10 infiernos para pecadores cinéfilos

'Así en la tierra como en el infierno' nos lleva de paseo a un territorio que ya han visitado Woody Allen, Buñuel y Adam Sandler, entre otros.

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18 de septiembre de 2014

¿Cuántos pecadores habrán estirado la pata desde el nacimiento de la raza humana? Cualquiera sabe, pero si tenemos en cuenta que nuestra especie lleva cerca de 200.000 años arrastrándose por este valle de lágrimas, y que alrededor de un 0,8 por ciento de la población mundial (es decir, unos cuantos millones de personas) estira la pata cada año, resulta fácil suponer que los dominios de Satanás deben hallarse llenos hasta los topes. Así las cosas, es normal que el Maligno haya provisto a su parcela con una red de accesos de emergencia, por si las moscas: muy a su pesar, los protagonistas de Así en la tierra como en el infierno descubren uno de estos caminos en las catacumbas de París. Acto seguido, los personajes de este filme de terror también caen en la cuenta que una cosa es entrar en territorios que huelen a azufre, y otra muy distinta salir de ellos: si uno pudiera irse de rositas de según qué sitios, a santo de qué iban éstos a dar miedo…

Afortunadamente, el cine nos provee con formas de visitar el Hades sin necesidad de fallecer, de vender el alma u otros enojosos trámites. Gracias a este milagro del celuloide, en CINEMANÍA hemos elaborado unos mapas infernales que no tienen nada que envidiar a los que trazó Dante cuando, acompañado por el brasas de Virgilio, se dio un garbeo por allá abajo a fin de documentarse para su Divina Comedia. Es más: si, según el poeta florentino, el infierno de su época constaba de nueve círculos, nosotros hemos descubierto que el tormento eterno para los cinéfilos malos consta de diez sectores, cada uno de ellos dotado de castigos para todos los gustos. Antes de emprender con vosotros este viaje al inframundo, nos permitimos recordar las sabias palabras del maestro George A. Romero: “Cuando el infierno se llene, los muertos caminarán sobre la Tierra”.

Infierno jocoso

Lo descubrimos en… Desmontando a Harry (Woody Allen, 1997)

Tormentos y condenados: A primera vista, esta variante del Hades parece organizadísima: no en vano incluye secciones dedicadas a los periodistas, los críticos literarios, los asesinos en serie y los telepredicadores, entre otros monstruos de maldad. Sin embargo, una vez llegados a su último círculo, descubrimos que se trata de un desmadre a ritmo de jazz añejo, provisto de aire acondicionado y cuyos diablos no ponen pegas para, perdón filial mediante, desencadenar a un condenado y enviarlo al cielo (o a un restaurante chino). Dicha frivolidad, que espantaría a Dante Alighieri, resulta de lo más normal cuando descubrimos que, aquí, el Ángel Caído tiene el rostro de un Billy Crystal cornudo y ligón. Ahora bien: al inventor de los muebles de metacrilato no le salva ni Dios.

Infierno burocrático

Lo descubrimos en… Bitelchús (Tim Burton, 1988)

Tormentos y condenados: Antes de retornar al Más Allá con La novia cadáver, un Burton todavía joven y afín a lo grotesco nos mostró un panorama post mortem más bien leniente y compasivo, siempre que uno excuse sus instalaciones cutres, sus interminables listas de espera y esas guías para el neófito que parecen las instrucciones de un tocadiscos. Sólo un pecado merece su rigor, eso sí, y ese es el suicidio: como eso de la transformación en árboles sangrantes queda muy del siglo XII, aquellos que han acabado con su propia vida son aquí condenados a convertirse en funcionarios. Terrible destino, a resultas del cual se pasan la eternidad clasificando expedientes y atendiendo a deportistas desubicados, mientras el resto de los no-vivos se dedican a bailar canciones de Harry Belafonte en compañía de Wynona Ryder. 

Infierno erótico-festivo

Lo descubrimos en… El diablo en la señorita Jones (Gerard Damiano, 1973)

Tormentos y condenados: Está claro que cada infierno de cine se guía por sus propias normas, aunque éstas se alejen de las enseñanzas de la Iglesia. Sin ir más lejos, este clásico pionero de la pornografía en celuloide tiene por protagonista a una suicida (Georgina Spelvin: tal vez la recuerdes por sus cameos en Loca academia de policía y secuelas) que se ve arrojada a las calderas de Pedro Botero, no por haber violado el sexto mandamiento, sino más bien por todo lo contrario. Tras haberse pasado su existencia mortal amargando al prójimo con aquello del “No fornicarás”, la señorita Jones ha sido sentenciada a una eternidad sin ñogo-ñogo. Y Satán, que no por nada es el Príncipe de las Tinieblas, decide mostrarle todo lo que se ha perdido antes de su castigo final. Por supuesto, la antiheroína acaba su ordalía firmemente convencida de las bondades del fornicio, pero cuando llega ese momento ya es tarde para echarse atrás…

Infierno mediático

Lo descubrimos en… Permanezcan en sintonía (Peter Hyams, 1992)

Tormentos y condenados: En muchas ocasiones, sobre todo tras ver Sálvame Deluxe, más de uno habrá pensado que la televisión es el reino de Satanás. Y esta comedia satírico-catódica demuestra que esa sospecha está bien encaminada: según descubre el protagonista John Ritter, el Averno tiene su propia oferta de TV por satélite, dotada con nada menos que 666 canales y dispuesta a atrapar a los teleadictos en castigos tan horribles como el concurso No puedes ganar, un videoclip de las raperas Salt’n’Peppa o un programa de aerobic que dejaría a Eva Nasarre para el arrastre. En su momento, Permanezca en sintonía causó cierta polémica debido a su agresividad y su tono corrosivo, pero a los espectadores de hoy (acostumbrados a los rifirrafes entre Belén Esteban Kiko Hernández) seguramente les parecerá poca cosa.

