EN ESTE NÚMERO:

Viuda Negra

UNA ESPÍA PARA LA ETERNIDAD

1 REDS.  Alguien, a última hora, decidió con buen criterio que el personaje de Viuda Negra no iba a ser para Emily Blunt y que a la heroína de cuero tampoco le podía funcionar cualquier encarnación más o menos eslava de Nadia Comaneci. Ni aunque se maquillase como en Yo, Tonya. Necesitábamos más. Natasha Romanoff, excelente atleta con ínfulas de dopaje soviético y voltaje de novela decimonónica, necesitaba representar la mezcla imposible de guerra y paz con remordimientos para su misión en solitario. 10 años después de aquella primera aparición cinematográfica en Iron Man 2, y en el año más complicado para la industria del cine desde que el sonoro mató a la estrella del cine mudo, le ha tocado a Scarlett Johansson mantener el orden marvelita, competir de tú a tú con una Wonder Woman que rescató el honor de DC y salvar los muebles de los estrenos en las salas de 2020. 

Rusia. La capacidad de un país tan extenso, tan duro y tan extremo de resultar evocador es fastuosa. ¿Secretos del pasado? ¿Vulnerabilidad? ¿Identidad compleja? Viuda Negra culmina una férrea línea transiberiana que va de la tragedia de los Romanov y el pelazo de Rasputín, el esplendor rojo de la era estaliniana y la herrumbre podrida de Chernóbil al oropel decadente del cetro de Putin. Y no hay otra actriz capaz de hacernos creer todo eso: Scarlett Johansson, estrella todoterreno con hitos en el indie, reflejos en el mainstream, divorcios en Netflix, amistad con Woody Allen y una muerte y resurrección en Marvel. Ya se ha echado a la espalda la taquilla española post COVID-19 con Under the Skin y ahora se ha propuesto salvar, sola o en compañía de otras superheroínas, este año de mierda.

2 PARADISO. Uno, iluso, intenta escribir para la eternidad, pero la actualidad le moja los zapatos, y cuando el agua ya está por las rodillas, sabe que no hay nada que hacer. En pleno rebrote pandémico, casi el mismo día que fallecía el novelista (y guionista, y cinéfilo) Juan Marsé, la Generalitat de Catalunya mandaba cerrar los cines (y otros equipamentos culturales) mientras locales de ocio siguen abiertos. Las comparaciones son odiosas, pero me dio por ponerme a tararear himnos de Novecento, una de tantas entre las obras maestras de Ennio Morricone, cuya muerte ha sido otro mazazo. Su capacidad creativa hacía necesario escoger un itinerario por su descomunal carrera para humanizarla. Una lista de sus mejores obras era imprescindible, había que hacerla, pero cada uno maneja también un recorrido personal junto a Morricone, un compositor que es historia del cine, pero también historia de cada uno. Más allá de sus obras míticas, paraíso de todos, y de su cara de niño bueno compartiendo clase con su compadre Sergio Leone, junto al que tanto nos incitaron al silbido, está su capacidad de sorprendernos siempre. Fue icono popular, pero lo bordó con Pasolini, para el que entre otras puso música de rotonda y periferia a sus Pajaritos y pajarracos (1966), trasladó el spaghetti western, Eastwood mediante, al dominio de Don Siegel en Dos mulas y una mujer (1970), subrayó el atentado de Carrero Blanco en Operación Ogro (1979) y hasta se embarcó en un documental danés sobre pelotaris (Pelota, 1983).

3 SOSTIENE ENNIO. Por tener, Morricone tuvo hasta sonadas sombras, como cuando aceptó componer la sintonía de los Mundiales (así se decía antes) de fútbol organizados por la dictadura militar de Videla en Argentina’78. Tampoco acabó de entenderse con Almodóvar cuando compuso la banda sonora de ¡Átame!, de la que curiosamente recordamos la canción que no era suya: ese Resistiré que volvió confinado. Incluso aceptó participar en dos películas sobre el mismo tema en el mismo año: la rotunda En la línea de fuego (1993), sobre ese guardaespaldas de cuando pensábamos que Clint estaba mayor, y la italiana La escolta, de Ricky Tognazzi. Hay, sin embargo, dos trabajos bastante olvidados, que me recuerdan siempre a otro Morricone y completan mi decálogo: Sostiene Pereira (1995), que mezcla la cadencia portuguesa con la impronta italiana, como hizo Tabucchi con la novela y Mastroianni en la pantalla, y esa osadía de Warren Beatty llamada Bulworth (1998), en la que Ennio lograba combinar bien hasta con el hip-hop. Que corra su música, que se vean sus películas, su grandeza es que no hubo uno solo a quien adorar: todos lucimos nuestro propio Morricone.

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