Vuelve ‘Acorralado’, la película que creó el mito de Rambo

La película que nos presentó al veterano de Vietnam más sonado del cine se reestrena en versión restaurada el 13 de septiembre.

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11 de septiembre de 2019

Este mes, el veterano de Vietnam más tronado y más famoso de la historia del cine volverá a la pantalla… y por partida doble. Por un lado, el 27 de septiembre se estrenará Rambo: Last Bloodla película con la que Sylvester Stallone se despide (o eso dice) de uno de sus personajes más icónicos. Por otro, el 13 de septiembre el público español podrá disfrutar de nuevo con Acorralado, la cinta de 1982 que supuso el debut de John Rambo como agente del caos y la masacre.

El filme, dirigido por Ted Kotcheff (Este muerto está muy vivo), regresará a los cines en la versión restaurada con calidad 4K que el propio Stallone presentó en el pasado Festival de Cannes. Así pues, quienes la vean por primera vez podrán descubrir la génesis de un mito del cine de los 80… y tal vez llevarse una sorpresa al observar sus implicaciones.

Porque, aunque ahora identifiquemos a Rambo con lo más crudo de la ‘era Reagan’ y del imperialismo estadounidense, sus orígenes distaban muchísimo de esas ideas. Al igual que la novela (ya de por sí controvertida) de David Morrell que dio origen a su guion, la intención de Acorralado era ofrecer un buen filme de acción, y también esbozar (desde un punto de vista conservador) el panorama de un país desmoralizado por su derrota más humillante.

Para empezar, el Rambo de Acorralado dista mucho de ser el cachimán con lanzacohetes al que conocimos en Rambo (1985) y Rambo III (1988). En realidad se trata de una figura bastante triste, incluso patética: un hobo sin oficio ni beneficio que arrostra su existencia en soledad, sin hogar y sin amigos, dada su incapacidad de reintegrarse en la vida civil tras volver del frente. Stallone, que había encadenado un fracaso tras otro tras el triunfo de Rocky (1976) se lo pensó mucho antes de aceptar un papel a priori tan polémico (y que acabaría marcando su carrera tanto o más que el ‘Potro Italiano’).

A decir verdad, la figura de Rambo en Acorralado no era especialmente fantasiosa. Un 15% de los soldados estadounidenses que sirvieron en Vietnam habían regresado con cuadros graves de estrés postraumático, agravado por la enorme cantidad de drogas consumidas durante el conflicto tanto de forma ilegal (muchos de ellos se habían enganchado a la heroína, tan fácil de conseguir en el Sudeste Asiático) como legal, porque al ejército de EE UU nunca le dolieron prendas de suministrar anfetaminas y otros psicoactivos a sus tropas.

A esto hay que sumar la desatención por parte del gobierno, poco dispuesto a derramar ayudas y prebendas sobre los combatientes que habían perdido la guerra. Y también el rechazo de una población civil que se hallaba, bien resentida por la derrota, bien asqueada por atrocidades como la masacre de My Lai. No es difícil de entender, pues, que un exmilitar vagabundo como el Rambo de Acorralado fuera presa fácil para el sádico sheriff Teasle (Brian Dennehy) y sus hombres.

Claro que, como todos sabemos, en ese momento llega la revelación crucial: John Rambo no es solo otro veterano de Vietnam sonado, sino un excomando de élite capaz de convertir cualquier herramienta en un arma mortal, ignorar el dolor y comer cosas que harían vomitar a una cabra.

Por supuesto, uno puede preguntarse en qué estaba pensando un gobierno capaz de abandonar a su suerte a semejante bestia parda, pero lo importante es que, tras haber sido humillado por los policías locales, Rambo les pondrá en jaque a base de guerra de guerrillas. Y, cuando la Guardia Nacional acuda a detener sus desmanes, también le dará para el pelo. Solo la intervención de su antiguo superior, el coronel Trautman (Richard Crenna, desde entonces habitual en la serie), pondrá fin a la masacre.

“[En Vietnam] manejaba aviones, conducía tanques, tenía a mi cargo millones de dólares en equipo. ¡Aquí ni siquiera me dan trabajo de lavacoches!”, perora Rambo en una de las escenas más emblemáticas de Acorralado. Gracias a frases como esta, la cinta se ganó el favor de la crítica en EE UU (incluyendo a vacas sagradas como Roger Ebert Janet Maslin). Y, por supuesto, también creó lo que ahora llamamos un meme con ese “¡No encuentro las piernas!” del final, transformado en “¡No siento las piernas!” por obra y gracia del imitador Santiago Urrialde. 

Los argumentos de Acorralado, con ese “¡No nos dejaron ganar!”, distaban mucho de mirar a la izquierda. En realidad, se hallaban en plena sintonía con el rearme patriótico instigado por Reagan. Aun así, resulta curiosa la evolución del personaje en sus siguientes aventuras. Con un guion escrito a medias por Stallone y James Cameron (¿alguien duda que ambos se llevaron fatal?), Rambo desahogó el trauma de la derrota en Vietnam mediante un regreso a dicho país para matar charlies y liberar prisioneros de guerra. Por su parte, Rambo III resulta una pasmosa reliquia de la Guerra Fría, con el héroe aliándose con las guerrillas islamistas de Afganistán (es decir, con los futuros talibanes) para matar tropas soviéticas.

En John Rambo (2008), Stallone trató de librar a su personaje de farfolla propagandística, devolviéndole su dilema esencial: cómo puede un individuo convertido en máquina de matar reintegrarse en la sociedad humana. Habrá que ver si Rambo: Last Blood vuelve a plantear esa pregunta ahora, en plena ‘era Trump’. Por suerte, el regreso de Acorralado a los cines nos permite observar el nacimiento de un mito que, en su origen, tenía muy poco de escapista o de complaciente.

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