ganar estatuillas con Shakespeare in Love El discurso del rey, entre otras, pero su estrella empezó a decaer en 2013 con The Master (tres nominaciones, ninguna victoria) y hoy en día los votantes de los Oscar le tienen echa la cruz. En el caso del filme de Paul Thomas Anderson, eso nos apenó, porque se trataba de una obra excepcional. En el de la película que nos ocupa… pues va a ser que no tanto.

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