Infierno espacial

Lo descubrimos en… Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997)

Tormentos y condenados: Aún en espera de descubrir el filón de los zombies (y de darse el filete con Mila Jovovich) gracias a la saga Resident Evil, Paul W. S. Anderson observó la cosa satánica a través del prisma de la ciencia-ficción. El resultado fue un sugerente híbrido, según el cual los agujeros negros sirven, además de para darles pesadillas a los astrónomos, para acceder a los dominios del Maligno y comulgar con sus blasfemos secretos. Así, tras atravesar una de estas abominaciones y volver para contarlo, el poseído Sam Neill regresa a su vieja astronave dispuesto a provocar un festival de mutilaciones en gravedad cero, por mucho que le pese a Laurence Fishburne y su equipo de científicos rescatadores. Lo sentimos por los satanistas con vocación de astronautas, eso sí, porque la película está basada en una falacia científica de Einstein y muy señor mío.

Infierno sadomaso

Lo descubrimos en… Hellraiser: los que traen el infierno (Clive Barker, 1987)

Tormentos y condenados: Si bien los Cenobitas (con el siempre encantador Pinhead -Doug Bradley- a la cabeza) no están en nómina de Belcebú, cualquiera podría confundirles con demonios surgidos del Averno: basta con que un ocultista desprevenido (y con buena mano para los puzles) se las apañe para abrir esa cajita por todos conocida, y allí que aparecerá esta cuadrilla de viciosetes dimensionales, dispuesta a deleitarle con tormentos eróticos que espantarían hasta al Tarado de Pulp Fiction. Para colmo, si la víctima de marras consigue volver a nuestro mundo, lo hará hecha unos zorros tras tanto placer alternativo, con lo que necesitará carne fresca (y humana) para recomponer su maltrecho cuerpo. Un consejo: si alguien se acerca a ti y te dice aquello de “¿Qué se le ofrece, señor?”, no te lo pienses dos veces y sal pitando.

Infierno surrealista

Lo descubrimos en… El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962)

Tormentos y condenados: Según Woody Allen, Buñuel tomó prestada la premisa para este filme de un consejo que le dio Owen Wilson durante cierta noche parisina. Según el resto del mundo, la idea tiene su origen, bien en un argumento del escritor José Bergamín, bien en A puerta cerrada, la obra teatral que Jean-Paul Sartre estrenó en 1944. En todo caso, las conclusiones son las mismas: descartando teologías con su atea imaginación, el de Calanda nos convence de que el infierno es una fiesta de sociedad llena de pijos insoportables, y celebrada en un coqueto salón de baile del que nadie puede salir ni aunque el champán y los canapés se hayan acabado. Teniendo en cuenta que entre los huéspedes se haya Silvia Pinal, eso sí, a lo mejor dicho encierro tiene más posibilidades de lo que parece.

Infierno animado

Lo descubrimos en… South Park: Más grande, más largo y sin cortes (T. Parker, M. Stone, 1997)

Tormentos y condenados: Pobre Kenny: como si no le bastase con estirar la pata en casi cada capítulo de su serie, en esta película comprobamos que tras cada defunción va a parar a un infierno tan, pero tan inmisericorde que no se salva de él ni el mismísimo Gandhi. Menos mal que, tras una presentación CGI de lo más espectacular, con bestias gigantes de fuego, esqueletos pútridos y todo lo demás, el Averno de marras resulta ser un terreno bastante normalito en lo visual (vamos, que comparte el look cutre del resto del show) donde Saddam Hussein (quien, señalemos, aún estaba en vida cuando se estrenó la película) y un Satán ansioso por redimirse y cantar cual pajarillo viven un tórrido romance. Y, mientras tanto, en nuestro mundo, los ciudadanos de cierto pueblecito de Colorado se lían a cantar Blame Canada.

Infierno japonés

Lo descubrimos en… Jigoku (Nobuo Nagakawa, 1960)

Tormentos y condenados: En la lengua de Akira Kurosawa, “jigoku” significa “infierno”. O, más concretamente, uno de los ocho inframundos de la mitología budista. No hay que ser un genio, por tanto, para adivinar de qué va este clásico del terror nipón. Más que en hacernos partícipes de las interioridades del lugar, la película se centra en explicarnos cómo llegaron a él sus protagonistas, unos estudiantes dados al asesinato, el incesto y otras actividades igual de encantadoras. Ahora bien: cuando toca pasar a mayores, Jigoku no se corta un pelo, regalándonos con escenas muy subidas de gore que, aun hoy, podrían buscarle algún problemilla con la censura.

En el infierno, como en casa

Lo descubrimos en… Little Nicky (Steven Brill, 2000)

Tormentos y condenados: ¿Hay algo peor que verse arrastrado al Hades tras una vida pecaminosa? Según esta película, sí: ser el hijo pequeño de Satán (Harvey Keitel) no sólo te condena a sufrir los abusos de tus hermanos mayores, sino además (horror de horrores) a ir por ahí luciendo la jeta de Adam Sandler. Menos mal que siempre puedes aprovechar una disputa sucesoria para ascender al mundo de los vivientes, donde no sólo hallarás amigos dispuestos a acogerte como eres y a prepararte tartas de maría (“la que da alegría”), sino también el amor de Patricia Arquette y a cierto predicador ciego muy parecido a Quentin Tarantino. Para algunos, este filme sigue siendo una obra maestra de la comedia gamberra y metalera. Para otros, sin embargo, su visionado supone un tormento mayor que aquel que propina el demoníaco Keitel a un Hitler muy sufrido.

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