Polémica del día: ‘Divergente’, ¿propaganda de derechas?

Según parte de la críica de EE UU, la heroína de Shailene Woodley podría ser la versión neoliberal de Katniss. ¿Exageran, o tienen más razón de la que parece? Por YAGO GARCÍA

07 de mayo de 2014

Antes de abordar una materia turbia, conviene dejar las cosas claras: este artículo no pretende exponer una valoración estética de Divergente, ni tampoco calificar al filme como una obra digna o indigna de atención. Lo cual, todo sea dicho, tampoco tendría sentido dadas las cifras de taquilla. Tras estrenarse el pasado miércoles 30 de abril, la cinta de Neil Burger (Sin límites) amasó en nuestro país 782.468 euros y vendió más de 119.000 entradas, superando a The Amazing Spider-Man 2 y quedando sólo por debajo de la invicta Ocho apellidos vascos en el ránking de recaudaciones. Lo cual ayudará, sin duda, a fomentar la popularidad en nuestro país de las novelas de Veronica Roth, amén de probar que este filme (al que, si todo va bien, seguirán las secuelas Insurgente y Leal) siguió las directrices imprescindibles para toda saga juvenil. Lo que nosotros queremos apuntar es un hecho sencillo, y ya recalcado por plumas más válidas: que a veces el cine pretendidamente “para críos” y sin más ambición que la venta de palomitas es el más cargado de lecturas tan vigentes como incómodas en el campo político. 

Comencemos apuntando un dato con mucha guasa: en cuanto modelo de negocio, Divergente no se aleja de unas tácticas más dictadas por Crepúsculo que por Harry Potter. Por favor, que nadie se enfade, porque cotejar los casos merece la pena: mientras que el mago con gafas de J. K. Rowling saltó a los cines con el padrinazgo de Spielberg, la posibilidad de recurrir a un reparto estelar y muy bregado y el presupuesto multimillonario de rigor, los vampiros castos de Stephenie Meyer llegaron a la pantalla escatimando mucho más el presupuesto (y, así, Divergente ha destinado ‘sólo’ 61 millones de euros al capítulo de gastos), midiendo con pie de rey la presencia de estrellas invitadas (aquí es una solitaria Kate Winslet la que aporta el factor prestigio) y, sobre todo, confiando en el fandom de las novelas originales (y en su capacidad de arrastre) para llenar los cines. ¿Hay otro serial reciente que se ajuste a parámetros similares? Pues sí: mientras que Los juegos del hambre contó con una Jennifer Lawrence que ya había sido nominada al Oscar, Divergente ha apostado por Shailene Woodley, cuya ausencia entre las candidatas a Mejor Actriz de Reparto por Los descendientes le ganó muchos reproches a la Academia.

Ahora bien: al igual que Crepúsculo, y a diferencia (hasta cierto punto) de la saga de Katinss Everdeen, Divergente se ha ganado mucho interés, algunos elogios y también más de una crítica considerable precisamente por su presunta condición de propaganda de extrema derecha para el público joven. Aquí, concretamente, estaríamos hablando de una versión neoliberal de Los juegos del hambre. Este veredicto, ojo, no es el nuestro: desde Vulture, el crítico David Edelstein consideraba la oposición entre ‘Eruditos’ y ‘Audaces’ (dos de las castas en las que se divide la sociedad imaginaria y “casi maoísta” del relato) como una trasposición de la guerra sorda que enfrenta a la derecha estadounidense con a intelectualidad liberal. En un párrafo que ningún lector de izquierdas en su país habrá podido pasar por alto, Edelstein recuerda “la creencia mantenida por los conservadores religiosos de que los cerebritos universitarios quieren pisotearles a ellos y a sus creencias, posiblemente con la ayuda de los Escuadrones de la Muerte de Obama”.

¿Un juicio severo? Pues en otras partes los hay aún más duros: desde Salon, Andrew O’Hehir saca la artillería pesada de la Escuela de Frankfurt para un artículo titulado Divergente’ y ‘Los juegos del hambre’ como propaganda capitalista. A lo largo de una labor de zapa extensa y discutible, pero también razonada, este analista señala que ambas sagas “sirven de propaganda al ethos del individualismo, la ideología central del capitalismo consumista”. Recordando (y descartando) el hecho de que el Tea Party y grupos afines han alabado ambas sagas, y machacando al filme que nos ocupa desde el punto de vista artístico, el redactor de Salon concluye afirmando que el culto a la excepcionalidad rendido tanto por un serial como por el otro tienta al lector con ” la ideología autoritaria de nuestros tiempos, el instrumento usado por el uno por ciento para rebajar salarios, dominar y distorsionar el ámbito político y hacer que todo intento de acción colectiva por parte de los oprimidos parezca torpe, embarazoso e inútil”.

Los fans más leídos de Los juegos del hambre podrían poner a caldo este último análisis. De la misma manera, aquellos que gusten de Divergente pueden alegar el disgusto que Veronica Roth mostraba –en una entrevista con New York Magazinepor las interpretaciones derechistas de su obra: “Las virtudes defendidas por la sociedad [en la que vive Tris, la protagonista] son aquellas en las que creo yo”, afirmaba allí la autora, “y desmantelar la noción de esas virtudes, y las bases de una sociedad así, fue una manera de indagar en mi propia psique”. Aun así, la idea del individuo excepcional como motor de la Historia está demasiado cercana a lo totalitario de lo que a más de uno le gustaría. Por no hablar de la posición fundamental que ocupa dicha idea en los escritos de Ayn Rand, la novelista y filósofa seguida a rajatabla por muchos adalides del neoliberalismo. A decir de Rand, el grueso de la humanidad es un mero rebaño, y sólo los grandes emprendedores (preferiblemente, industriales) elevan a nuestra especie por encima de dicha condición. 

Señalar a una narrativa heróica como abogada de la reacción y el oscurantismo ya era un truco viejo cuando Gyorgy Lukäcs (el gran ideólogo de la crítica marxista) escribió su Sociología de la literatura. Y, desde luego, las acusaciones reflejadas en este artículo admiten infinidad de matices. Aun así, el paralelismo de Divergente con algunas ideologías muy tenebrosas queda ahí, y no es desdeñable tenerlo en cuenta. Volvamos, de todos modos, al comienzo de este artículo: más allá de su condición de obra de arte, o de producto industrial según se mire, está claro que ni Divergente ni ninguna de estas sagas que brotan ahora como champiñones en el sótano de una casa de campo son en absoluto inocentes. Y que sus posturas y tomas de partido, por muy prudentes o neutrales que aspiren a ser, pueden llevarnos a conclusiones de esas que inquietan y provocan reparos. A lo mejor convendría pensar más en ello después de abandonar la sala.

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