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Especial Star Wars

CRÓNICA SENTIMENTAL DE LA GALAXIA

1 C3PO. Nunca fui un warsie. Y además estuve equivocado casi 20 años. Mi madre siempre me decía que me había llevado a ver La guerra de las galaxias en el cine Montecarlo de Barcelona cuando se estrenó. Por eso durante un tiempo pensé que aquella había sido mi primera vez, y fardaba de ello con falso orgullo freak cuando la cosa se ponía galáctica con los colegas. Pero aquello era sospechoso: en noviembre de 1977 yo apenas tenía 3 años (“y medio”, como dice ahora mi hijo Alejandro) y, aunque la película de George Lucas era “para todos los públicos”, parecía arriesgado llevar a un niño, más cuando todavía no se sabía qué era eso que, de repente, estrenaba el director de American Graffiti. Otra pista: a mis padres nunca les gustó la ciencia-ficción. Y en aquellos tiempos en los que el cine infantil apenas estrenaba dos o tres películas al año y que los padres empalagosos no estábamos patentados aún, los niños normalmente íbamos al cine a ver lo que les apetecía a nuestros padres. Y punto. Pese a las evidencias, mi cabeza adaptó lo que me habían contado a la realidad, que era el mero recuerdo de un androide dorado en apuros y unos soldados imperiales (¿hay ejército más poderoso para forjar el recuerdo de un niño?) danzando por la pantalla. Así me autoconvencí de que la primera película que había visto en un cine era Star Wars.

La nebulosa estelar de mi infancia siguió llenándose de películas escogidas por mis padres (Carros de fuego el viernes que yo quería ver El gran golpe de los Teleñecos), y me fui olvidando de Skywalker y cía. Años después confirmé mis barruntos. Fue en 1997, en un cine pamplonés donde reestrenaban la trilogía original. Acabé agotado, pero antes del estacazo final de El retorno del Jedi, tuve una revelación viendo la segunda parte. Ni la carbonita, ni Vader asfixiando a distancia, lo que me marcó fue volver a ver a C3P0 hecho pedazos. Y caí. La película que yo había visto en el cine Montecarlo (también allí se estrenó la secuela) era El imperio contraataca. Debí de ponerme muy pesado, mi padre no estaría y mi madre, una santa, cedió y me llevó a una película fuera de su radar. Lo curioso es que, cuando se lo comenté, a ella le daba igual Episodio IV que V, 1977 que 1980, ocho que 80 y se sacó de la manga un recuerdo inédito (o que yo preferí olvidar): me porté fatal y tuvimos que salir del cine a mitad de película. ¿Y me lo dices ahora que voy a empezar a trabajar como periodista cinematográfico? Vergogna!

2 JAR JAR. Nunca jugué con ewoks. Si los muñequitos articulados no marcaron mi vida, tampoco una segunda trilogía lo iba a hacer… ¡Ja! La amenaza fantasma fue mi primera portada en CINEMANÍA. Cubierta desplegable triple para un especial (menos completo que el que tienes entre manos, querido lector)… Y sin apenas internet. Jar Jar Binks me perseguirá toda la vida. Y la sensación de ser un pionero de la delincuencia digital, también. Como la peli se estrenó meses antes en EE UU, las críticas no fueron buenas (esta sí era una peli infantil, mamá) y las distribuidoras empezaban a no mostrar las películas a los periodistas para no perjudicar el estreno, surgió la picaresca. La película se filtró al mundo entero en un archivo lamentable con el que perdimos varias dioptrías descifrando la carrera de vainas y así escribimos sobre la película. De la vergüenza de no haber visto La guerra de las galaxias como un auténtico pionero al estigma de ser un fuera de la ley.

3 REY. Nunca entendí eso de la Fuerza. Como Brian De Palma. Pero ya me he caído del guindo. En parte por acoso y derribo mercadotécnico, pero también como fenómeno cinematográfico. Ningún otro hecho fílmico nos ha acompañado con tanta vigencia e intensidad. Los adultos de 1977 hoy, 42 años más tarde, son jubilados, abuelos y hasta bisabuelos. El universo de Lucas va, como los lectores de Tintín, de 7 a 77 años, y más allá. Y entre entusiasmados y cansados llegamos al fin de las tres trilogías galácticas dispuestos a curar todas las heridas. “Entonces, eso de la Fuerza, ¿qué es?”. Pues haber llegado hasta aquí, y tener aún ganas de llevar a mi hijo de tres años (“y medio”) a ver El ascenso de Skywalker. No será su primera película, y tampoco la va a recordar, pero ahí estaremos nosotros para, llegado el momento, decidir qué será leyenda y qué es realidad.

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