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‘The Handmaid’s Tale’: Elisabeth Moss, mujer útero

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27 de abril de 2017

El piercing en la oreja no es el último grito en tendencias que luce la protagonista de The Handmaid’s Tale, es su número de serie, porque en esta ficción distópica, basada en el libro de 1985 de Margaret Atwood, las mujeres son eso, números, sin nombre ni apellidos, ni pasado, ni voz, víctimas fértiles del declive de una sociedad cuyo censo de natalidad ha disminuido de forma extraordinaria. No son salvadoras ni heroínas, son esclavas de los hombres, úteros violados con los que perpetuar a toda costa la especie.

Con este panorama desolador, da igual que seas hombre o mujer para ponerte en la piel del personaje interpretado por Elisabeth Moss, que cambia la ambición por escalar en la agencia de Mad Men por la clase de superación a la que a nadie le gustaría enfrentarse: la supervivencia. En el primer episodio de El cuento de la criada (como se ha titulado la novela que sale a la venta en España con la editorial Salamandra) una voz en off nos conduce por lo que parece un sueño irreal, la más cruel de las pesadillas. Con continuos saltos en el tiempo (la narración, según cuenta el libro, fue grabada en cintas de casete muy parecidas a las que hemos visto en Por trece razones), vamos descubriendo quién es esta mujer, un poco al estilo del cine de Shyamalan, pues cuando creemos que se trata de una época pasada o de una secta llena de locos, descubrimos con horror que hablamos de un futuro que ya no parece tan lejano, donde el peligro acecha en cualquier esquina, ahogados por un estado policial en el que la religión somete a las mujeres, en el que se castiga, paradójicamente, en una especie de broma macabra, a los supuestos “violadores”, siendo éstos los que se acuestan (suponemos) con mujeres por puro placer. En la llamada República de Gilead parece no existir la más mínima opción de rebeldía. La siniestra jefa de estas criadas (Ann Dowd) recuerda a ese mundo caótico y sin alternativa de The Leftovers.

Con esta idea perturbadora, que provoca la nausea, la serie va desarrollando la trama (queremos que esta mujer, la protagonista, se rebele, pero cómo), a base de primerísimos planos, enclaustrados en esa cofia blanca como orejeras de caballo que son obligadas a llevar estas criadas que sólo pueden agachar la cabeza. Las situaciones incómodas no se hacen esperar. En un juego del que desconocemos las reglas, estas instantáneas son como bofetadas que cortan la respiración. No hay resquicio para la ironía. Los que tienen poder y dinero pueden esclavizar al resto respaldados por una teoría divina. No hay placer en la norma, sólo una especie de deber contra el que no se puede luchar.

Las imágenes estremecen por su frialdad (Moss, cual pintura de Vermeer parece una joven de la perla). Como si de una performance de Matthew Barney se tratara (también recuerda al cine visualmente poderoso de Tarsem Singh), los colores y las formas acentúan la sensación de rebaño obediente, contrastando por sus colores vivos (el rojo). La trama es intensa y los actores (sobre todo las actrices) se crecen cuando, tras el silencio, se aventuran a creer, a imaginar, que pueden decidir su futuro en un mundo en el que cualquier cambio parece impensable.

The Handmaide’s Tale, además, entronca con nuestra actualidad (especialmente con el puritanismo de la era Trump en EE UU) y resulta escalofriante que la escritora ya aventurase ciertos temas en un libro de comienzos de la década de los 80. Tras la proyección del primer episodio, nos quedamos clavados en la butaca, en silencio. A veces, la falta de palabras lo dice todo. The Handmaide’s Tale es una serie que no dejará indiferente a nadie, un revulsivo necesario, un cuento estimulante con el que resulta fácil identificarse porque se sustenta en una única y vigorosa idea: la lucha por ser quien realmente queramos ser, la lucha por ser libres sin miedo a las represalias.

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