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Joker

RESACÓN EN GOTHAM CITY

¡JA, JA, JA! Cuánta intensidad. Y qué de tiempo perdido. ¿Para qué convertir a los superhéroes en tipos atormentados, marcados por sus orígenes, con un pasado tortuoso, un presente en apuros y un futuro en entredicho, controlados por los gobiernos en supuesta defensa propia? Si para todo eso ya teníamos a los villanos. ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes? Hemos consagrado el lado oscuro de los chicos buenos mientras los malotes estaban ahí, maquinando. Solo ahora empiezan a mostrar también su corazoncito.

Joker no era solo una mueca de terror ni una carcajada macabra. Por algo es Guasón en Latinoamérica. Joker, como buen bromista, como consumado clown y juglar del reino de Gotham City, es también humor. Lo había en aquel César Romero de la serie sesentera, un chicle dulzón hecho televisión, de Batman. Lo transmitía a su manera, más peliaguda, Jack Nicholson en el filme de Tim Burton. Pero el celebradísimo y oscarizado Joker de Heath Ledger había perdido esa capacidad del comediante (aunque fuese a costa de la desgracia ajena). Bajo el yugo talentoso, pero yugo, de Christopher Nolan, era incapaz de hacernos reír, compartía con Bruce Wayne y su cara oculta esa pesadumbre, y solo el bien y el mal les separaba en El caballero oscuro. Y esa no es la única frontera entre Batman y su archienemigo.

2 STAND UP JOKER. Entonces apareció el Joker de Batman: La LEGO película, la mejor muestra de DC en pantalla hasta ahora, en la voz y el espíritu de Zach Galifianakis, al que Todd Phillips, director del Joker que llega en este otoño re-electoral de 2019, ya situó en esa frontera entre el humor y el patetismo de Resacón en Las Vegas. El Joker de Joaquin Phoenix, ahogado en la crisis de identidad del ciudadano en un mundo en decadencia, con sus adicciones y sus terapias de stand up comedy, es una nueva aproximación al universo de un trazo de cómic que ya pertenece también a las películas, y nos confirma que hay una nueva vía para los superpoderes, que otro cine de superhéroes es posible lejos de la relectura de Marvel y del approach DC. Y parece que en alguna parte del camino, el lado oscuro de los superhombres conectará, por sus extremos, con el perfil más humano de los malos de la película. En esa zona gris en la que ambos vuelvan a enfrentarse, reforzados ante sus debilidades, el que ganará será el cine.

ANATOMÍA DE UN VILLANO. El director de Laura, Cara de ángel y Anatomía de un asesinato estaba harto. El bueno de Otto Preminger, cansado de que le tratasen como a un artesano, de que no le respetasen en los montajes, de que no le ofreciesen buenos presupuestos desde Éxodo, dijo basta al acabar la pequeña pero interesantísima El rapto de Bunny Lake en 1965. Visionario, pensó que los villanos explicaban mejor el mundo. Preminger decidió aceptar entonces un papel de Mister Freeze (Señor Frío) en dos capítulos de la serie Batman. En realidad, él tenía que haber sido el Joker, el comodín de la baraja, el hombre de las bromas. Porque estaba cansado de que no le tomasen en serio tras no funcionar en taquilla con la gran Tempestad sobre Washington, de que Billy Wilder se chotease de él en Uno, dos, tres (llamó Otto a Horst Buchholz, el joven idealista) y hasta de que Mrs. Wilder lo menospreciara como el amigote austrohúngaro aburrido de su marido. Yo imagino aquello como su venganza contra el mundo.

Los compañeros de rodaje le recuerdan como un tipo insoportable. Y eso que fue él mismo el que pidió participar en la serie, por la que cobró 2.500 dólares por capítulo, la tarifa habitual. Con tan mala suerte que el sindicato de actores le prohibió trabajar hasta que se pusiese al día de las tarifas y los atrasos de sus anteriores trabajos (el cameo en Traidor en el infierno molaba). La broma (qué Joker se perdió el mundo) le costó 7.500 dólares. Acabó pagando por ser el malo. Y supuso un antes y un después; tras aquel personaje gélido que hablaba alemán, no volvió a encontrar el swing: La noche deseada, Skidoo, Dime que me amas, Junie Moon, Extraña amistad, Desafío al mundo… Ninguna de sus últimas películas, ni siquiera El factor humano, bastante peñazo, estaba a su altura (ni a la de la novela de Graham Greene). Al fin le tomaron en serio. Demasiado en serio.

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